martes, 11 de mayo de 2010

Regreso a Naxos

X - Muñecas


Sentir el aire fumoso del atardecer sobre la ciudad, perdiéndose entre miles de coches que recorren sin prisa la distancia que los separa de su meta, sacios ya de asfalto.
Regresar a casa mecida por la brisa de la reciente primavera. Los colores ofuscados por el crepúsculo, envueltos en el perfume de las rosas y de la glicina.
Oir los agudos gritos de los mirlos en retirada, el rugido de un coche que pasa por el callejón desierto, en penumbra ya. Las farolas aún apagadas, tal vez olvidadas.

Entrar en casa, sentir la tibieza habitual, los pequeños sonidos familiares. La gata dormida sobre el cojín marroquí. Arriba, las voces cansadas y quedas de las niñas antes de dormir.

- ¡Mamá, cuéntanos de cuando éramos pequeñísimas!

Ella se sienta entre las dos camas mientras las pequeñas cabezas rubias, abandonadas sobre las almohadas, empiezan su habitual balanceo al ritmo del relato que ya han escuchado tantas otras veces.

Alba y Blanca habían nacido juntas antes de tiempo, catapultadas como meteoros en un mundo de fuerzas para ellas desconocidas, de luz cegadora que traspasaba sus finos párpados, incluso a través de la sábana verde que envolvía las urnas incubadoras.

La historia que Eneida cuenta a las pequeñas se aleja bastante de los recuerdos y de las imágenes que ella conserva en su memoria inclemente, de cuerpos martirizados y puños cerrados bajo muecas de dolor, de máquinas que anulan toda medida del tiempo, de piernas y brazos abiertos como mariposas, atravesados por las largas agujas.

Ella les habla en cambio, de cuerpos menudos como muñecas, suaves y perfumados, que tras muchas desventuras al final se salvan, mecidos entre los cálidos brazos de su madre.

Se las había llevado a casa tres meses después de nacer.

Las pequeñas se duermen con el recuerdo de esos brazos que ciñen dos muñecas de ojos y puños cerrados.

La casa queda en silencio. Afuera sólo la brisa, acariciando el jazmín y la glicina, mantiene los sentidos despiertos.

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