lunes, 30 de noviembre de 2009

Rescate en el aguazal

Se vistieron con viejas prendas teniendo buen cuidado de cubrirse los brazos para protegerlos de las nubes de mosquitos que al amanecer ya empezaban a pulular por los alrededores del río.
Aunque en aquél momento del año, tras varios meses de sequía, el cauce del Tíber estaba en su nivel más bajo, sus aguas corrían amplias, oscuras y turbulentas, y sus fangosas orillas anidaban a grandes y pequeños roedores, así como sierpes y culebras. Calzaron pues altos chanclos de goma para mejor cruzar el aguazal en el que se encontraba la cabaña y para evitar también que las babosas y otros insectos se trepasen por sus pantorrillas.
Metieron en una caja de cartón guantes de jardinería, tenazas, alicates y otros aperos que puediesen tornarse útiles. Se pusieron gorras con visera para ocultar el rostro y el cabello.
Salieron en silencio y se dirigieron hacia el río que quedaba detrás de la casa, a través del camino de tierra cubierto por el alto cañaveral y demás maleza que crecía salvaje y libremente a sus costados. La cabaña se encontraba a pocos metros del río, a espaldas de otro edificio al final de la calle. El camino más cómodo y corto habría sido recorrer la calle hasta el fondo, rodear el edificio de ladrillos rojizos y encaminarse por el estrecho atajo que llevaba hacia la cabaña. Sin embargo, por la calle, a pesar de la hora temprana, habrían podido ser vistas y no obstante el atuendo, reconocidas.
Floriana, la mayor de las dos mujeres y la que había organizado la salida, conocía bien el camino del cañaveral po el que solía dar largos y solitarios paseos con sus perros, todos los días del año, con lluvia, frío o calor, de día o de noche o como ahora, al amanecer. Floriana era una mujer segura y enérgica, habituada a las inclemencias de la naturaleza y de la vida.
Silvia, más jóven y tímida aunque más robusta, nunca había pasado por ese camino hostíl. Seguía a su amiga cargando con la caja y sintiéndose agitada por el temor a ser descubiertas. Floriana le había pedido que la acompañase ese día. Silvia sentía admiración y respeto por su amiga que sabía cómo actuar y era coherente y decidida en sus convicciones.
El sol asomaba ya por detrás de los cerros y prometía, como siempre ocurre a principios de agosto, un día de calor bochornoso. Las dos amigas caminaban a paso ligero para cubrir cuanto antes la distancia inhóspita que separaba su casa de la cabaña. Tras haber recorrido pocos metros empezaron a oir los lamentos, seguidos y monótonos. Apresuraron el paso, con el corazón encogido. Los lloros no llegaban a ser gritos, sólo sollozos, como débiles aullidos atrapados en una garganta ronca y seca.
Llegadas a la cabaña, los lamentos se atenuaron volviéndose intermitentes.
Empezaron a cortar con los pequeños alicates la gruesa cadena cerrada por un candado viejo y oxidado. La tarea les llevó más tiempo de lo previsto y resultó ser muy difícil. Después de largos minutos de inútil forcejeo, hiriéndose con las hojalatas y planchas onduladas, habían infligido sólo algunas muescas y cortes en los duros eslabones.
Había que apresurarse porque los gemidos se oían siempre más débiles. El calor empezaba a apretar y las planchas a recalentarse.
Mientras Floriana insistía con la cadena, Silvia dió un rodeo a la cabaña. Observando las planchas que formaban las destartaladas paredes, vió en el lado que daba al río, donde el terreno era más fangoso, una esquina sujeta sólo con un trozo de alambre. Rápidamente entre las dos cortaron el hilo de hierro y arrancaron parte del panel, y aunque agachadas, pudieron entrar en su fétido interior.
En un rincón, temblorosos, sucios, al extremo de su fuerza, entre excrementos, hambrientos y deshidratados, dos perros cachorros las miraban sorprendidos y temerosos. Tenían el cuerpo cubierto de diminutas arañas rojas y los ojos infestados. Las mujeres cogieron a los cachorros, sacudiéndolos para despegarles del pelo las arañas que caían como polvo y los metieron en la caja.
Salieron corriendo. Con la doble sensación de haber robado y al mismo tiempo de haber salvado a los animales, se metieron en el coche de Floriana y se llevaron a los perros al refugio canino que se encontraba en la otra parte de la ciudad.
En el pasado, Floriana que vivía enteramente dedicada a la causa, había entregado al refugio a numerosos perros encontrados abandonados, perdidos, heridos o maltratados. La semana anterior había llevado allí junto con Silvia a un gato malherido que habían recogido en una cuneta.
Ahora tenía en Silvia a una valerosa y fiel aliada.

Mireya Cillero Alfaro
1999

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