lunes, 30 de noviembre de 2009

Viniste a recibirme...

Viniste a recibirme al aeropuerto de Fortworth con un lado de la cara pintado de azul y rojo, un dibujo concéntrico perfectamente acoplado a la geometría de tu mejilla izquierda. Dijiste que te habías hermanado con los indios Karakawa, por encontrarte en aquella parte de Texas donde aún vagaban sus almas. Te sentías amparado y protegido por los espíritus benignos de sus ancestros y sus talismanes de plata y turquesas, así como por el cuarzo que llevabas en el bolsillo derecho del pantalón y que manoseabas sin recelo incluso en público. La pintura parecía otorgarte título de gran jefe. Ahí estabas entre ellos para salvarte de terapias y dolores con los efectos benéficos de su presencia en el polvo de las praderas.
El horizonte en Texas es tan plano y extenso que los ocasos nunca tienen fin. En el largo atardecer, el paisaje árido y límpido se colorea de púrpura mientras la noche espera lánguidamente entre las sombras, como una novia inexperta.
En cambio, tu insesperada muerte llegó como la oscuridad repentina, de la misma forma en que se entra en una partida de ajedrez cuando las jugadas clave ya han sido decididas.
Desde entonces he regresado a menudo porque sé que en algún lugar del desierto, Luna Que Sonríe te acaricia la mejilla con una pluma de cenzontle gris.

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