lunes, 30 de noviembre de 2009

Regreso a Naxos


I – Última mirada



En el odio como en el amor, crecemos según como nos alimentamos.
Mary Renault


Metió las pocas joyas que le quedaban en un saquito de seda roja china. Las otras se las había llevado él, a despecho del final de un amor que no deja siquiera los recuerdos más bellos.
Le había dejado las joyas que le habían sido regaladas por su familia en España a lo largo del tiempo: el collar de perlas que su madre le regaló al nacer su primera hija; en aquella ocasión la madre le había donado también la pulsera de la abuela de oro antiguo con destellos rojos en los eslabones como tréboles de su cadena; la pulsera de perlas de tres vueltas, regalo de su padre el cual pensaba que las perlas atraían la mala suerte y entonces conjuró tan mal agüero con un colgante de amatistas brasileñas que, contrariamente a cuanto se crea, favorecen la buena fortuna; pocos e inútiles pendientes que sus ancianas y distraídas tías le habían enviado desde España, sin recordar que ella no llevaba y no llevaría nunca los lóbulos perforados.

Habían desaparecido también los objetos traídos de la India: la polvera de plata en forma de estrella que llevaba grabado el nombre de la esposa Sigh a quien había pertenecido. En ella había conservado pulseras de ágata, jade y malaquita, collares y demás bisutería que no quitaban encanto alguno a los cajoncitos que sus cinco puntas custodiaban. El joyero de madera, cuyos cajones y tapa corredizos contenían los restos, trozos y muñones de joyas rotas en el tiempo, collares partidos, perlas sueltas, piedras olvidadas.

Faltaban así mismo, los zafiros chinos, el lapislazuli egipcio y otros colgantes en forma de animales, propiciatorios de toda felicidad.

Descubrió con sorpresa el aguamarina oval que había quedado olvidada en el fondo del cajón de su mesilla, envuelta en algodón en una pequeña caja de plata y nácar. Estaba ahí desde hacía años, a la espera de ser montada en un anillo diseñado por ella, ahora convertida en ojo frío y cristalino, testigo de antiguas ofensas cuyo perdón se compra con el oro y las piedras.

El saquito yacía en el fondo de su bolsa de ordenador donde dispuso el resto del ligero equipaje: algunos discos compacts escogidos –los cuantiosos libros eran un peso que dejaría junto con la carga del pasado-, poca ropa interior, camisetas y un par de pantalones de verano. Muy pocos objetos personales pues nada más le servía en el lugar a donde iba, para empezar a construir recuerdos y deseos nuevos.
La ropa, las colecciones, los numerosos objetos de madera, de barro, plata y cerámica, el recuerdo de una vida, se quedarían allí junto con la memoria de su pasado que ahora se disolvía, absorbido por las paredes y las cortinas, para escapar después, como un hilo de humo saliendo por las ventanas entreabiertas.

Bajó las escaleras de la gran casa romana con la bolsa al hombro y los zapatos en la mano para no despertar a las paredes dormidas aunque ya inundadas de la primera luz del verano tardío.
La gata dormía profundamente sobre el almohadón marroquí dorado y azul, su preferido, acaracolada en una posición imposible de yoga felino. Le acarició el hocico pero el animal continuó inmóvil en su plácido sueño.

Entró en la cocina. No iba a hacer el café. Dejó que todo quedase ordenado y limpio, cada cosa en su lugar, como lo había dispuesto la noche anterior.
Los primeros rayos encendían los colores de las cerámicas, el blanco inmaculado de los armarios y de la bancada, el acero del fregadero, el arco iris de figuras
que componían los dibujos infantiles tapizando la pared. El rombo fatigado y solitario del viejo frigorífero vibraba en el suelo y a través de los muros, serpenteaba por las escaleras, envolviendo la casa en un zumbido rítmico y soporífero.

Calzó los zapatos en la alfombra de la entrada, se giró para dar una última mirada al salón familiar y salió.
Fuera de la puerta, sobre el felpudo de la terraza, dormía estirado el perro pastor que en un primer momento ni siquiera se levantó. El morro apenas se movió del suelo y ella intentó saltarlo con el pie, rozando ligeramente su suave y tupido pelo. Entonces el animal se despertó del todo y se puso de pie con agilidad sorprendente, brincando y festejando. Ella lo confortó con una caricia y se despidió.

-Pórtate bien, Rocco!

Él se quedó obervándola desde arriba de los escalones que conducían a la calle mientras ella salía y cerraba la verja. El perro miró a su alrededor, a los pájaros que revoloteaban entre los árboles cercanos, y bostezó aburrido por el despertar inesperado, viéndola alejarse con la bolsa al hombro, acompañada solamente por el repiqueteo de los tacones sobre el asfalto desierto.



El avión estaba lleno. Tras haber soportado empujones, codazos y cambios de lugar del equipaje de un compartimento a otro, y tras haber intercambiado débiles excusas apenas murmuradas, Eneida llegó a su asiento, fila central, lado pasillo, como de costumbre.
El pasajero a su lado, un hombre alto y corpulento desbordaba más allá de la delgadísima barrera del brazo del asiento. Eneida también se sentía estrecha en su asiento talla 42.

- Buenos días, perdón, le dijo mientras se instalaba.
- Buenas, perdone usted, le contestó él, intentando dejar un imperceptible espacio entre sus codos, aunque esto no impedía el roce inevitable de los muslos.

Y así habría sido durante más de dos horas de vuelo hasta llegar a Atenas.
Resignada, había sumergido la cabeza en el único libro que llevaba en su reducido equipaje. Afortunadamente, y gracias a su abundante talla y a sus más que evidentes próximos cincuenta, estaba inmunizada y era invisible a las miradas procaces y otras insinuaciones a las cuales los hombres la habían sometido en el pasado. Sabía que su temporánea y forzada intimidad con este desconocido se iba a limitar a una sensación física de incomodidad, debido exclusivamente a la estrechez de la situación.

Para no añadir ulterior familiaridad entre los dos, evitó cualquier conversación, resistiéndose con esfuerzo a su natural impulso a la locuacidad. El motivo de este viaje y las circunstancias que lo envolvían habrían sido fuente de profunda curiosidad para un oído atento e interesado.

Le habría contado todo. Se habría liberado de su enorme carga, que no estaba hecha de ropa o de libros y ya evocaba con el pensamiento, la mirada fija en el ala reluciente del fuselaje, los motivos por los que se encontraba en ese avión, con un billete de sólo ida y una bolsa de ordenador, despojada como el alma que ahora le desnudaba.

Pero Eneida no habló.

Antes de zambullirse en la lectura del pequeño libro que le procuraría un momentáneo olvido, desvió una vez más la mirada hacia el ala tersa, único horizonte ante la minúscula ventanilla: atrás quedaban treinta años, más allá el cielo, el mar y el olvido.

Llegada al aeropuerto de Atenas, abrumado de gentes y equipajes, empalmó facilmente con el siguiente vuelo que la habría llevado a su destino. Se instaló en el pequeño aparato, en un asiento aún más reducido y angosto, aunque pudo aprovechar el breve vuelo a baja altitud para contemplar en el horizonte marino la sucesión, como cuentas de un collar, de las cícladas, hasta su llegada a Naxos, la última y más grande de ellas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario