IV - Ruinas
Eran los últimos días de agosto, y aunque la mayoría de los turistas ya empezaba a marcharse de la isla, las calles seguían activas y ruidosas tanto de día como de noche. Sólo la luz del sol había cambiado, tornándose más fría y límpida, de modo que al atardecer resaltaban las sombras proyectadas sobre las paredes encaladas de las casas y el azúl cobalto de las puertas y ventanas.
El rojo de los ibiscos, el amarillo de las solandras, el púrpura de las buganvilias se mostraban más fuertes e intensos ante este sol de verano tardío que aún bronceaba la piel y entibiaba los sentidos.
Tenues residuos de jazmín y de lavanda se mezclaban con el aire húmedo y cálido del atardecer.
Eneida no iba a la playa ni seguía los recorridos establecidos para los turistas y demás visitantes. Solía sí, pasear a veces temprano o al atardecer por la orilla, cuando las familias se encaminaban hacia los hoteles, apartamentos y estudios, cargadas con colchonetas, sombrillas, flotadores y demás ajuares playeros.
Le gustaba mezclarse entre la gente, merodeando por las calles del pueblo. A mediodía almorzaba en el hotel, a veces en compañía de Dina, una ensalada de tomates y feta. Pasaba horas leyendo en la terraza libros usados en inglés, francés e italiano, que otros clientes habían ido dejando.
Por la noche le gustaba ir a cenar al restaurante de Xanto donde comía musaka o lubinas bebiendo un Santorini seco y bien frío, saboreando después el ouzo de gusto anisado y retrogusto de coriandro que Xanto le ofrecía con sonrisa cómplice pues a algún otro cliente se lo cobraría.
En los días siguientes a su inicial encierro, Eneida recorrió la isla sola, en autobus o en el coche que Dina le prestaba. Fue a Anguida a visitar el antiguo santuario, se desplazó por la carretera llena de curvas que lleva hasta Moutsuna, en la parte oriental de la isla, desde donde podía divisar las pequeñas cícladas al fondo y escuchar el dialecto incomprensible de los pescadores que entre bromas y silbidos a las pocas turistas alemanas e italianas, acababan a golpes con la vida de los enormes pulpos recién traídos.
También fue a la fortaleza veneciana de Sangri y se desplazó hasta Filoti, en el interior de la isla, donde pasó el día subiendo y bajando cuestas. Visitó Kastraki y Alikós y otras playas y localidades a lo largo del litoral donde había estado con Carlo, entonces completamente solos, parecía ahora en otra vida. Fue a Apólonas al norte, donde yace la gigantesca estatua de Apolo, tanta historia reunida en pocos centenares de kilómetros cuadrados donde ahora vivían gentes alegres, sencillas y acogedoras que en tiempos recientes habían empezado a conocer cierta prosperidad gracias al turismo proveniente del continente.
Eneida había vuelto entre ellos con el afán de un desterrado que regresa a su patria, henchida de nostalgia y de cariño hacia ese lugar.
Nada la ataba de donde venía, nadie la esperaba. A sus casi cincuenta años y un cuerpo que había cedido a las inclemencias del metabolismo y de la maternidad, Eneida conservava sin embargo un aspecto dinámico y juvenil y aquí aún despertaba intereses y ojeadas por parte del público masculino.
El rojo de los ibiscos, el amarillo de las solandras, el púrpura de las buganvilias se mostraban más fuertes e intensos ante este sol de verano tardío que aún bronceaba la piel y entibiaba los sentidos.
Tenues residuos de jazmín y de lavanda se mezclaban con el aire húmedo y cálido del atardecer.
Eneida no iba a la playa ni seguía los recorridos establecidos para los turistas y demás visitantes. Solía sí, pasear a veces temprano o al atardecer por la orilla, cuando las familias se encaminaban hacia los hoteles, apartamentos y estudios, cargadas con colchonetas, sombrillas, flotadores y demás ajuares playeros.
Le gustaba mezclarse entre la gente, merodeando por las calles del pueblo. A mediodía almorzaba en el hotel, a veces en compañía de Dina, una ensalada de tomates y feta. Pasaba horas leyendo en la terraza libros usados en inglés, francés e italiano, que otros clientes habían ido dejando.
Por la noche le gustaba ir a cenar al restaurante de Xanto donde comía musaka o lubinas bebiendo un Santorini seco y bien frío, saboreando después el ouzo de gusto anisado y retrogusto de coriandro que Xanto le ofrecía con sonrisa cómplice pues a algún otro cliente se lo cobraría.
En los días siguientes a su inicial encierro, Eneida recorrió la isla sola, en autobus o en el coche que Dina le prestaba. Fue a Anguida a visitar el antiguo santuario, se desplazó por la carretera llena de curvas que lleva hasta Moutsuna, en la parte oriental de la isla, desde donde podía divisar las pequeñas cícladas al fondo y escuchar el dialecto incomprensible de los pescadores que entre bromas y silbidos a las pocas turistas alemanas e italianas, acababan a golpes con la vida de los enormes pulpos recién traídos.
También fue a la fortaleza veneciana de Sangri y se desplazó hasta Filoti, en el interior de la isla, donde pasó el día subiendo y bajando cuestas. Visitó Kastraki y Alikós y otras playas y localidades a lo largo del litoral donde había estado con Carlo, entonces completamente solos, parecía ahora en otra vida. Fue a Apólonas al norte, donde yace la gigantesca estatua de Apolo, tanta historia reunida en pocos centenares de kilómetros cuadrados donde ahora vivían gentes alegres, sencillas y acogedoras que en tiempos recientes habían empezado a conocer cierta prosperidad gracias al turismo proveniente del continente.
Eneida había vuelto entre ellos con el afán de un desterrado que regresa a su patria, henchida de nostalgia y de cariño hacia ese lugar.
Nada la ataba de donde venía, nadie la esperaba. A sus casi cincuenta años y un cuerpo que había cedido a las inclemencias del metabolismo y de la maternidad, Eneida conservava sin embargo un aspecto dinámico y juvenil y aquí aún despertaba intereses y ojeadas por parte del público masculino.

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