lunes, 22 de febrero de 2010

Regreso a Naxos

VIII- Xanto


En aquellos días otros clientes se hospedaban en el hotel de Dina: un hombre de negocios suizo, serio y solitario, y una pareja italiana que solía discutir puntualmente en el desayuno y también a veces de noche, en su habitación. Afortunadamente la pareja se marchó a la semana de llegar Eneida.
Monsieur Alain, el suizo, tenía aspecto agradable, delgado y elegante, de unos sesenta años. Eneida no lo veía durante el día ni sabía a dónde iba a comer o a pasear. Se solía cruzar con él al atardecer en el patio donde él se sentaba siempre en el mismo rincón a la sombra, bajo la terraza de asclepias a leer en riguroso silencio un periódico financiero. Entonces sólo intercambiaban un educado saludo en inglés.
Nunca supo si estaba casado, en qué trabajaba. Sabía por Dina que era asiduo frecuentador pues venía con regularidad durante el año y siempre solo.

El segundo amigo de Eneida era Xanto, el dueño del restaurante donde acostumbraba ir a cenar. Xanto era un poco más jóven que ella, no estaba casado y se dedicaba enteramente a su cocina y a la atención que ponía en sus clientes. Se mostró bastante sorprendido y contento al verla de nuevo tras largo tiempo y siguió ofreciéndole el ouzo como antaño. Tenía la piel curtida y un aspecto tónico y robusto.
Eneida lo recordaba algo más jóven pero al verle reconoció facilmente su sonrisa, su voz melodiosa y los gestos amables con los que siempre la había acogido.
Tomó la costumbre de ir a cenar todas las noches y de conversar con él un rato, después que los clientes ya se habían marchado para seguir la noche en los pubs y discotecas cercanos y el restaurante se quedaba vacío y tranquilo, las pocas mesas en la calle a la merced de la húmeda brisa proveniente del puerto.
Él no le preguntó por Carlo y ella no hablaba de él.
Xanto había vivido cuando era muy jóven en diversos lugares, en Italia y en España, desenvolviendo trabajos variados en el campo de la hostelería, pero ahora llevaba casi quince años en Naxos con su pequeño restaurante. Su casa estaba en la planta de arriba del mismo local.
- ¿Cómo es que no tiene mujer? Le preguntó a Dina en una ocasión.
- Se dice que cuando estuvo en Italia la mujer que tenía le dejó, se fue con otro y por eso volvió a la isla. Pero eso son cotilleos, es lo que he oído. Sé que cuando regresó algunos hombres le tomaban el pelo y le miraban con menosprecio. Siempre ha estado solo aquí, pocos amigos y ninguna mujer, al menos a la vista.

Con los días Eneida fue adquiriendo confianza con él. Cada noche esperaba con ilusión la hora de cenar y la pequeña charla que tenían ante un Retsina fresco que ambos tomaban para rematar la velada.
Xanto la ponía al corriente de las novedades de la isla, los chismes sobre unos y sobre otros, los problemas de la pesca. Le aconsejaba algunos lugares para visitar donde ella nunca había estado y le hablaba de molinos y torres venecianas, de rocas que se adentraban en el mar.
Parecía que a él también agradasen esas veladas. Hablaba y comentaba con cordialiad, aunque siempre manteniéndose reservado sobre sus asuntos personales. Trataba a Eneida con respeto, dejando que la confianza se reforzase entre ellos de forma natural. Si ella no hablaba de sí misma, él tampoco lo haría.

Eneida volvía cada vez al hotel reoyendo su voz, imaginando los lugares que le había descrito y las historias que le contaba. Cada día se sentía más atraída por ese lugar, por sus gentes y, tuvo que reconocer, por Xanto. Hablaría con Dina, tenía proyectos, sueños, y quería compartirlos con ella.

A veces por la mañana, mientras Eneida desayunaba, Dina se sentaba con ella para saborear rápidamente un aromático café antes de iniciar las actividades que la tendrían ocupada durante la mayor parte del día.
Aquella mañana, dos semanas después de su llegada, Eneida se abrió con su amiga.
- He venido a quedarme, Dina.

Dina había imaginado que Eneida pensaba transcurrir una temporada en Naxos, para descansar y dejarse atrás todo el sufrimiento que siempre supone el fin de un matrimonio. No le había preguntado por el pasado ni por sus proyectos. La declaración la dejó muy sorprendida pero al mismo tiempo sintió un vuelco de emoción al saber que su amiga tenía realmente la intención de instalarse en la isla.

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