VII - Valente
La sucesión de divorcios, óbitos, desapariciones y alejamientos de todo tipo, había llevado a la extinción de los miembros masculinos de la familia, maridos, padres, tíos y abuelos, y sólo la implacable memoria de las hermanas Moreno mantenía en vida los pocos recuerdos que les concernían.
Soledad y Almudena, remembraban los acontecimientos del pasado con un tono vivaz e irónico, dejando amplio espacio a la maravilla y al estupor. La guerra, el sufrimiento, la muerte, las traiciones y la gloria, narrados por las tías, se convertían en hechos únicos e inolvidables, fuera de un tiempo que ya no podía tener ningún efecto sobre ellas.
- Cúentame lo del abuelo y la Virgen, preguntaba Eneida a su tía Almudena. Entonces Almudena repetía la historia que en familia se había convertido en leyenda.
El abuelo Valente, marido de Ifigenia, solía decir que la Virgen le había salvado la vida. Esta frase, sin sentido para sus hijos y nietos, debido a su noto ateismo, así como el de toda la familia, se interpretaba como una excéntrica rareza del abuelo.
Fue sólo muchos años después de su muerte ocurrida al principio de los años setenta, cuando Eneida, hablando casualmente con un testigo de lo ocurrido, supo la verdad sobre aquel comentario irónico y paradójico que tantas veces había escuchado, primero directamente por el abuelo en su infancia y luego por el resto de la familia, y que ahora la tía Almudena le contaba.
En vísperas de la guerra civil, el abuelo fue llamadado una noche por el alcalde republicano de Valencia, amigo suyo y que recientemente, le había sucedido en el cargo. Se le pedía que interviniese ante una muchedumbre anarquista y exaltada que se había reunido en la plaza de la catedral. La turba empujaba, torchas en mano, contra el portón románico de la catedral donde se encontraba la antiquísima estatua de madera de la Virgen de los Desamparados, santa patrona de la ciudad.
El abuelo era conocido dentro y fuera de la familia por ser hombre tolerante, de sereno discernimiento. Su constitución algo corpulenta, y la expresión del rostro amable, le conferían un aspecto de oso bueno, de plácida presencia.
Tras esquivar empellones y codazos, llegó a los escalones de la entrada donde se encontraban el alcalde en persona, así como numerosos alguaciles y guardias. Tendría que disuadir con la sola fuerza de las palabras a los hombres que se disponían a quemar la imágen sagrada.
Entre los presentes, algunos le reconocieron. Las voces se apaciguaron al unísono, cambiando su registro en un sordo rumor entrecortado por silbidos de protesta.
El abuelo Valente se dirigió a la gente con esta sencilla interrogación, de ciceroniano argumento, acallándola:
- ¿Por qué quereis quemar aquello en lo que no creéis?
Aprovechando el estupor general y el inmediato momento de reflexión que siguió entre los oyentes enmudecidos, unos brazos piadosos y apresurados se llevaron por una puerta secundaria la estatua salvada así de la hoguera, para dejarla en un lugar seguro donde quedó escodida hasta el final de la guerra.
Y precisamente después de la guerra, el abuelo, que había sido juzgado y condenado a muerte por los vencedores franquistas, debido a su actividad política durante los años de la República, fue a su vez amnistiado, pues entre sus acusadores más de uno recordó el episodio de la Virgen salvada por él aquella noche en la catedral.
Así pues, la Virgen le había de hecho, salvado la vida.
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La guerra marcó el destino de los Moreno y de sus familiares. El abuelo Valente, cuatro años de carcel en Cádiz y el inesperado indulto, pagó con la ignominia, el exilio y el osctracismo su pasado al servicio de la República.
Jamás se recobró de la vergüenza y del horror en los años vividos como prisionero político, durante los cuales veía desaparecer uno a uno y día tras día a sus más queridos amigos y compañeros.
De todas formas y al fin de transcurrir el tiempo en la carcel lo más humana y dignamente posible, el abuelo mantuvo ocupadas sus capacidades intelectuales en el estudio de tres idiomas –italiano, francés e inglés- y que a su vez enseñó a sus compañeros de celda.
El abuelo Valente había regalado a Eneida, cuando ésta tenía nueve años, la vieja y consunta edición del libro “Cuore” que había usado para el estudio del italiano, junto con el librito de gramática impreso en Roma en 1927. Eneida aún conservaba aquel libro que llevaba indeleble el sello con el número del prisionero y el visto bueno de la censura de la prisión.
Eneida recordaba la vergüenza que sentía de niña cuando en la vieja casa de los abuelos, la abuela Ifigenia criticaba y mortificaba a su marido Valente por su fragilidad emotiva, mientras él se escondía tras los pesados cortinajes color siena de su dormitorio, para no mostrar las lágrimas que seguían corriendo por los amigos desaparecios, por los hebreos exterminados, por la libertad suprimida.
El bisabuelo Valentín, padre de Ifigenia, siempre despreció la carrera y el destino de su yerno Valente. Valentín, el cual había continuado con el negocio de familia en el campo de la carnicería, se enriqueció durante la guerra con el comercio de la carne a uno y otro bando de la formación bélica.
Fue en aquellos años cuando ultimó el patio de Albamar, el huerto-jardín y la fuente con la cascada que rodeaba la casa.
El tío Tolo en cambio, hermano menor de Valentín y amigo del abuelo Valente, se dedicó a actividades de periodismo y propaganda, lo cual le costó la prisión y la fusilación en 1944. Bartolo, tío Tolo, no se casó y no tuvo prole, pero su memoria quedó siempre viva entre las hermanas Moreno las cuales conservaban artículos suyos, opúsculos y demás material ahora inofensivo, como puro recuerdo de un pasado exacerbado por el odio y por la venganza política.
Después de la guerra, la familia quedó dividida entre intelecutales y comerciantes, pobres y ricos, vencidos y vencedores.
Valentín, junto con sus hijas Almudena y Soledad y sus respectivos consortes habían, no sólo tenido en pie sino tambíen aumentado el negocio y la riqueza de la familia.
La tía Eneida y la tía Lavinia, con sus maridos, se habían visto obligadas a emigrar, sea por motivos económicos, sea por la necesidad de alejarse de posibles revanchas políticas y sociales tan comunes durante la posguerra, vista su conocida simpatía por el gobierno republicano.
La abuela Ifigenia había conocido junto con su marido el amargo sabor de la derrota política, el drama de la carcel y del resentimiento familiar. El abuelo Valente mantuvo las distancias con la familia Moreno y jamás quiso compartir con ellos su discutible bienestar económico.
Tras los años del exilio, de regreso a Málaga en 1949, Valente se refugió en su carrera de abogado en la que trabajó ganando lo esencial para vivir dignamente con su familia, aceptando a menudo honorarios en especie por parte de sus clientes que como él, eran en su mayoría, hombres vencidos y depredados de toda dignidad y riqueza.
Tras su muerte en 1972, la abuela Ifigenia permaneció en su retiro viviendo en casa de su hija –la madre de Eneida- y ya nunca visitó a sus hermanas en Albamar.


