lunes, 27 de septiembre de 2010

Historias de perros para gatos II

II- Bella


Dicen que mi historia es triste, pero son ellos, los hombres, los que la sienten así, como cuando se les antoja ser piadosos.Yo sé que todo ocurre con naturalidad, pero en cambio ellos, que son los causantes de sus actos, no han aprendido tan clara y simple cosa.

Hoy me han traído aquí, ya sé, para acabar con mi sufrimiento, y he de decir que esa piedad ocasional hoy se me torna cómoda, pues me hacen un favor, visto a su manera, por qué no. Además, repito, mi historia es triste con lo cual mejor que se concluya como es debido.

Mi nombre hoy es Bella, pero se dice Bela como en italiano, doblando la ele al pronunciar. Ellos dos, mis amos protectores, me sacaron de un contenedor de basura donde me encontraron metida en una bolsa de plástico.
Medio muerta, aún con la poca fuerza que me quedaba para gemir, pensaron que las quemaduras en mi pecho habían sido hechas con cigarrillos. Se equivocaban. No, dijo el veterinario a donde me llevaron solícitos mis salvadores para cerciorarse de mi estado, no, dijo, son quemaduras de mechero.

La mandíbula estaba ligeramente desencajada, tal vez una patada que hoy ya ni recuerdo, pero ésto no me afectó en un principio pues aún podía alimentarme.
Cambió, sin embargo, mi aspecto que parecía amenazador al asomarse mis pequeños colmillos por encima del labio torcido.

Soy fuerte, aunque menuda y de aspecto desnutrido, los huesos frágiles por falta de calcio y exceso de patadas.

Dicen que soy agresiva, un problema para mis pobres amos que además viven en la calle, como yo, a la merced de la gente que pasa. Con mirada compasiva, me dirigen una palabra de cariño, y yo en cambio, en vez de bajar la cabeza y someterme a ese instante de consoladora piedad, muestro aún más mis diminutos colmillos mientras gruño de manera nada amigable.
¡Cómo se quedan desconcertados!
¡Cómo quisieran placar sus culpas con la gratitud sumisa de mi cabeza gacha y mi huidizo rabo escondido bajo la delgadez de mi cuerpo!

Pero no, yo no quiero ese fugaz consuelo, no lo he pedido, como tampoco pedí el maltrato y la tortura.

Ahora ya no me fío. Éstos dos me dan de comer, me han salvado y me cuidan. La verdad es que nadie les cuida a ellos, aunque a menudo alguien les da comida, mujeres del barrio que les ofrecen pocas monedas para un bocadillo, un café con leche, cigarrillos.

Ellas son prácticas y organizadas, nada cuesta bajar un plato de arroz o un pincho de tortilla.
También tienen un detalle para mi, una lata de pâté, una bolsita de pienso. Yo me como lo que hay, como hacen ellos. Sin preguntarme por qué el bulldog del doctor que vive en el portal en cuyo escalón pasamos el día sentados hasta retirarnos a la chabola del puerto donde vivimos, baja con un collar nuevo casi todas las semanas, o el caniche de la tabaquera vuelve una vez al mes, lindo y pinto de la exclusiva peluquería canina del barrio.

No, no me lo pregunto. Como tampoco me pregunto cómo ahora que me tienen a mi, estos dos pobres humanos, despiertan mayor interés por parte de los mismos individuos de su raza a los que un día se les pudo antojar emprenderla a patadas con mi frágil maxilar.

El caso es que con el pasar de los días, las semanas y algún mes, hablando en términos de tiempo humano, la fractura de mi mandíbula ha provocado la caída de algunos dientes y molares y por lo tanto, se me hace siempre más difícil alimentarme.

He perdido el poco peso que tenía y el pelo –antes rubicundo y largo como el de un pekinés imperial- ahora está apelmazado y grisáceo.

Ya sé que soy muy joven, estando siempre a la cuenta del tiempo humano, -y también a la del mío, si se me consiente-, pero el hecho es que estos avatares han traído consecuencias demasiado gravosas para mi estado físico y mi capacidad de supervivencia, lo cual nos lleva aquí, a donde estoy ahora, esperando el alivio final a mi hambre insaciable, gracias al amor, aunque tardío, de dos deshauciados.

En unos momentos entrará el doctor el cual con suave toque de sus cálidos dedos introducirá en mis tercas y hambrientas venas, el dulce alimento de los sueños eternos.
Entonces, todos ellos me verán corriendo sobre la arena húmeda, donde dejaré mis huellas a la orilla de un mar que desde aquí, en los arrabales del puerto, sólo pude oler e imaginar, espumoso e inmenso, como el lugar al que por fin me libran.

jueves, 23 de septiembre de 2010

El arduo camino




La especie humana se relaciona entre sus miembros y con los demás seres vivientes según su grado de sexismo, racismo y especismo. Cuando estos comportamientos afloran a la conciencia moral, se ponen en discusión y se establecen nuevas normas y leyes para acabar con ellos.

En su libro “El origen del hombre” (1871), Darwin habla del “Círculo de la compasión”, o sea, el círculo moral en el que incluimos a los demás, según nuestro grado de aceptación. El círculo se amplía a lo largo del tiempo siguiendo nuestro progreso moral, y aquí es donde surge el problema.

La ampliación, es decir, la aceptación en el interior de nuestro círculo de aquellos que antes eran rechazados y que suele producirse por cambios de actitud social y cultural reforzados por nuevas leyes, desencadena la oposición de quienes hasta ese momento mantenían una posición de privilegio en el interior del círculo.

Siempre habrá detractores, como los hubo contra la abolición de la esclavitud o la revolución feminista, listos a defender sus privilegios atávicos. Estos “reaccionarios” buscarán razones, legales y no contra esa ampliación para justificar la preservación de su ligitimidad a despreciar (mujeres), marginar (otras razas) o maltratar y matar (animales).

Así como la condición de la mujer en una sociedad determina el grado de civilizazión de dicha sociedad, hoy en día, el trato dado a los animales determina nuestro grado de conciencia (progreso) moral.

Si ciertos logros costaron guerras, revoluciones, represiones, ¿Qué y cuánto podemos esperar para que se logre la abolición de prácticas de tortura y muerte?

Las mujeres, en occidente, se encuentran en un radio más amplio que hace cien años. Los toros se encuentran en estos momentos en el mismo radio que los esclavos africanos hace 150 años (incluido el derecho de vida y de muerte sobre ellos y la tortura); el resto de los animales se encuentra en un limbo entre diferentes círculos, según nuestro grado de especismo hacia ellos.

La misma moral que otorga a un grupo de taurinos indignados a arremeter impunemente contra unos pocos pancartistas pacíficos, explica el límite de la compasión en el que nos encontramos hoy en día.

Y eso que ya en 1975, el bioético americano Peter Singer publicó” Animal Liberation”, que se puede considerar el primer libro sobre los derechos de los animales. En él dice: “No deberíamos provocar dolor o causar miedo a ningún animal que no quisiéramos experimentar nosotros mismos.”

Desafortunadamente, no mucho ha cambiado desde que Cicerón protestaba contra los espectáculos de circo con fieras o San Agustín clamaba contra el riesgo frívolo que la corrida representa para “la vida humana”. (Tendría que ver ahora cómo se juegan la vida los motoristas y corredores de Fórmula 1, entre otros).

A pesar de intelectuales y filósofos, desde Eugenio Noel que hace casi un siglo definió las corridas “crímenes de raza”, hasta animalistas y filósofos actuales como Jesús Mosterín que escribe “la tradición no es una justificación ética”, quedan escollos que superar como el del Protocolo Europeo sobre la Protección y el Bienestar de los Animales.

En él hay hay una sección pensada a medida que legitima la realización de las corridas (claramente lejos de cualquier auténtico objetivo de bienestar y protección del toro), que dice así:“respetando al mismo tiempo las disposiciones legales o administrativas y las costumbres de los Estados miembros relativas, en particular, a ritos religiosos, tradiciones culturales y patrimonio regional”. Con esto tristemente cae la afirmación de Mosterín mientras otros aclaman:
“Si no hay toros, no hay fiesta”. ¡Olé!

Para concluir sobre esta abominación cultural que se perpetúa, una reflexión del poeta Manuel Vicent:

“Si se admite que la belleza puede surgir de la sangre derramada, aunque ésta se inflija a un animal, es que uno ya tiene justificado en el corazón todo tipo de violencia”.


M.C.A. Sept. 2010