
Como todas las mañanas,
cruzo a pie el puente de Monteolivete.
El sol empieza a asomar, puntual a su cita,
por detrás del cetáceo adormecido,
clareando los contornos de los árboles
que ahora adornan el antiguo cauce.
El cielo se va pintando con los colores del nuevo día.
La mañana es fresca y húmeda.
Pocos transeúntes y algunos coches cruzan el puente
deslizándose por sus sinuosas curvas,
bajo las fauces abiertas de la monumental arquitectura.
El día transcurre veloz entre las frías caderas
lamidas por el agua azul y cristalina.

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