domingo, 18 de abril de 2010

Hoy, sábado

Despierto al términe natural de mi sueño, no como los demás días en que éste se interrumpe por la alarma de mi viejo móvil. Por más que suenen los pausados acordes de piano del inicio de Imagine, se trata siempre de un ruído que llega a disturbar mi conciencia. Hoy en cambio, y tras una noche desapacible en la que el insomnio dejaba paso a sueños inquietos e intermitentes, mi cuerpo agotado ha descansado al fin en el sueño profundo de las horas tempranas, hasta su natural despertar.

Como es sábado, da igual que sean las ocho, o las ocho y media o las nueve. Hoy no tengo prisa ni planes. Dejo que este día transcurra sin las pautas del reloj, olvidándome de toda obligación, salvo la de pasear a mi perro, aunque esto en realidad es más placentero que obligado.

No voy a pensar en su ausencia, en sus últimas palabras hace ya tres días, cuando al teléfono me dijo que no íbamos a vernos este sábado, porque en realidad ya no íbamos a vernos más. Por ahora. Dijo. Se lo estaba pensando. Necesitaba tiempo. O sea, que no íbamos a vernos más. No voy a pensar en todo ello hoy. No voy a permitir que su recuerdo, el recuerdo de su voz mientras me hablaba, mis pensamientos y sensaciones ocupen este día de sábado, agotando toda mi energía. No voy a dejar que las mil preguntas que aporrean mi mente salgan y se apoderen de mi, qué ha ocurrido, por qué, qué se tiene que pensar si entre nosotros no ha habido compromisos explícitos después de tantos años, por qué se aleja, por qué no me desea, por qué no desea mi compañía. No me haré todas estas preguntas porque no sé si sabré contestar o si siquiera entendería las respuestas.

Hace sol, hará un buen día a pesar de ser invierno. Hoy no va a ser como todos los sábados, en que le esperaba para el almuerzo y transcurríamos el resto del fin de semana juntos. Nuestro tiempo. Pero es sábado y hace un bonito día de sol.

La casa está vacía. Estamos sólo Rocco y yo. Él ya dispuesto delante de la puerta de casa, esperando su paseo. Me mira desde el suelo, suspirando en silencio, como para decir que hoy, a pesar de la fuerza que su raza alemana de pastor le otorga, no tirará de la correa en la calle. Más le vale, hoy.


Cruzo el pasillo descalza, caminando sobre la larga alfombra que afelpa mis pasos, en un recorrido purificador hacia el cuarto de baño. Las paredes están recién pintadas, desnudas y frescas, creo que las dejaré así. Queda tanto por hacer. La casa es antigua, las habitaciones están dispuestas con el propósito de decepcionar cualquier expectativa de cómoda utilidad: para ir al cuarto de baño desde el dormitorio, hay que atravesar el largo pasillo y cruzar el comedor. Todo sea por la higiene.

Terminada la ducha me visto con ropa cómoda. Hasta ahora me he tomado mi tiempo, concentrada en el vapor de la ducha, procurando no pensar. Mantengo la mente firme en la idea del paseo mañanero y del desayuno. Todo lo demás se difumina en un horizonte de incertidumbre ante lo que será el resto del día. Hoy no necesito arreglarme y prepararme para su llegada, pero esto no significa que deba descuirdarme. Aún así no me pinto, me peino sólo el pelo largo y fino, para liberarlo de los enredos del mal dormir. Hay pocos espejos en la casa, ni falta que hacen.

Bajo a la calle con Rocco. La gente ya se afana aquí y allá, hace frío y el sol aún no ha calentado. Yo me tomo mi tiempo. Después de un breve paseo por el parque silencioso y húmedo regreso hacia casa. En el horno compro una barra de pan y un croissant calientes. En la tienda del chino compro leche desnatada, procurando no mirarle las uñas largas del pulgar y del meñique, cuyo aspecto me horroriza y desconcierta. Son largas y puntiagudas. No alcanzo a comprender por qué las deja crecer así. Pienso en alguna perversidad o guarrería y un escalofrío me recorre la espalda hasta la rabadilla. Se ve que hoy estoy muy sensible. Me distraigo mirando los collares que cuelgan de la pared, detrás del mostrador.

Volviendo a casa empiezo a apreciar las ventajas de esta soledad inesperada. Hoy no tendré que preparar comida ni que limpiar la casa para cuando Sandro venga. No dejo que tanta libertad me sobrecoja, idearé otras maneras de ocupar mi tiempo, aunque se trate sencillamente de dejar pasar el tiempo. Llevo tres días dejando pasar el tiempo y hoy no va a ser diferente. Cuando Sandro ya no me volvió a llamar al día siguiente, comprendí que tenía todo el tiempo delante de mí, como el recorrido del tren cuando avanza, kilómetros de tiempo, como el horizonte que se aleja siempre más, a medida que te vas acercando a él. Como el pasillo de esta casa.

De regreso me preparo un te y me dispongo a desayunar en el salón-comedor. El crujir del croissant bajo mis dientes retumba en mis oídos. Sorbo el te, se disipa un pensamiento. Miro pasar el sábado por la ventana.

Estoy aquí

Estoy aquí y no me ves,

no oyes mi grito de dolor.

El llanto que me desborda

no llega a tu orilla lejana.

Estoy y tú no estás en mi.

miércoles, 7 de abril de 2010

Despierto sola


Despierto sola, y quedo así,pensando.
Inventándome otra historia
para seguir soñando,
y quedo en el silencio, imaginando,

que te acercas y me coges en tus brazos.


Quédate hoy, quédate mas,
vuélvete magia al despertar,
o realidad,
pero no me dejes sola,o mejor llévame toda,
donde no haya soledad,


y si no puedes, llévate la soledad,y este dolor, que no se va
cuando el amor recorre afuera, la ciudad.


Quédate hoy, quédate siempre al despertar,
quédate mas.