viernes, 8 de abril de 2011




Pálida y frágil

como porcelana,

su rostro celaba

un alma espartana.


Fuerte y altiva,

como una armadura,

su cuerpo albergaba

un mar de ternura.




























lunes, 4 de abril de 2011

Día de cumpleaños

Este año cayó en sábado. Además era el cincuentavo. Diez lustros. Medio siglo. Imposible no pensar en ello, no acordarse. Tras esperar su indefectible llegada, inexorable, inaplazable, deseé que el día pasase cuanto antes, para que en el siguiente (día) su recuerdo fuese a juntarse con el de todos los años pasados, en una piadosa nube de olvido. La mañana amaneció algo gris, el cielo cubierto por esa capa brumosa que engañosamente promete lluvia y luego, con el pasar de las horas, se despeja hasta descubrir un inesperado y acegador resol primaveral. Los sábados no son lo mío. Hay a quien le sientan mal los lunes o los martes, o incluso los domingos. A mi se me atraganta el sábado: tener que pensar en todo el fin de semana por delante, limpiar la casa que clama justicia, hacer la compra, embriagada por la intensidad de los aromas en el mercado, pero qué remedio, es más barato, volver (cargada y cansada), cocinar para aprovechar el tiempo y dejar comida hecha para el resto de la semana, lavar las sábanas, aún castamente inmaculadas pero que resienten de una semana de mal dormir. Buscar ocupaciones obligadas, para consigo mismo y para las amigas, salir, porque alguna ley no escrita te lo prescribe como actividad socialmente útil y saludable. Y luego, por si faltaba, acostarse tarde, tras haber estado atrapado en colas de tráfico, en cines, en centros comerciales y en la incomodidad de los parques invadidos por enteros clanes de asiáticos o latinos que acomunan sus almuerzos y ocupan acústicamente el espacio al aire libre. Pero me salgo del tema. Volviendo a aquél sábado de cumpleaños, y tras haberme percatado de que el tiempo era antojadizo, esperaba realmente que el día no me brindase percance alguno, sino que transcurriese de la manera más fluida posible, entre las tareas del hogar y esa mínima actividad intelectual como leer el periódico o ver una vieja película y culminar la noche, con la lectura de alguna buena novela, simplemente para no olvidar que mi cerebro aún sigue vivo y por lo tanto requiere alimento. Con mi cuerpo, no hay problema, ya que me lo requiere constantemente. A las nueve cero cero de esa mañana llegó un mensaje al móvil. Fui a leerlo con el corazón encogido, pensando que alguna de mis hijas, por un azar imprevisible se hubiese acordado del cumpleaños de su genitora. Digamos que de tres que tengo, por ley de probabilidades, al menos una de ellas podía haberse acordado. Pero no era así. Contra todos mis temores, se trataba de un mensaje de felicitación, por parte de mi entidad bancaria y recitaba: Felicidades de su Banco. El único recibido en todo el día. Austero, concreto, sin compromiso. Nada como no recibir lo que ya no esperas y no esperar lo que no ha de ocurrir. No importa si al día siguiente pueda llegar alguna felicitación tardía de una de tus hijas, de una amiga olvidadiza, de algún ex que esperaba un pretexto para contactarte y preguntarte cómo va, liberándose así de ese limbo en el que todo quedó, cuando nunca hubieron explicaciones o disculpas, o de tu madre. Esas (felicitaciones) quedan fuera de contexto, un día después, inocuas, como un número que se marca por equivocación. El resto del día transcurrió serenamente. El móvil mantuvo un silencio agradecido, así como el teléfono de casa, el correo, los vecinos. Ese silencio que protege de las insidias del pasado, de las heridas cicatrizadas, de las ausencias que no se colman.