jueves, 25 de marzo de 2010

Regreso a Naxos

IX – Excursión


Un día, tras la consueta velada, Xanto cerró el local y la acompañó al hotel que distaba pocas calles. Pasearon por la pequeña ciudad que ahora quedaba en silencio tras la partida de los turistas, disfrutando de los perfumes floreales y de la fresca brisa.

De pronto, Xanto le preguntó:
- ¿Tienes planes para mañana?
- Nada en especial -le contestó ella-, sorprendida y emocionada a la vez.
- Si quieres podemos ir a ver las cuevas.
- Si, me gustaría. Gracias!

Se despidieron y Eneida entró en el hotel disimulando la emoción que le hacía temblar las piernas.

Las cuevas de Sas donde decían había nacido Zeus distaban pocos kilómetros y se encontraban en medio de un paisaje verde y lozano. Xanto vino a recogerla por la mañana con su coche camioneta.

Aquel día el meltemi soplaba desde el norte. Viento temido por navegantes y pescadores, pues su cálida brisa engañaba las rutas y confundía a los peces.
Por una tortuosa carretera llegaron a las cuevas en cuyo frescor húmedo se refugiaron en seguida.

Xanto había traído vino, tzaziki, pan y baklava con miel y nueces para el postre y Eneida había preparado ensalada con feta fresco y una macedonia de frutas.
Después del almuerzo, en medio de un paisaje de viñedos y olivares, se trasladaron hasta la playa de Pirgaki donde estuvieron paseando solos por su hermosa cala.

De regreso en la camioneta casi no hablaron, él concentrado en la estrecha carretera, ella deleitándose con el paisaje, pero ese día entre ellos había nacido una intimidad cómplice y madura.

Aquella noche, después de una cena ligera en el restaurant, pues ambos estaban cansados, Xanto la invitó a subir a su casa.
Eneida se quedó perpleja por unos momentos pero en realidad estaba deseando conocer el hogar de este hombre por el cual ya sentía un fuerte vínculo afectivo y que la atraía irremediablemente. Accedió a subir y esto dibujó una amplia sonrisa en el rostro moreno de su amigo.

La casa estaba limpia y ordenada aunque pocos objetos delataban la presencia o la personalidad de su propietario. Varias ventanas y balcones indicaban que la casa se llenaba de luz y color durante el día.
Eneida se sintió en seguida en un lugar familiar, cálido, acogedor. Se dirigieron hacia la cocina con paso suave sobre las esteras repartidas en el suelo de gres. El local era amplia y estaba bien provisto.

Xanto prepararó té al jazmín, dispuso dos tazas en la mesa de la cocina, una caja de galletas de canela en el centro, la miró a los ojos como siempre hacía cuando la escuchaba y tras un breve silencio le dijo:


-Venga, cuéntamelo todo.

La Plaza

El tímido sol primaveral enciende la plaza de colores de flores, del verde de los jardines recién podados.

La gente cruza las aceras mientras otros, sentados en los bancos, observan sin prisa su paso animado.

Giran los coches, revolotean los pájaros.

La suave brisa columpia las palmeras engarzadas.

Bajo el joven sol generoso, un hombre espera de pie. Confundido en este cuadro, insinúa una sonrisa, cuando la ve llegar, luminosa como un geranio, viva y solar, y acercarse a él.

En un abrazo que ciñe la plaza, el cielo, las palmeras, se funden con emoción, desde tiempo reencontrada.