lunes, 30 de noviembre de 2009

Tapices

El taller de Caterina se llena de luz por las mañanas. Al abrir las cortinas, los rayos bailarines y polvorientos se cuelan raudos para pasearse por los carretes de hilo de colores, los tejidos plegados en los estantes, los tapices acabados que cuelgan de las paredes.
El taller aparece repleto pero ordenado, las mesas dispuestas para mejor aprovechar la luz que entra por el gran ventanal y que alumbra las máquinas de coser, las tablas de planchar, los cables, los ovillos de hilos sueltos, los retales en el suelo, las agujas y alfileres clavados por doquier.

Piero está sentado como de costumbre en la mesa del fondo, la más cercana al ventanal. Pespunta con dedos pálidos y delgados, el pétalo azul de la flor que compone el motivo central de su tapiz, el pulso tembloroso y sobresaltado, la espalda encurvada, el gesto rígido por la concentración. Sin darse cuenta pasa y repasa la lengua entre sus finos y lívidos labios. No levanta nunca la vista de su trabajo. Cuando alguien entra contesta al saludo con un lento y fatigoso b..b..b..buenos días.

Diana plancha los bordillos de la alfombra recién terminada, mientras balancea sinuosamente su enorme trasero. Habla y ríe a gran voz, cuenta historias lujuriosas y al final de la tarea acaba comiéndose una enorme porción de pizza rellena de mortadela. Después, aún con la boca llena, le pregunta a Piero si puede darle un beso en la boca, sin lengua. Piero agita la cabeza nerviosamente, denegando y balbuceando: - N..n..no..noo, gracias.

Carlo y Maria hilan y cosen perlas y piedrecillas alrededor de un elefante en la colcha diseñada por Maria. La colcha ostenta un aspecto exótico y refinado, digna de un lecho nupcial hindú. Carlo conversa con Maria, le cuenta de sus poesias y relatos, de cómo se siente un artista incomprendido en el mundo de los cuerdos. Rechaza con más ahinco que Piero, las insinuaciones de Diana. Maria no habla, está concentrada en su labor que asume con gran seriedad y responsabilidad. La colcha formará parte de una colección más amplia de alfombras y tapices que va a presentarse en la próxima exposición.

Los trabajos suelen exponerse en mercadillos y ferias, algunos son de notable interés. Las señoras compran especialmente los conjuntos para los cuartos de los niños, las cortinas, los cojines, los paños y delantales, todos de vivos colores. Las obras tienen un aura original, un toque infantil y al mismo tiempo artístico y profesional. Son un baile de colores y representaciones, de figuras y materiales conjuntados con armonía y gusto, pieza únicas que exprimen la complejidad y riqueza interior de quienes las han realizado.
En esta ocasión, todos trabajan en la colección “oriental” de María y en las piezas más populares, las que caracterizan el trabajo típico del taller, las alfombrillas para los niños que con su original ensamblaje en patchwork representan cuentos y fábulas, caperucita, la bella durmiente, los tres cerditos.

Con el dinero conseguido Caterina comprará nuevas telas, terciopelos, lana, algodones, brocados, lamés, hilos de oro y plata, botones, perlas, lentejuelas y demás material para seguir teniendo ocupado el talento de sus usuarios.

Ella está siempre sentada al centro, sin dar la espalda a ninguno en particular, ora habla con Maria aconsejándola sobre el color del hilo para las perlitas azules, ora con Diana para que acabe su trabajo y no distraiga a Piero o a Carlo. Su voz es siempre igual, baja y monocorde, el tono gentil, la sonrisa pintada en su rostro tranquilo. Las largas y delgadas piernas reposan estiradas bajo la máquina de coser, el negro pelo recogido para que no estorbe.

Hoy están trabajando con ella sólo los cuatro habituales. A veces también viene Luca. Él no se sienta ni trabaja, no podría si quiera sostener la aguja o tocar las telas. Permanece de pie mirando hacia el ventanal, balanceándose en su lento y eterno taconeo. Se queda ahí un rato, escuchando el pasar de los hilos a través de los tejidos y la voz cálida de Caterina. No habla con nadie ni se acerca a las mesas. Incluso Diana ha dejado desde hace tiempo de incordiarle.

También Marcelino aparece algunas veces, cuando su hermana no puede cuidarle o porque la peluquería está cerrada. Caterina le da retales que él recorta y dibuja con tizas de colores y después regala a Diana y a María. Sonríe y se entusiasma mirando los tapices colgados, los de los cuentos para niños. Siempre le pide a Caterina que le regale uno.

En el taller reina una atmósfera sin prisa, el único compás llevado por el constante repiqueteo de las máquinas de coser y el vaivén de las agujas. La mano que se alza y se lanza con gracia sobre el punto a coser, una tela sacudida para desprender de ella los hilvanes descosidos, el vapor intermitente de la plancha.
Quedan afuera del ventanal los acosos, el estrés, los miedos y temblores que le obligan a uno a encogerse por dentro, como un caracol sapenco, a cerrar los ojos y morderse la lengua.
En el taller cada uno es sí mismo y expresa su sentir y habilidad a través de los colores y las formas de las piezas creadas, como crisálidas que se abren dejando salir a su mariposa. No es necesario hablar o gustar o aparentar felicidad.
Pocos días antes de la inauguración, todos posan, algunos sonrientes y orgullosos ante sus obras, para las fotografías y folletos que reflejarán la dignidad de los rostros, las historias recogidas, hilvanadas y cosidas entre ellas, en este variopinto tapiz de lágrimas, risas y colores que se teje día a día en el taller.

Mireya Cillero Alfaro
Agosto 2009

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