lunes, 30 de noviembre de 2009

La Voz Prestada



Los dos hombres avanzaban con paso lento y fatigado por la empinada calle. La ciudad eterna se extendía sobre sus siete colinas entre arduos declives y extenuantes subidas que para la gente anciana y otros ciudadanos más desventajados, resultaban difíciles de recorrer. En los meses estivos, los trayectos más sencillos, como ir a comprar al mercado o acercarse al banco o a la oficina de correos se emprendían con paciencia y si era posible, temprano por la mañana, cuando los cuerpos entumecidos, aún se beneficiaban del reposo nocturno.
Habían alcanzado la cima de la calle. Con fuerte resuello, las bocas entreabiertas, giraron a la derecha por una ancha avenida que afortunadamente se encontraba en zona llana y sombrosa.
Beppo, el más anciano y achacoso soltó el hombro de su amigo Enzo al cual había estado sujetándose durante la penosa subida. Ahora caminaban con paso más firme y tranquilo bajo los frescos platanares de la avenida, la agitada respiración tornándose un breve y cadencioso silbido.

Tras recorrer la larga avenida llegaron por fin a su destino, el Banco di Santo Spirito. En su interior, el amplio y antiguo atrio les refrescó las carnes con sus mármoles rosados y sus columnas de travertino. Se sentaron unos minutos en el fresco vestíbulo para amansar los pulmones mientras recuperaban fuerzas.

A Beppo le temblaban las piernas por la fatiga y la agitación. Enzo aparecía más tranquilo y confiado. Seis años más joven que Beppo, a sus setenta y cuatro mantenía buena parte de su fuerza y de su salud de antaño. Acostumbraba todavía a hacer largos paseos por las mañanas y seguía ocupándose de su pequeño huerto en el chalet de la playa en Ostia. Iba a menudo con su esposa Elisa a conciertos y a teatro, eventos que él amaba enormemente y a los que ella participaba por amor y resignación, para no quedarse detrás de su activo e infatigable marido.

No obstante, este día Enzo había podido constatar los efectos agotadores de la cuesta que acababan de recorrer, no sólo sobre el pobre Beppo sino también sobre sí mismo. Pero Beppo confiaba plenamente en él así que no le mostró su cansancio ni su asombro.

Beppo había pedido a su amigo que le acompañase esa mañana al banco para sostenerle en la caminata y sobre todo para que le prestase la voz. Desde que se había operado hacía un año y le habían estirpado las cuerdas vocales, Beppo se había quedado encerrado en el forzado silencio de su maltrecha y muda vejez.

Hacía casi un mes Beppo recibió una carta del Banco en la que se le pedía que se presentara para aclarar una situación embarazosa: tras la muerte de su mujer Amalia hacía ya tres años y no obstante los trámites hechos entonces por Beppo para suspender su pensión, la entidad pública había continuado suministrando dicha pensión en la cuenta de Beppo, la que siempre mantuvo en el Banco di Santo Spirito junto con su esposa desde que se casaran. El Banco había recibido una solicitud por parte de dicha entidad para devolver la totalidad de la cantidad erróneamente acreditada. Ahora Beppo tenía la palabra. Lo cual era un decir.

Se dirigieron hacia el despacho del director, habiendo informado al empleado de turno que les había preguntado, sobre la carta recibida.

- Buenos días Director, saludó Enzo al entrar en el abarrotado despacho.
- Buenos días, respondió distraídamente sin otorgar la más mínima deferencia a los dos ancianos señores que casi le doblaban en edad. Entonces reconoció a Beppo, quien le tendía la mano en ese momento, y preguntó a Enzo:
- Perdone, ¿usted es?
- Soy Enzo Taviani, amigo de Beppo Giusti.
- Si, pero no entiendo su presencia, es un asunto delicado y tengo que hablarlo en privado con el señor Giuseppe Giusti.
- Lo siento Director, pero mi amigo Beppo me ha pedido que sea su voz y que le diga de su parte cuáles son sus intenciones.
- Esto es muy insólito, Señor Giusti, dijo el Director dirigiéndose al tembloroso y pálido Beppo. Yo a este señor amigo suyo no le conozco de nada y aquí tenemos que hablar cuestiones privadas, no puedo hablar con él. ¿Cúal es el problema? ¿Se ha quedado usted mudo o sordo?
- Disculpe Director, tal vez no he sido claro, intervino Enzo. Yo soy la voz de Beppo, él está presente pero yo soy su voz, así que tendrá que hablar conmigo.
Enzo no estaba dispuesto a dar más explicaciones.

Tras largo debate sobre la legitimidad o no de la voz y quién habría hablado, el Director, más bien por cansancio, consintió escuchar a Enzo. La cuestión del dinero acreditado por error en la cuenta de Beppo era muy sencilla: el dinero se habría quedado ahí. El Banco no podía bajo ningún concepto disponer de él y devolverlo sin el consentimiento de Beppo, es más, en virtud de la larga relación que existía con su cliente, el Banco invertiría la cantidad en cuestión, si fuese posible con fecha anterior a la de la carta...
Por algún motivo, Enzo, no sólo había tomado el control de la conversación, sino que el Director se mostró de acuerdo en todo. Se discutieron detalles sobre los tipos de inversión, plazos y vencimientos y al final, Beppo, cansado pero sonriente, firmó los papeles.
Al levantarse, el anciano se despidió dándole la mano al Director, mientras que de su garganta excavada salió ronco y gutural, por el foro de su tráquea bajo el níveo pañuelo de seda que lo ocultaba, el único sonido que hubiese producido hasta ese momento: - Gracias.

El Director comprendió entonces el problema que afectaba a Beppo y entre golpecillos en la espalda y confusas palabras de disculpa y de ánimos, y un aquí estamos a su disposición, se despidió de él.

Los dos ancianos salieron a la calle donde el calor era mayor y más sofocante. Sin embargo, extrañamente, una ligereza les invadía, como la inconsciente alegría que se siente cuando en juventud cometemos alguna travesura. Ahora el camino hacia casa sería mucho más fácil, como cuando de niños corrían sin freno cuesta abajo.

Mireya Cillero Alfaro
2009

1 comentario:

  1. La luna en el corazon

    Si liberas la luna que está en ti escondida,
    Alumbrará el cielo y la tierra,
    Y su luz alejará a las sombras del universo.
    Si tu entiendes esta simple cosa,
    Entonces lo entenderás todo.
    (pensamiento Zen)

    ResponderEliminar