III - Despertar
Durante los primeros días Eneida permaneció en el hotel. Ese tiempo transcurrido en soledad era necesario para dejarse atrás el vacío y el dolor que había significado el fin de su vida con Carlo en Roma.
Por la mañana temprano, oía el ruido de la pequeña ciudad que despertaba, de las primeras persianas que se levantaban, de una motocicleta que pasaba a gran carrera. El pueblo era ruidoso y la gente acostumbraba a gritar de parte a parte de la calle, para saludarse, para ofrecerse el primer café.
En la intimidad de su habitación miraba a su alrededor intentando reconstruir con el pensamiento las impresiones y emociones de los últimos tiempos hasta su arribo al puerto seguro donde ahora se encontraba.
Recordaba con aprensión el momento exacto, dos años antes, el que había significado el principio del fin.
Carlo se lavaba los dientes y ella se había acercardo por detrás para abrazarle y apoyar la cara sobre su espalda. Él se puso rígido.
-¿Qué te pasa?
-Déjame en paz, ya hemos hablado y no quiero discutir.
Lo miró desconcertada, sintiendo el miedo que la envolvía, sabiendo que si continuaba iba a terminar mal, pero no pudo dejar de hablar, no podía parar, tenía la necesidad masoquista de sacarle de su escondite, de que le dijera todo, lo indecible, las palabras que tal vez por piedad, él no había aún pronunciado.
-¡Entonces no has entendido nada!
-¿Entendido qué?
- Todo lo que te dije ayer noche en la cocina, creía que lo habías entendido.
Ella lo había entendido demasiado bien, aunque él no había pronunciado la palabra “dejo”, y se había limitado a utilizar varios sinónimos.
-¿Me vas a dejar? Se atrevió por fín ella a preguntar.
Él la miró con una pizca de miedo, tal vez sorprendido por su valor.
-Si, dijo liberándose de un peso.
- ¿Quieres decir que ya no me quieres?, insistió ella con cabezonería.
- Si.
- ¿Que lo nuestro ha terminado?
-Si.
Entonces lo había entendido, de pie, apoyada contra la puerta del baño para no derrumbarse.
Carlo delante de ella, estudiaba su reacción.
- Entiendo, dijo Eneida con un hilo de voz. Entiendo, y había salido del baño corriendo.
Antes, aquella misma mañana o más bien de madrugada, ella había despertado bruscamente de un sueño.
Qué extraño había sido soñar que era jóven y despertarse de repente con casi cincuenta años.
El tiempo. Todo se contenía en ese reloj de cocina al que Eneida miraba atónita, mientras, a las tres de la madrugada, intentaba placar sus demonios tras la discusión con Carlo, ante una taza humeante de manzanilla.
Sus manos se aferraban a ella para parar el mundo que giraba vertiginosamente en aquel momento. Parar. Parar el tiempo. Los segundos transcurrían llevándosele el aliento.
Qué bello había sido dormir y soñar, hasta que como un resorte de reloj, se le habían abierto los ojos de golpe. Había soñado que era jóven, cuando los amores colegiales te encendían las mejillas hasta no poder respirar.
Qué extraño había sido despertar, el sueño y el recuerdo esfumados, y volver al peso de la obscuridad sobre su cuerpo supino.
El cuerpo inmóvil de Carlo a su lado, abandonado sobre un costado, dándole la espalda, la cabeza reclinada reposando sin almohada, la respiración profunda y ritmada.
Por un momento, al despertar, no había reparado en su presencia pues creía estar aún en la cama estrecha de su juventud, un pie tendido hacia la pared, el otro doblado bajo la pierna, la mano sobre el vientre. En cambio, al ir retomando consciencia había sentido la amplitud del lecho que albergaba también el cuerpo quieto y lejano de él.
En otro tiempo le habría rozado el costado y él suavemente se habría girado hacia ella para envolver con el brazo libre su estrecha cintura.
Ahora su cuerpo yacía cerca pero distante y Eneida sabía que al tocarlo habría seguido así.
Por eso se había levantado a fatiga, abrumada por el brusco despertar, los huesos y músculos aún rígidos, las palabras no dichas entre ellos pocas horas antes, zumbando en la cabeza.
En la cocina había dejado que la manzanilla fluyese por su garganta, y lavase suavemente el agrio sabor de la añoranza y del devenir, en tanto que el reloj la acunaba con su cantilena inexorable.
Por la mañana temprano, oía el ruido de la pequeña ciudad que despertaba, de las primeras persianas que se levantaban, de una motocicleta que pasaba a gran carrera. El pueblo era ruidoso y la gente acostumbraba a gritar de parte a parte de la calle, para saludarse, para ofrecerse el primer café.
En la intimidad de su habitación miraba a su alrededor intentando reconstruir con el pensamiento las impresiones y emociones de los últimos tiempos hasta su arribo al puerto seguro donde ahora se encontraba.
Recordaba con aprensión el momento exacto, dos años antes, el que había significado el principio del fin.
Carlo se lavaba los dientes y ella se había acercardo por detrás para abrazarle y apoyar la cara sobre su espalda. Él se puso rígido.
-¿Qué te pasa?
-Déjame en paz, ya hemos hablado y no quiero discutir.
Lo miró desconcertada, sintiendo el miedo que la envolvía, sabiendo que si continuaba iba a terminar mal, pero no pudo dejar de hablar, no podía parar, tenía la necesidad masoquista de sacarle de su escondite, de que le dijera todo, lo indecible, las palabras que tal vez por piedad, él no había aún pronunciado.
-¡Entonces no has entendido nada!
-¿Entendido qué?
- Todo lo que te dije ayer noche en la cocina, creía que lo habías entendido.
Ella lo había entendido demasiado bien, aunque él no había pronunciado la palabra “dejo”, y se había limitado a utilizar varios sinónimos.
-¿Me vas a dejar? Se atrevió por fín ella a preguntar.
Él la miró con una pizca de miedo, tal vez sorprendido por su valor.
-Si, dijo liberándose de un peso.
- ¿Quieres decir que ya no me quieres?, insistió ella con cabezonería.
- Si.
- ¿Que lo nuestro ha terminado?
-Si.
Entonces lo había entendido, de pie, apoyada contra la puerta del baño para no derrumbarse.
Carlo delante de ella, estudiaba su reacción.
- Entiendo, dijo Eneida con un hilo de voz. Entiendo, y había salido del baño corriendo.
Antes, aquella misma mañana o más bien de madrugada, ella había despertado bruscamente de un sueño.
Qué extraño había sido soñar que era jóven y despertarse de repente con casi cincuenta años.
El tiempo. Todo se contenía en ese reloj de cocina al que Eneida miraba atónita, mientras, a las tres de la madrugada, intentaba placar sus demonios tras la discusión con Carlo, ante una taza humeante de manzanilla.
Sus manos se aferraban a ella para parar el mundo que giraba vertiginosamente en aquel momento. Parar. Parar el tiempo. Los segundos transcurrían llevándosele el aliento.
Qué bello había sido dormir y soñar, hasta que como un resorte de reloj, se le habían abierto los ojos de golpe. Había soñado que era jóven, cuando los amores colegiales te encendían las mejillas hasta no poder respirar.
Qué extraño había sido despertar, el sueño y el recuerdo esfumados, y volver al peso de la obscuridad sobre su cuerpo supino.
El cuerpo inmóvil de Carlo a su lado, abandonado sobre un costado, dándole la espalda, la cabeza reclinada reposando sin almohada, la respiración profunda y ritmada.
Por un momento, al despertar, no había reparado en su presencia pues creía estar aún en la cama estrecha de su juventud, un pie tendido hacia la pared, el otro doblado bajo la pierna, la mano sobre el vientre. En cambio, al ir retomando consciencia había sentido la amplitud del lecho que albergaba también el cuerpo quieto y lejano de él.
En otro tiempo le habría rozado el costado y él suavemente se habría girado hacia ella para envolver con el brazo libre su estrecha cintura.
Ahora su cuerpo yacía cerca pero distante y Eneida sabía que al tocarlo habría seguido así.
Por eso se había levantado a fatiga, abrumada por el brusco despertar, los huesos y músculos aún rígidos, las palabras no dichas entre ellos pocas horas antes, zumbando en la cabeza.
En la cocina había dejado que la manzanilla fluyese por su garganta, y lavase suavemente el agrio sabor de la añoranza y del devenir, en tanto que el reloj la acunaba con su cantilena inexorable.

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