miércoles, 23 de diciembre de 2009

Regreso a Naxos

VII - Valente

La sucesión de divorcios, óbitos, desapariciones y alejamientos de todo tipo, había llevado a la extinción de los miembros masculinos de la familia, maridos, padres, tíos y abuelos, y sólo la implacable memoria de las hermanas Moreno mantenía en vida los pocos recuerdos que les concernían.

Soledad y Almudena, remembraban los acontecimientos del pasado con un tono vivaz e irónico, dejando amplio espacio a la maravilla y al estupor. La guerra, el sufrimiento, la muerte, las traiciones y la gloria, narrados por las tías, se convertían en hechos únicos e inolvidables, fuera de un tiempo que ya no podía tener ningún efecto sobre ellas.

- Cúentame lo del abuelo y la Virgen, preguntaba Eneida a su tía Almudena. Entonces Almudena repetía la historia que en familia se había convertido en leyenda.

El abuelo Valente, marido de Ifigenia, solía decir que la Virgen le había salvado la vida. Esta frase, sin sentido para sus hijos y nietos, debido a su noto ateismo, así como el de toda la familia, se interpretaba como una excéntrica rareza del abuelo.
Fue sólo muchos años después de su muerte ocurrida al principio de los años setenta, cuando Eneida, hablando casualmente con un testigo de lo ocurrido, supo la verdad sobre aquel comentario irónico y paradójico que tantas veces había escuchado, primero directamente por el abuelo en su infancia y luego por el resto de la familia, y que ahora la tía Almudena le contaba.

En vísperas de la guerra civil, el abuelo fue llamadado una noche por el alcalde republicano de Valencia, amigo suyo y que recientemente, le había sucedido en el cargo. Se le pedía que interviniese ante una muchedumbre anarquista y exaltada que se había reunido en la plaza de la catedral. La turba empujaba, torchas en mano, contra el portón románico de la catedral donde se encontraba la antiquísima estatua de madera de la Virgen de los Desamparados, santa patrona de la ciudad.

El abuelo era conocido dentro y fuera de la familia por ser hombre tolerante, de sereno discernimiento. Su constitución algo corpulenta, y la expresión del rostro amable, le conferían un aspecto de oso bueno, de plácida presencia.
Tras esquivar empellones y codazos, llegó a los escalones de la entrada donde se encontraban el alcalde en persona, así como numerosos alguaciles y guardias. Tendría que disuadir con la sola fuerza de las palabras a los hombres que se disponían a quemar la imágen sagrada.
Entre los presentes, algunos le reconocieron. Las voces se apaciguaron al unísono, cambiando su registro en un sordo rumor entrecortado por silbidos de protesta.

El abuelo Valente se dirigió a la gente con esta sencilla interrogación, de ciceroniano argumento, acallándola:
- ¿Por qué quereis quemar aquello en lo que no creéis?
Aprovechando el estupor general y el inmediato momento de reflexión que siguió entre los oyentes enmudecidos, unos brazos piadosos y apresurados se llevaron por una puerta secundaria la estatua salvada así de la hoguera, para dejarla en un lugar seguro donde quedó escodida hasta el final de la guerra.

Y precisamente después de la guerra, el abuelo, que había sido juzgado y condenado a muerte por los vencedores franquistas, debido a su actividad política durante los años de la República, fue a su vez amnistiado, pues entre sus acusadores más de uno recordó el episodio de la Virgen salvada por él aquella noche en la catedral.

Así pues, la Virgen le había de hecho, salvado la vida.

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La guerra marcó el destino de los Moreno y de sus familiares. El abuelo Valente, cuatro años de carcel en Cádiz y el inesperado indulto, pagó con la ignominia, el exilio y el osctracismo su pasado al servicio de la República.
Jamás se recobró de la vergüenza y del horror en los años vividos como prisionero político, durante los cuales veía desaparecer uno a uno y día tras día a sus más queridos amigos y compañeros.

De todas formas y al fin de transcurrir el tiempo en la carcel lo más humana y dignamente posible, el abuelo mantuvo ocupadas sus capacidades intelectuales en el estudio de tres idiomas –italiano, francés e inglés- y que a su vez enseñó a sus compañeros de celda.
El abuelo Valente había regalado a Eneida, cuando ésta tenía nueve años, la vieja y consunta edición del libro “Cuore” que había usado para el estudio del italiano, junto con el librito de gramática impreso en Roma en 1927. Eneida aún conservaba aquel libro que llevaba indeleble el sello con el número del prisionero y el visto bueno de la censura de la prisión.

Eneida recordaba la vergüenza que sentía de niña cuando en la vieja casa de los abuelos, la abuela Ifigenia criticaba y mortificaba a su marido Valente por su fragilidad emotiva, mientras él se escondía tras los pesados cortinajes color siena de su dormitorio, para no mostrar las lágrimas que seguían corriendo por los amigos desaparecios, por los hebreos exterminados, por la libertad suprimida.

El bisabuelo Valentín, padre de Ifigenia, siempre despreció la carrera y el destino de su yerno Valente. Valentín, el cual había continuado con el negocio de familia en el campo de la carnicería, se enriqueció durante la guerra con el comercio de la carne a uno y otro bando de la formación bélica.
Fue en aquellos años cuando ultimó el patio de Albamar, el huerto-jardín y la fuente con la cascada que rodeaba la casa.

El tío Tolo en cambio, hermano menor de Valentín y amigo del abuelo Valente, se dedicó a actividades de periodismo y propaganda, lo cual le costó la prisión y la fusilación en 1944. Bartolo, tío Tolo, no se casó y no tuvo prole, pero su memoria quedó siempre viva entre las hermanas Moreno las cuales conservaban artículos suyos, opúsculos y demás material ahora inofensivo, como puro recuerdo de un pasado exacerbado por el odio y por la venganza política.

Después de la guerra, la familia quedó dividida entre intelecutales y comerciantes, pobres y ricos, vencidos y vencedores.
Valentín, junto con sus hijas Almudena y Soledad y sus respectivos consortes habían, no sólo tenido en pie sino tambíen aumentado el negocio y la riqueza de la familia.

La tía Eneida y la tía Lavinia, con sus maridos, se habían visto obligadas a emigrar, sea por motivos económicos, sea por la necesidad de alejarse de posibles revanchas políticas y sociales tan comunes durante la posguerra, vista su conocida simpatía por el gobierno republicano.

La abuela Ifigenia había conocido junto con su marido el amargo sabor de la derrota política, el drama de la carcel y del resentimiento familiar. El abuelo Valente mantuvo las distancias con la familia Moreno y jamás quiso compartir con ellos su discutible bienestar económico.

Tras los años del exilio, de regreso a Málaga en 1949, Valente se refugió en su carrera de abogado en la que trabajó ganando lo esencial para vivir dignamente con su familia, aceptando a menudo honorarios en especie por parte de sus clientes que como él, eran en su mayoría, hombres vencidos y depredados de toda dignidad y riqueza.

Tras su muerte en 1972, la abuela Ifigenia permaneció en su retiro viviendo en casa de su hija –la madre de Eneida- y ya nunca visitó a sus hermanas en Albamar.

martes, 15 de diciembre de 2009

Regreso a Naxos

VI - Albamar

A lo largo de los años, Eneida había visitado con frecuencia a sus dos tías abuelas maternas en Albamar, la vieja villa de la familia Moreno en Benalmádena, en el sur de España. La presencia inmutable de Soledad y Almudena, de cuerpo grácil pero de porte orgulloso, era para Eneida un alivio útil y necesario para la recuperación de sí misma cada vez que se sentía perdida y pisoteada por el mal vivir con Carlo.
Las tías, octogenarias, no hablaban y no hacían preguntas inútiles o embarazosas. Su acogida siempre fue cariñosa y familiar. Eran mujeres jocosas, cultas e inteligentes, para las cuales las menudencias del amor y del desencanto eran episodios desdeñables de la vida que en cambio debía ser vivida por más altas y nobles razones.
Eneida quedaba desconcertada ante el espíritu de sus tías que desbordaban positivismo aún doblándola en edad y que hacían cuentas distintas con el tiempo por llegar, mientras ella, en cambio, se sentía ya al final del trayecto.
- “Es demasiado corta la vida”, -decía la tía Sole en las vísperas de sus noventa años- Aún queda mucho por hacer. Y mientras, cogía los tomos de la enciclopedia y los repasaba página tras página, en tanto que sobre su mesilla se erguía como en un trono desde hacía decenios, El Otoño de la Edad Media de Huizinga, su fiel compañero en las horas insomnes, cual testigo de un tiempo cruento, parecido, según ella, al tiempo por venir. Pequeña, altiva y tenaz, Sole conservaba más que nadie la fuerza y la exultación que había prevalecido en la familia Moreno.

La tía Almudena, más esquiva y martirizada sin piedad por la artritis y otros achaques, contaba cómo cada mañana al despertar, en cuanto su mente empezaba la fatigosa subida hacia la consciencia y aún antes de mover un párpado, un dedo, en una total ausencia de dolor, su primer pensamiento era: -“¡Estoy muerta!”. Después, al primer ademán de moverse, cuando empezaba a sentir las primeras punzadas y calambres que le eran tan dolorosamente familiares, entendía y decía en voz alta –“¡Ah, entonces aún estoy viva!”.
La tía Almudena caminaba encorvada por el dolor, pero su ser, luchador y vencedor, nunca se había rendido a las inclemencias de la vida.

Otras dos hermanas, la tía Eneida –cuyo nombre ella llevaba- y la tía Lavinia, se habían ido a América junto con sus maridos, en los años cuarenta o cincuenta. Tras la muerte de Ifigenia, la mayor de las cinco hermanas, ocurrida en el 2003 a los noventa y ocho años, se había perdido el rastro de Eneida y Lavinia desde su última dirección en Pensilvania, pues Ifigenia había sido la única en mantener el contacto con sus hermanas “americanas”.
En la familia se fantaseaba que tras quedarse viudas las dos, se habían trasladado, quien decía a California, quien a Florida, en busca de un sol y de un mar que pudiesen acercarlas a la luz y a los aromas de su lejana Málaga a donde no habían vuelto nunca más.
Eneida las había visto en una foto que su abuela Ifigenia le había mostrado cuando era pequeña: recordaba aún su aspecto sonriente y bonachón, de señoras de mediana edad que vestían pantalones y blancas camisas de algodón bordadas y llevaban gafas de pesada montura negra, estilo años sesenta.

Almudena y Soledad, las más jóvenes de las cinco hermanas se habían quedado solas en la casa donde habían nacido y vivido, tras la desaparición de sus respectivos maridos a principios de los años ochenta: el marido de la tía Almudena, el tío Felipe, había sido dado por desaparecido tras una separación considerada sospechosa en aquellos tiempos y luego ratificada de oficio cuando llegó el divorcio en 1981. El tío Manuel, marido de Soledad, había muerto en aquella misma época, truncado por un aneurisma mientras jugaba a las cartas con los amigos del Círculo de Benalmádena –o por lo menos ésta fue la versión oficial publicada en su necrológico, donde se omitieron los detalles escabrosos de su fallecimiento ocurrido en el apartamento en Málaga de su amante de hacía casi veinte años, Isabel.

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Albamar había sido construida por su padre –el bisabuelo de Eneida-, Valentín Moreno, a principios de los años veinte. La casa estaba situada en la cima de una breve colina, en la ladera de levante, frente al mar de Benalmádena. Quedaba pues en lo alto y alejada del bullicio de la playa.
Construída en una sola planta, excepto la “torre” donde se encontraba la incontenible biblioteca y que también servía, en ocasiones, de improvisado dormitorio con entrada aparte, al que se accedía por una escalera de caracol –usada en los viejos tiempos como tobogán por todos los niños de la familia-, la casa era muy espaciosa, de estilo andaluz, rodeada por una pequeña cascada de agua que descendía sin fin, llenando el día y la noche con su fresco tintinear.
En su interior, las habitaciones eran frescas, decoradas con muebles recios de estilo castellano, así como las puertas de roble, ornadas con hierro forjado y tachones antiguos.
En la parte posterior, el patio se asomaba a la colina donde el huerto-jardín descendía con sus gradas hacia el mar. Desde allí arriba, en los días límpidos, se podía vislumbrar el contorno brumoso de los montes Atlas, al otro lado del estrecho, en África.

En el trascurso de los años, la casa había sido frecuentada sobre todo en verano por invasiones a las que las tías llamaban “hordas”, de hijos y nietos, nueras, sobrinos y biznietos, que todos los años desarreglaban el jardín montando y desmontando camas de camping, improbables literas, mesas de picnic, sombrillas y tumbonas, y organizaban apresuradas barbacoas de las cuales, las tías después, recogían las cenizas en la fresca calma de la mañana.
Al principio de los años dos mil, la parentela había optado por otras playas más remotas y de moda, y Albamar había quedado sola y sin molestia, protegida y cuidada por las imperecederas Soledad y Almudena.

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En el dormitorio de tía Sole se encontraban varios estantes abarrotados de figurillas de madera, amuletos, objetos cotidianos elevados a santidad, copas llenas de agua para rememorar a los muertos, rosarios, símbolos propiciatorios de riqueza, fertilidad, fortuna, salud, talismanes contra el mal de ojo y la envidia, velas para los vivos y los ausentes, flores, frutas, bastoncillos de madera e incienso, plumas coloradas y crines para el vigor.
No importaba su orígen o procedencia. Los objetos eran increíblemente variados y diversos, venían de todas partes, antiguos y sin tiempo, como ella misma lo era ahora.
A Eneida llamaron la atención las numerosas copas de cristal, colmas de agua cristalina. El agua de donde venimos y de la que estamos hechos. Una copa para cada uno de sus muertos, padres, hermanos, amigos. Algunos de los cálices eran antiguos, de tallo labrado y fino, de cristal de plomo, de roca o de bohemia. El reflejo de las llamas de las cuantiosas velas encendidas alrededor, amplificaba el efecto de su transparencia y de su volúmen.

- Esa es para César, tu padre, dijo Soledad con naturalidad, entrando en la habitación, mientras indicaba una copa grande, para el agua, procedente de algun lote de familia de finales del siglo diecinueve.
Hacía quince años que el padre de Eneida había muerto demasiado pronto, de un mal fulmíneo y prematuro. Eneida quedó sorprendida al constatar que un miembro de su familia materna aún otorgaba tanto recuerdo y respeto a su padre.

- A él nunca le gusté, lo sé, me consideraba tal vez una estúpida ignorante y supersticiosa, pero yo le admiraba y me gustaban mucho sus pinturas vanguardistas y rompedoras. A papá –tu bisabuelo Valentín- nunca le interesó el arte, y como al resto de los intelecutales dentro y fuera de nuestra familia, a tu padre lo despreciaba. Tu abuelo Valente, mi cuñado, si que simpatizó con él. Le gustaban su irreverencia y ateismo, bien evidentes en el personaje y en su pintura.
- Esta otra es para tu tío abuelo Tolo, pobrecito.

La lista no terminaba, los estantes estaban repletos, y todo el amor que desprendían producía un calor benéfico que envolvía a Eneida cada vez que entraba en el cuarto de su tía, en un abrazo protector, amparándola ante la añoranza.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Como todas las mañanas


Como todas las mañanas,

cruzo a pie el puente de Monteolivete.

El sol empieza a asomar, puntual a su cita,

por detrás del cetáceo adormecido,

clareando los contornos de los árboles

que ahora adornan el antiguo cauce.

El cielo se va pintando con los colores del nuevo día.


La mañana es fresca y húmeda.

Pocos transeúntes y algunos coches cruzan el puente

deslizándose por sus sinuosas curvas,

bajo las fauces abiertas de la monumental arquitectura.
El día transcurre veloz entre las frías caderas

lamidas por el agua azul y cristalina.

Cuando la noche llega










Cuando la noche llega,

las luces alfombran mis pasos de vuelta a casa,

alejando las sombras,

y el cuerpo de acero y hormigón se torna manso,
casi tímido,

bajo la cúpula oscura del negro cielo.


jueves, 3 de diciembre de 2009

Regreso a Naxos

V - Carlo

Dura es la lucha contra el deseo,
pues lo que quiere lo coge a caro precio.
Eraclito



Algunas tardes, Eneida subía a la terraza donde se quedaba hasta el anochecer, pensando y recordando, acompañada sólo por los robustos y floridos cactus y por el perfume del exuberante jazmín que abrazaba gran parte de la veranda.
El azul punzante de la tarde, atravesado por la blanca, intensa luz del sol aún en lo alto y por el fresco soplo de la tramontana, evocaban en Eneida recuerdos de pureza, de un tiempo genuino y gentil, quando tendiendo el rostro hacia el cielo, sentía fresco e imperecedero, el primer hálito del amor. Volvía con la memoria a aquella espera impaciente, al trascurrir de los días envueltos en fantasías pueriles en las que la felicidad está próxima pero invisible, intangible y perfumada.

Había conocido a Carlo en España hacia el final de los años setenta y enseguida lo había amado. Lo había esperado durante largo tiempo y por fin lo había encontrado. Las fantasías de amor y felicidad se presentaban ante ella, en esta figura alta, morena y gentil, che siempre sonreía y la amaba con la mirada. Lo tenía todo de él, su pasión, su dulzura incondicionada che la envolvían y la mimaban, su cuerpo cálido y potente en el que batía, fuerte como un tambor, su corazón enamorado.

Durante dos años planificó con él su proyecto de unión. Él vivía en Italia pero viajaba a menudo y pronto tendría que marchar a Estados Unidos durante más de dos años para proseguir su carrera. Ella iba a continuar allí sus estudios, se iban a casar y luego se irían a vivir a Italia donde habrían comprado una gran casa con jardin y habrían tenido hijos.

Eneida esperaba llamadas de teléfono, abría con el corazón desbordado e impaciente las cartas que él le mandaba, escribía la intensidad de su amor en diarios, cartas, canciones y pensamientos que discurrían al galope.

Tuvo que enfrentarse a su familia, sobre todo a su padre César, el cual desaprobaba categóricamente su relación insólita, y se apelaba a su joven edad, momento demasiado prematuro para comprometerse con cualquiera.

Un día, mientras comían en un conocido restaurant de Madrid, César le repitió su consueto sermón:
- No hipoteques tu juventud, sería mejor si salieses con diez en vez de uno sólo!

Para César, artista excéntrico y anticonformista, la idea de novio tenía un retrogusto de convencionalismo burgués, que mal encajaba en el ambiente intelectual y liberal en el que Eneida habia crecido.

En aquel tiempo se repitieron las discusiones y las peleas. Por un lado Eneida estaba cada vez más decidida y fuerte en su convicción, ya que se sentía empujada por el profundo amor que nutría por Carlo, y por el otro, su padre, era siempre más consciente que su niña estaba lista para tomar un vuelo sin paracaídas que la habría llevado lejos de él, donde no habría podido protegerla.

Durante aquellos dos años y no obstante los desacuerdos con su padre, que se volvían cada vez más ásperos y amenazadores a medida que se acercaba el momento de su partida, Eneida dedicó toda su fuerza y aliento al fin de estar con Carlo, hasta que una fresca mañana de junio tomó un avión y lo alcanzó mas allá del océano, dejándose atrás los afectos de su infancia y juventud, a la familia, a los primos, a los amigos, el futuro que ya no habría tenido lugar allí. Tenía veinte años.



Han transcurrido muchos años tras los primeros dolores, las primeras heridas convertidas en profundas y dolorosísimas llagas. ¿Cuándo tuvo la primera desilusión, el primer engaño? Tenían poco más de veinte años y su vida estaba colmada por su amor recíproco, por sus proyectos comunes.

Era el principio de los años ochenta. América hospedaba sus sueños, los sigilaba mientras recorrían en coche sus infinitas extensiones y visitaban sus deslumbrantes ciudades.
Pero ya entonces Eneida tuvo prueba de engaños y menzoñas que ciega o erróneamente atribuyó a la joven edad de su adorado esposo.

La primera vez que le rompió el corazón, él se demostró mortificado y al verla tan decidida a dejarlo, le rogó de rodillas:
- ¡No te haré más daño, te ruego, no te vayas, ha sido un error mío!

Eneida lloró sus primeras lágrimas, sin saber aún cúantos amargos y abrasadores ríos habría de derramar.

La vez siguiente, Carlo no explicó sus razones ni se mortificó ante la petición de garantías que ella le hizo y dijo:
- No puedo darte garantías.

Tuvieron que transcurrir muchos años e innumerables desilusiones antes de que Eneida empezase a darse cuenta de que tal vez Carlo ya no la quería o como comprendió más tarde, nunca la había querido realmente. No sólo las primeras, comunes e inexplicables traiciones debieron abrirle los ojos a todo el dolor che podía esperar, sino también los comportamientos cotidianos en los que se percibía una cierta perversidad.

Eneida se dedicó en cuerpo y alma durante casi veinte años en adaptarse a esta forma de amor que nada tenía que ver con sus ideales de cariño y ni mucho menos con lo que ella siempre había sentido por él.
Cuanto menos la quería, más intentaba ella desesperadamente en comprender, prevenir y contrastar su alejamiento. Trabajaba, limpiaba, cocinaba. Realizaba todas las rutinas familiares con un sentido de vacío, porque no importaba lo que hiciese y cómo lo hiciese, ótra fuera de la puerta de casa iba a disfrutar del cariño y de las atenciones de él e iba a recibir el encomio que a ella se le negaba.
Mientras ella perseveraba en darse a sí misma en nombre de su amor por Carlo, él siempre encontraba motivos para vejarla y castigarla.

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Los recuerdos se disuelven como vapor que resbala sobre un espejo. Tantas escenas, rostros, palabras y eventos han dejado el alma traspasada por grandes y pequeñas señas, cada una con su marca indeleble de dolor. Hasta la alegría de la maternidad quedó ofuscada por el amor que Carlo sistemáticamente traicionaba y pisoteaba.

Ahora con sus hijos ya mayores encauzados en sus vidas, Carlo vagando por los pasillos de su pasado, alejado de ella y distante como el mar que la rodeaba, Eneida se encontraba en un tibio regazo en el cual pensaba rehacer su hogar.