II - Reencuentro
El bimotor turbohélice se posó con ligereza sobre la estrecha pista del pequeño aeropuerto de Naxos y frenando sin esfuerzo, viró hacia el terminal, apenas una cabaña donde el escaso personal efectuaba los trámites de salida y de llegada a mano y bajo el canto estrídulo de las cigarras. El paisaje alrededor se presentaba poblado de olivares que descendían en filas ordenadas hacia el mar. Un suave repicar de mástiles anunciaba la presencia del cercano puerto isleño.
Pocos minutos antes Eneida había sobrevolado la isla a la que regresaba tras largo tiempo. Había podido divisar sus valles y playas, las montañas, los viñedos y las corrientes de agua. Había obervando el pueblo inmutable, emperchado en la colina, la cala, los barcos, a los pescadores y a los niños que jugaban en el muelle.
Había divisado también la casa de Dina, inconfundible por su terraza cargada de asclepias, echinopsis y otras variedades de cactus, una exuberante colección a la que Dina era apasionada.
Su casa albergaba desde hacía años a ingleses, suizos y alemanes que se refugiaban en la isla durante cortas estancias en cualquier época del año para descansar, soñar u olvidar.
El trayecto hasta el pueblo fue breve, cruzando campos en un destartalado taxi que la dejó delante del hotel.
Además de la terraza, la casa tenía dos plantas: en la planta baja dominaba un amplio salón cómodo y luminoso, decorado con muebles rústicos, donde los huéspedes desayunaban grandes tostadas de pan casero con mermelada de higos, café fuerte y yogurt con miel. En frente de la sala se abría la cocina espaciosa, cargada de utensilios, vajillas y antiguas cerámicas. Los huéspedes podían guardar en su gran nevera zumbante bebidas frescas y leche, quesos, tzatziki y otros manjares lugareños que adquirían en el pueblo a precio exorbitante.
En la planta superior se distribuían la habitación de Dina y las tres habitaciones para los huéspedes, cada una con su pequeño cuarto de baño, ducha y lavabo, decorados con azulejos blancos y azules, algunos de ellos pintados con delfines y tritones. En su sencillez, Dina había convertido su casa en un agradable y acogedor hotel, de ambiente tranquilo, familiar y silencioso, que sólo pocos afortunados conocían y al cual, como Eneida, siempre regresaban.
Dina la recibió con afecto y emoción. Eneida se alojó en la misma habitación que había ocupado en el pasado, adornada con muebles recios y pulidos. Tras unas cortinas de algodón crudo, un pequeño balcón asomaba a la calle alta desde donde se veía el muelle, la gente, el mar. A la izquierda frente al puerto, en equilibrio sobre el islote que aún lo sostenía, el Portal, la portará, único resto del antiguo templo erigido a Apolo.
El Egeo era un espejismo azul y profundo que la atraía y le devolvía antiguas emociones.
- No has cambiado, estás bellísima, le dijo Dina al abrazarla.
- Todo sigue igual aquí, tú también, amiga mía.
Dina era poco mayor que Eneida, viuda y sin hijos. Había sacado adelante su hotel con eficacia y decisión -cualidades que ocultaba detrás de un aspecto frágil y dulce- tras la muerte de su marido Angelos, en un accidente hacía diez años, poco después de la última visita de Eneida y su marido Carlo. En aquella época las dos parejas habían forjado una amistad jovial y familiar. Angelos les había enseñado la isla, los sitios donde comer el mejor pescado, las playas más bellas y tranquilas. Tras su muerte, ellos no habían vuelto allí habiendo estado demasiado ocupados en poner fin a su matrimonio, mientras Dina había volcado su pesar en el hotel. Ahora las dos amigas se reencontraban, solas y más maduras, sin deseo de evocar el pasado y los ausentes, como cuando se gira con decisión la página de un libro que no se va a releer.
Dina no le preguntó hasta cuándo se iba a quedar; por el momento prefirió respetar el silencio de Eneida, pero había visto una intensidad nueva en su mirada y en el calor que le había mostrado al abrazarla, un deseo recóndito de paz, de libertad, de cambio. Había venido sola.
Pocos minutos antes Eneida había sobrevolado la isla a la que regresaba tras largo tiempo. Había podido divisar sus valles y playas, las montañas, los viñedos y las corrientes de agua. Había obervando el pueblo inmutable, emperchado en la colina, la cala, los barcos, a los pescadores y a los niños que jugaban en el muelle.
Había divisado también la casa de Dina, inconfundible por su terraza cargada de asclepias, echinopsis y otras variedades de cactus, una exuberante colección a la que Dina era apasionada.
Su casa albergaba desde hacía años a ingleses, suizos y alemanes que se refugiaban en la isla durante cortas estancias en cualquier época del año para descansar, soñar u olvidar.
El trayecto hasta el pueblo fue breve, cruzando campos en un destartalado taxi que la dejó delante del hotel.
Además de la terraza, la casa tenía dos plantas: en la planta baja dominaba un amplio salón cómodo y luminoso, decorado con muebles rústicos, donde los huéspedes desayunaban grandes tostadas de pan casero con mermelada de higos, café fuerte y yogurt con miel. En frente de la sala se abría la cocina espaciosa, cargada de utensilios, vajillas y antiguas cerámicas. Los huéspedes podían guardar en su gran nevera zumbante bebidas frescas y leche, quesos, tzatziki y otros manjares lugareños que adquirían en el pueblo a precio exorbitante.
En la planta superior se distribuían la habitación de Dina y las tres habitaciones para los huéspedes, cada una con su pequeño cuarto de baño, ducha y lavabo, decorados con azulejos blancos y azules, algunos de ellos pintados con delfines y tritones. En su sencillez, Dina había convertido su casa en un agradable y acogedor hotel, de ambiente tranquilo, familiar y silencioso, que sólo pocos afortunados conocían y al cual, como Eneida, siempre regresaban.
Dina la recibió con afecto y emoción. Eneida se alojó en la misma habitación que había ocupado en el pasado, adornada con muebles recios y pulidos. Tras unas cortinas de algodón crudo, un pequeño balcón asomaba a la calle alta desde donde se veía el muelle, la gente, el mar. A la izquierda frente al puerto, en equilibrio sobre el islote que aún lo sostenía, el Portal, la portará, único resto del antiguo templo erigido a Apolo.
El Egeo era un espejismo azul y profundo que la atraía y le devolvía antiguas emociones.
- No has cambiado, estás bellísima, le dijo Dina al abrazarla.
- Todo sigue igual aquí, tú también, amiga mía.
Dina era poco mayor que Eneida, viuda y sin hijos. Había sacado adelante su hotel con eficacia y decisión -cualidades que ocultaba detrás de un aspecto frágil y dulce- tras la muerte de su marido Angelos, en un accidente hacía diez años, poco después de la última visita de Eneida y su marido Carlo. En aquella época las dos parejas habían forjado una amistad jovial y familiar. Angelos les había enseñado la isla, los sitios donde comer el mejor pescado, las playas más bellas y tranquilas. Tras su muerte, ellos no habían vuelto allí habiendo estado demasiado ocupados en poner fin a su matrimonio, mientras Dina había volcado su pesar en el hotel. Ahora las dos amigas se reencontraban, solas y más maduras, sin deseo de evocar el pasado y los ausentes, como cuando se gira con decisión la página de un libro que no se va a releer.
Dina no le preguntó hasta cuándo se iba a quedar; por el momento prefirió respetar el silencio de Eneida, pero había visto una intensidad nueva en su mirada y en el calor que le había mostrado al abrazarla, un deseo recóndito de paz, de libertad, de cambio. Había venido sola.

No hay comentarios:
Publicar un comentario