Perla llegó por los campos una noche fría y lluviosa de noviembre, la más desabrida de las noches. Tras esperar un tiempo en la parte colindante del jardin con el campo abierto, empezó a acercarse con paso afelpado hacia la terraza desde donde yo la estaba observando. Sin temor alguno, habiéndonos ya cruzado las miradas, se acercó a mis pies y se restregó por mis pantorrilas, ronroneando. Un plato de leche caliente y algunas galletas de perro sellaron el pacto de amistad que desde aquel momento nos uniría para siempre.
Vaciado el plato, dudó en volver sobre sus pasos. Estaba mojada y fría, así que decidió entrar en la caseta de Vic, el viejo perro pastor, anciano y sordo, que hasta aquel momento había estado observando la escena desde el abrigo de su casa. La caseta de Vic, forrada de poliéster y abrigada con una lujosa moqueta rojo oscuro, que le protegía de la humedad del cercano Tíber hasta en las noches más cálidas, le ofrecía mejor resguardo que la campiña escarchada.
Perla entró maullando en el habitáculo de Victor y le saludó con tacto, delicadamente rozando el hociquillo contra el morro del viejo perro que de buen temple la aceptó a su lado.
Durmieron juntos, arrimados los cuerpos para mejor aprovecharse del mutuo calor. Ese fue el principio de la convivencia en mi jardin, entre la joven gata soriana Perla, y Victor, el pastor mestizo que yo había rescatado hacía dieciseis años de la perrera donde había nacido.
A la mañana siguiente, Perla se alejó por los campos por donde había venido. La busqué y la llamé, pero nada. Pensé: ya volverá cuando tenga hambre. El día seguía lluvioso. Vic se quedó en la caseta durante casi todo el día. Su huesos artríticos y doloridos ya no estaban para paseos.
Al anochecer oí al perro que se removía en su caseta. Me asomé y vi a Perla en la terraza junto a otra sombra oscura. Encendí las luces pues la noche estaba negra, con una niebla húmeda que pesaba sobre el jardin, y entonces vi que otro gato la acompañaba. Era de pelo rojizo, con ojos amarillos y redondos. Más tímido que Perla, se mantuvo distante en los primeros momentos hasta que saqué la comida sobre la que se abalanzaron.
Rómolo, así le llamé, era la pareja de Perla. Ella lo había traído porque sabía que en mi jardin habrían encontrado comida y cobijo. Vic no dejó que Rómolo entrase en su casa, su hospitalidad no daba para tanto, así que el animal durmió delante de ella, ovillado en el suelo. Esa noche no me percaté, pero al día siguiente, habiendo conseguido acercarme a él y tocarle, noté cómo además de su extrema delgadez, al respirar producía un sonido ronco y encharcado.
Se me encogió el corazón. Aún sin ser experta comprendí que Rómolo estaba gravemente enfermo. Estaba claro que Perla lo había traído para que le ayudase.
En los días siguientes hice todo lo posible por él. Los pulmones estaban infectados y había que operarle. El riesgo era muy grande, pero habría muerto de todas formas. Rómolo no sobrevivió más que un par de días a la operación.
Se me encogió el corazón. Aún sin ser experta comprendí que Rómolo estaba gravemente enfermo. Estaba claro que Perla lo había traído para que le ayudase.
En los días siguientes hice todo lo posible por él. Los pulmones estaban infectados y había que operarle. El riesgo era muy grande, pero habría muerto de todas formas. Rómolo no sobrevivió más que un par de días a la operación.
Perla se quedó conmigo. Era dócil y cariñosa bajo su apariencia de gato asilvestrado. Pasadas unas semanas se fue nuevamente. Estaba claro que su naturaleza agreste la empujaba hacia los campos, lejos de las comodidades que yo le podía ofrecer. Sentí su ausencia. La esperaba todas las tardes y hasta me parecía oír su maullido al llamarme.
Volvió al cabo de dos meses, delgada hasta los huesos. Aguantaba delicadamente con la boca un pequeño bulto rojizo y empapado, que depositó sobre la moqueta, a los pies de Vic.
Volvió al cabo de dos meses, delgada hasta los huesos. Aguantaba delicadamente con la boca un pequeño bulto rojizo y empapado, que depositó sobre la moqueta, a los pies de Vic.
Vic y Perla ya se fueron para siempre. Al cabo de tantos años, Carlotta, ahora vieja y con el pelo más gris y amostazado por la edad, entra y sale ligera de la vieja casa de Vic donde duerme. A veces al atardecer, la descubro, sentada en la terraza, mirando el horizonte más allá del jardin, oteando los campos.

La fidelidad de los animales, los sentimientos que nos provocan, sus potenciados sentidos. Un tierno relato.
ResponderEliminarVraiment de beaux récits
ResponderEliminarElisabeth Lashermes - France
Merci beaucoup, Elisabeth.
ResponderEliminarIl y avait un temps que j'écrivais aussi en français..
Shaianti
Vous deviez essayer de nouveau. Elisabeth
ResponderEliminar