A.:
La luz acegadora de la habitación penetra por mis finos párpados. Está toda a mi alrededor, me envuelve, se insinúa a través de los poros, dejándome inerme ante su difusión. A veces, una sábana verde pálido que colocan sobre mi urna, disminuye su intensidad glacial. No hay posibilidad de amparo en la oscuridad. La oscuridad te protege, te calienta, te acuna haciéndote sentir ligero, casi etéreo. La luz en cambio, es impietosa. Como el frío, como la inmensa pesadez que me clava a este lecho. La luz me viola sin permitirme escapar de la impotencia, de la rabia.
Soy una piedra iluminada de luz. No puedo mover la cabeza, ni levantar un brazo o una pierna. Me siento agotada por este cansancio invencible que me aplasta, che ahoga mi llanto. Estoy vencida por el dolor de las agujas en mis manos, en la cabeza. Dolor, peso, fatiga, espacio infinito...
Una pequeña sábana enrollada y envuelta en torno a mí, contiene mi dolor, como un abrazo donde poder apoyar mis piernas inertes y rendidas.
Alguien me mira, me roza con dedos tibios, moviéndose con segura rapidez. Me sonríe, gesticulando la boca. Me lava, me alimenta, gira mi delicado cuerpo.
Siguen días sin noche, tiempo sin prisa. Duermo y estoy despierta. Sufro y respiro. Pero sé que cada minuto que paso aquí dentro me conduce hacia la fuga victoriosa, lejos de esta luz.
M.:
Hoy te he visto por primera vez. He venido a verte en tu mundo de vidrio aséptico y luminoso. Ahí dentro, el paso de los aparatos anula cualquier medida del tiempo. Un segundo, un batido; un minuto, mil aňos; una vida, un momento, como un batir de alas. Parecías rendida, ahí yaciendo, abierta de hecho, como una mariposa. Los ojos cerrados, contraídos por el sufrimiento che te desespera. Tenías la boca rígida de rabia. Tu esfuerzo era inhumano.
He intentado tocarte rozando con un dedo tu pequeño puño cerrado pero tú lo has apartado enseguida, de golpe. Todas tus experiencias hasta ahora están hechas de dolor. El esfuerzo que haces por estar en vida es tan doloroso... A partir de hoy he empezado a admirar tu fuerza, tu tenacidad, a amar tu fragilidad.
A tu alrededor una sábana envuelta que llaman nido contiene todo tu universo. El nido aligera la pesadez que te aplasta, te envuelve aliviando tus diminutos miembros. Me sorprende notar cómo una simple tela de algodón enrollada y envuelta alrededor de tu cuerpo, pueda reemplazar el regazo perdido y contener la espantosa e ilimitada falta de abrazo. El nido te lleva también al mundo perdido de la ligereza, cuando flotabas inconsciente.
Quisiera estar en tu lugar y enseňarte que el calor que te envuelve es la vida, que el peso que ahora te aplasta es la fuerza, que los límites alrededor tuyo sirven para contenerte y para dar un sentido a tu cuerpo martirizado; que tú ocupas un espacio lleno de amor. Que respiras por ti sola para vivir. Respiras, respiras.
A.:
He trascurrido aquí toda mi vida hasta ahora. He visto solo la luz perenne, sábanas verdes, caras que se acercan sonriendo a veces. Ya sé reconocer una de ellas. Sé por su sonrisa y por el toque de sus dedos que no me hará daño. Sé que pronto me llevará consigo, lejos de esta luz cegadora, envuelta en la penumbra de sus tibios y suaves brazos donde por fin conoceré el amor.
M.:
Hoy, por primera vez, he podido cogerte en mis brazos y tenerte durante un maravilloso rato en contacto con mi pecho, piel con piel, tú abrazada a mi, como en un marsupio, respirando mi respiración. Duermes y respiras y yo te envuelvo en mi calor. Así vas a aprender que el contacto no está hecho sólo de dolor sino de seguridad, amor y calor. Mis brazos son ahora el regazo que te acoge, el universo que te contiene. Mis brazos son el calor y el espacio donde tu vivirás.
A:
Ayer sentí que estaba entre sus brazos por primera vez. Me pareció como si hubiese nacido en aquel momento: abrí los ojos maravillada, la cara se me iluminó, volví varias veces la cabeza, percibiendo por primera vez la existencia del mundo a mis espaldas. Le sonreí tímidamente. Los colores, la luz y las formas aparecían vestidos de una intensidad diferente. Había nuevo ritmo en las cosas, un nuevo sonido, que no fuera solo ruidos estrídulos y vibración. Miré a mi alrededor sorprendida y desorientada, sintiendo por primera vez el auténtico calor de la vida.
La luz acegadora de la habitación penetra por mis finos párpados. Está toda a mi alrededor, me envuelve, se insinúa a través de los poros, dejándome inerme ante su difusión. A veces, una sábana verde pálido que colocan sobre mi urna, disminuye su intensidad glacial. No hay posibilidad de amparo en la oscuridad. La oscuridad te protege, te calienta, te acuna haciéndote sentir ligero, casi etéreo. La luz en cambio, es impietosa. Como el frío, como la inmensa pesadez que me clava a este lecho. La luz me viola sin permitirme escapar de la impotencia, de la rabia.
Soy una piedra iluminada de luz. No puedo mover la cabeza, ni levantar un brazo o una pierna. Me siento agotada por este cansancio invencible que me aplasta, che ahoga mi llanto. Estoy vencida por el dolor de las agujas en mis manos, en la cabeza. Dolor, peso, fatiga, espacio infinito...
Una pequeña sábana enrollada y envuelta en torno a mí, contiene mi dolor, como un abrazo donde poder apoyar mis piernas inertes y rendidas.
Alguien me mira, me roza con dedos tibios, moviéndose con segura rapidez. Me sonríe, gesticulando la boca. Me lava, me alimenta, gira mi delicado cuerpo.
Siguen días sin noche, tiempo sin prisa. Duermo y estoy despierta. Sufro y respiro. Pero sé que cada minuto que paso aquí dentro me conduce hacia la fuga victoriosa, lejos de esta luz.
M.:
Hoy te he visto por primera vez. He venido a verte en tu mundo de vidrio aséptico y luminoso. Ahí dentro, el paso de los aparatos anula cualquier medida del tiempo. Un segundo, un batido; un minuto, mil aňos; una vida, un momento, como un batir de alas. Parecías rendida, ahí yaciendo, abierta de hecho, como una mariposa. Los ojos cerrados, contraídos por el sufrimiento che te desespera. Tenías la boca rígida de rabia. Tu esfuerzo era inhumano.
He intentado tocarte rozando con un dedo tu pequeño puño cerrado pero tú lo has apartado enseguida, de golpe. Todas tus experiencias hasta ahora están hechas de dolor. El esfuerzo que haces por estar en vida es tan doloroso... A partir de hoy he empezado a admirar tu fuerza, tu tenacidad, a amar tu fragilidad.
A tu alrededor una sábana envuelta que llaman nido contiene todo tu universo. El nido aligera la pesadez que te aplasta, te envuelve aliviando tus diminutos miembros. Me sorprende notar cómo una simple tela de algodón enrollada y envuelta alrededor de tu cuerpo, pueda reemplazar el regazo perdido y contener la espantosa e ilimitada falta de abrazo. El nido te lleva también al mundo perdido de la ligereza, cuando flotabas inconsciente.
Quisiera estar en tu lugar y enseňarte que el calor que te envuelve es la vida, que el peso que ahora te aplasta es la fuerza, que los límites alrededor tuyo sirven para contenerte y para dar un sentido a tu cuerpo martirizado; que tú ocupas un espacio lleno de amor. Que respiras por ti sola para vivir. Respiras, respiras.
A.:
He trascurrido aquí toda mi vida hasta ahora. He visto solo la luz perenne, sábanas verdes, caras que se acercan sonriendo a veces. Ya sé reconocer una de ellas. Sé por su sonrisa y por el toque de sus dedos que no me hará daño. Sé que pronto me llevará consigo, lejos de esta luz cegadora, envuelta en la penumbra de sus tibios y suaves brazos donde por fin conoceré el amor.
M.:
Hoy, por primera vez, he podido cogerte en mis brazos y tenerte durante un maravilloso rato en contacto con mi pecho, piel con piel, tú abrazada a mi, como en un marsupio, respirando mi respiración. Duermes y respiras y yo te envuelvo en mi calor. Así vas a aprender que el contacto no está hecho sólo de dolor sino de seguridad, amor y calor. Mis brazos son ahora el regazo que te acoge, el universo que te contiene. Mis brazos son el calor y el espacio donde tu vivirás.
A:
Ayer sentí que estaba entre sus brazos por primera vez. Me pareció como si hubiese nacido en aquel momento: abrí los ojos maravillada, la cara se me iluminó, volví varias veces la cabeza, percibiendo por primera vez la existencia del mundo a mis espaldas. Le sonreí tímidamente. Los colores, la luz y las formas aparecían vestidos de una intensidad diferente. Había nuevo ritmo en las cosas, un nuevo sonido, que no fuera solo ruidos estrídulos y vibración. Miré a mi alrededor sorprendida y desorientada, sintiendo por primera vez el auténtico calor de la vida.
M.C.A.
2000

Même si je ne fais pas toujours de commentaires, je lis et relis tes récits avec attention et émotion, Elisabeth appelée Elisa par les intimes
ResponderEliminarDe Shaianti pour Elisa:
ResponderEliminarMerci beaucaup, tu es très gentille. C'est mouvant de savoir que d'autres personnes,même lointaines apprecient ton travail. A bientôt!