sábado, 27 de febrero de 2010

La música invisible

Donna Ersilia despierta de un largo sueño animado por las voces que no puede oir y que siguen viviendo en su cabeza junto a los pensamientos, los recuerdos, los arrullos de su abuela cuando la mecía en la cuna.

La abuela Manfreda fue quien la crío pues su madre había muerto al darla a la luz así como su padre, el Marqués de Altavilla, en batalla contra los turcos.
Siendo Ersilia una niña, los turcos procedentes del mar, al mando del general Alí Pashá, invadieron las costas adriáticas de Apulia en 1620, destruyendo e incendiando las ciudades, arrasando las fértiles tierras, derramando el vino y echando a perder los ricos olivares de la región.
El padre de Ersilia había luchado contra ellos junto con otros nobles, al mando de pequeños ejércitos bien armados que al fin habían rechazado a los invasores, empujándolos hacia el mar por donde habían venido. Muchos años tardó la región en recuperarse y en volver a gozar de la prosperidad de antaño.

La abuela le había enseñado las letras y los números desde bien pequeña. En su cabeza algodonada, entre el recuerdo del ruído del mundo afuera, aún llevaba el eco de su voz cálida y firme:

-Ersilia, cuando seas el ama, deberás saber de números y de letras para que nadie te pueda engañar.

Ersilia había heredado las extensas y ricas tierras de su familia, en la rebelde y valiente Altamura, fortuna que se había acrecido al ser casada por su abuela, a la edad de once años, con el Conde Talarico, en Manfredonia, más al norte en la región de Apulia. El Conde era lejano pariente de Manfreda y el compromiso quedó sellado al poco de nacer la niña.

Al momento de su casamiento Ersilia llevaba ya cuatro años en su silencioso universo. Nadie sabía el por qué, pero todos en la casa recordaban que Donna Ersilia había dejado de hablar y de oir, de golpe, a la edad de siete años. Fue un susto, unas fiebres, un mal de ojo, el caso fue que la niña se cerró como un cofre y su llave se perdió por los pasillos y los sótanos de su palacio en Altamura, entre los fantasmas de sus antepasados y los de los sarracenos incendiarios.

Donna Ersilia se levanta y corre ligera hacia la ventana, la abre para que entre el día, para sentir el aire cargado de olor a tierra seca, a melocotón maduro, a uva vendimiada. El sol ya está alto. Ella sabe que afuera las cigarras ya estarán refregándose las alas en el aire caluroso y estático. Lleva su cuerpo menudo hacia la puerta, la larga melena rubicunda suelta y encrespada. Corre descalza por la ancha escalera y una vez en la cocina bate las palmas para anunciar su entrada. Rosalía, la cocinera, le prepara un tazón de leche tibia y pan de trigo duro huntado con aceite de oliva y espolvoreado de orégano.

Ersilia come con voracidad, como un perro hambriento. Sus gestos son siempre rápidos, impulsivos. Vuelve a menudo la cabeza a su alrededor para poner ojos donde no puede escuchar. Cuando termina, la joven criada Assunta la acompaña a su habitación para peinarla y vestirla. Ersilia escribe: vestido verde, el de seda de candongo. Hazme trenza.

La abuela Manfreda había provado e inventado maneras para que a su nieta no se le borrase la memoria. La palabra se había perdido, pero las letras y los números quedarían en su cabeza. Una pequeña pizarra atada a la estrecha cintura y un saquito con tiza, se convirtieron en su instrumento de conversación con el mundo. Ersilia escribía con trazo firme y rápido, luego volcaba la pizarra hacia su interlocutor, que en principio asentía o disentía, mientras ella esperaba la respuesta ensanchando las aletas de su perfecta nariz.

La familia Altavilla, así como muchos de los habitantes en Apulia, conservaba los rasgos de sus ancestros normandos y suevos, descendientes del Emperador Federico II y de su hijo Manfredo de Suevia, el cual había fundado, hacía cuatrocientos años en 1256, la ciudad de Manfredonia en el lugar donde había existido la antigua Siponto, destruida por un terremoto treinta años antes y por un maremoto ese mismo año.
De tez blanca y pelo rubio o rojizo, los ojos azul claro como las crestas del mar adriático, los suevos eran altos y delgados. Sólo Ersilia había quedado pequeña, aún manteniendo el porte erguido y elegante de su estirpe.

Con sólo diecisiete años, Donna Ersilia es la señora en la vieja masía de su marido el Conde, en Manfredonia. El Conde es anciano y aventurero y a menudo se encuentra en cacerías o viajes por sus extensas propiedades. Como otros nobles en la región, el conde Talarico se dedica febrilmente desde hace años a la recuperación de sus campos, a la replantación y a la protección de sus tierras.

Ha sido amable y comprensivo con ella, y a pesar de su perenne silencio, Ersilia ha llenado su casa de vida y exultación. Jugó con ella al principio, cuando recién casados pretendió, con vanos intentos, afirmar su condición marital, pero la niña se escabullía y su cuerpo huesudo no proporcionaba al Conde el necesario estímulo para despertar su ajada virilidad. Habían quedado así, como abuelo y niña, jugando y queriéndose, el anciano feliz, la niña caprichosa y consentida.

Los campesinos conocían al Conde por ser hombre honesto y benévolo, y no había más que ver cómo quería y trataba a la pequeña contessina.
Ersilia era más dura, a pesar de no pronunciar palabra. Sabía amedrentarles con solamente su mirada penetrante y el ceño serio de su cara. Muchos no sabían leer, pero ella se hacía acompañar por el factor quien les explicaba sus demandas, leyendo lo escrito en la pizarra. A pesar de su porte altanero, Ersilia era juguetona con los niños, cariñosa y amable con sus madres y con las jóvenes campesinas que la igualaban en edad.

En sus recorridos por los campos solía llevarles dulces, almendras garrapiñadas, galletas taralli anisadas, hechas con harina de trigo amarillo de Altamura.
La chiquillería le corría alrededor, tirándole del vestido y gritando su alegría, aunque ella sólo podía percibir su expectativa viendo sus bocas y sus ojos despalancados. Las campesinas le ofrecían melocotones confitados con licor de hierbas de Taranto, mientras la contessina se interesaba por sus familias, por su salud. Si percibía algún malcontento o le referían cualquier problema, ella lo llevaba a conocimiento del conde quien solícito, ponía remedio a la cuestión.


En la calurosa mañana de estío, mientras repasa las cuentas que el factor le ha traído, Ersilia espera la llegada de su marido el viejo Conde Talarico. Sabe que le traerá regalos, perfumes de ensueño, adornos de concha y plata para el pelo, abanicos orientales. El temblor del suelo batido por los cascos de los caballos le anunciará su llegada, y entonces ella se esconderá bajo la cama o en un armario, sabiendo que la estará llamando a gran voz, para salir de repente ante él, sáltandole a los brazos largos y delgados que a mala pena podrán sujetar su incontenible vitalidad.

Al atardecer Ersilia y el Conde pasean por los campos de vid, ella corre y tira piedras al suelo para sentir el retumbar de la tierra bajo sus pies, él la sigue con lento paso, firmemente apoyado en su bastón. Llegan a la higuera de cuyos poblados ramos, Ersilia recoge negros frutos de rebosante y meloso jugo. Están los dos sentados a la sombra del gran árbol, comiendo higos. El Conde la mira y sonríe mientras acaricia las llamas de su cabello resplandeciente de sol. Ersilia se lame la boca y los dedos pegajosos. Las cigarras cantan con su música invisible. Ambos se pierden en el deleite de sus sentidos.


lunes, 22 de febrero de 2010

Regreso a Naxos

VIII- Xanto


En aquellos días otros clientes se hospedaban en el hotel de Dina: un hombre de negocios suizo, serio y solitario, y una pareja italiana que solía discutir puntualmente en el desayuno y también a veces de noche, en su habitación. Afortunadamente la pareja se marchó a la semana de llegar Eneida.
Monsieur Alain, el suizo, tenía aspecto agradable, delgado y elegante, de unos sesenta años. Eneida no lo veía durante el día ni sabía a dónde iba a comer o a pasear. Se solía cruzar con él al atardecer en el patio donde él se sentaba siempre en el mismo rincón a la sombra, bajo la terraza de asclepias a leer en riguroso silencio un periódico financiero. Entonces sólo intercambiaban un educado saludo en inglés.
Nunca supo si estaba casado, en qué trabajaba. Sabía por Dina que era asiduo frecuentador pues venía con regularidad durante el año y siempre solo.

El segundo amigo de Eneida era Xanto, el dueño del restaurante donde acostumbraba ir a cenar. Xanto era un poco más jóven que ella, no estaba casado y se dedicaba enteramente a su cocina y a la atención que ponía en sus clientes. Se mostró bastante sorprendido y contento al verla de nuevo tras largo tiempo y siguió ofreciéndole el ouzo como antaño. Tenía la piel curtida y un aspecto tónico y robusto.
Eneida lo recordaba algo más jóven pero al verle reconoció facilmente su sonrisa, su voz melodiosa y los gestos amables con los que siempre la había acogido.
Tomó la costumbre de ir a cenar todas las noches y de conversar con él un rato, después que los clientes ya se habían marchado para seguir la noche en los pubs y discotecas cercanos y el restaurante se quedaba vacío y tranquilo, las pocas mesas en la calle a la merced de la húmeda brisa proveniente del puerto.
Él no le preguntó por Carlo y ella no hablaba de él.
Xanto había vivido cuando era muy jóven en diversos lugares, en Italia y en España, desenvolviendo trabajos variados en el campo de la hostelería, pero ahora llevaba casi quince años en Naxos con su pequeño restaurante. Su casa estaba en la planta de arriba del mismo local.
- ¿Cómo es que no tiene mujer? Le preguntó a Dina en una ocasión.
- Se dice que cuando estuvo en Italia la mujer que tenía le dejó, se fue con otro y por eso volvió a la isla. Pero eso son cotilleos, es lo que he oído. Sé que cuando regresó algunos hombres le tomaban el pelo y le miraban con menosprecio. Siempre ha estado solo aquí, pocos amigos y ninguna mujer, al menos a la vista.

Con los días Eneida fue adquiriendo confianza con él. Cada noche esperaba con ilusión la hora de cenar y la pequeña charla que tenían ante un Retsina fresco que ambos tomaban para rematar la velada.
Xanto la ponía al corriente de las novedades de la isla, los chismes sobre unos y sobre otros, los problemas de la pesca. Le aconsejaba algunos lugares para visitar donde ella nunca había estado y le hablaba de molinos y torres venecianas, de rocas que se adentraban en el mar.
Parecía que a él también agradasen esas veladas. Hablaba y comentaba con cordialiad, aunque siempre manteniéndose reservado sobre sus asuntos personales. Trataba a Eneida con respeto, dejando que la confianza se reforzase entre ellos de forma natural. Si ella no hablaba de sí misma, él tampoco lo haría.

Eneida volvía cada vez al hotel reoyendo su voz, imaginando los lugares que le había descrito y las historias que le contaba. Cada día se sentía más atraída por ese lugar, por sus gentes y, tuvo que reconocer, por Xanto. Hablaría con Dina, tenía proyectos, sueños, y quería compartirlos con ella.

A veces por la mañana, mientras Eneida desayunaba, Dina se sentaba con ella para saborear rápidamente un aromático café antes de iniciar las actividades que la tendrían ocupada durante la mayor parte del día.
Aquella mañana, dos semanas después de su llegada, Eneida se abrió con su amiga.
- He venido a quedarme, Dina.

Dina había imaginado que Eneida pensaba transcurrir una temporada en Naxos, para descansar y dejarse atrás todo el sufrimiento que siempre supone el fin de un matrimonio. No le había preguntado por el pasado ni por sus proyectos. La declaración la dejó muy sorprendida pero al mismo tiempo sintió un vuelco de emoción al saber que su amiga tenía realmente la intención de instalarse en la isla.

Ex Libris

Ojeando un libro que encontré en mi biblioteca, una biografía de Alejando Magno, en versión para niños, que me había sido regalada por mi abuela paterna al cumplir los nueve años, encontré con sorpresa en la primera página el sello de mi ex libris.
El sello me había sido regalado por mi padre en esa misma ocasión. Representaba un escudo en estilo cubista que contenía una ce y una eme en cursiva, mayúsculas, entrelazadas.

Al observar el sello, se apoderó de mi el pensamiento, la constatación, de que llegado un momento en nuestra vida, nosotros mismos cargamos con sellos de nuestra anterior pertenencia a algo o a alguien: ex marido, ex fumador, ex amante, ex etc. , y que jamás podremos quitarnos de encima.