Luca llega como todos los miércoles a su clase de informática. La profesora le espera ya sentada frente al ordenador. Él se detiene en el umbral de la puerta, los largos brazos inertes y abandonados, su cabeza casi tocando el techo, su enorme y pesado cuerpo resoplando.
Ella lo saluda, lo invita a entrar y a sentarse. Luca da un paso y se queda titubeante, mirando la silla. Después de algunos segundos, la aparta con dos dedos, le gira a torno y finalmente se sienta sin quitarse si quiera la chaqueta.
Tras algunas preguntas de la profesora sobre cómo ha transcurrido la semana y otras cuestiones triviales a las que Luca contesta de manera lacónica y evasiva, y seguidas de un largo e inerte silencio, Luca, después de numerosos intentos por asir el ratón, con su mano suspendida a pocos centímetros sobre él, lo ase por fin y empieza a trabajar.
Sigue paso a paso las instrucciones de la profesora a la que escucha atentamente, siempre incierto y lento en la ejecución. De nuevo se bloquea algunos instantes cuando debe posar el dedo sobre el teclado, sólo y siempre el mismo dedo.
De vez en cuando recuerda que sus pies se apoyan sobre el suelo y entonces los levanta sobre las puntas, separándolos a turno de la superficie, como bailando, para que queden el menor tiempo posible en contacto con el pavimento.
Lo mismo ocurre con la mano que maneja el ratón, la cual a intervalos se aparta de golpe, como si éste hubiese empezado a arder y entonces la mano se eleva, queda suspendida en el aire y luego, tras interminables segundos de esfuerzo para superar el rictus, se vuelve a posar lentamente sobre el aparato.
Sigue paso a paso las instrucciones de la profesora a la que escucha atentamente, siempre incierto y lento en la ejecución. De nuevo se bloquea algunos instantes cuando debe posar el dedo sobre el teclado, sólo y siempre el mismo dedo.
De vez en cuando recuerda que sus pies se apoyan sobre el suelo y entonces los levanta sobre las puntas, separándolos a turno de la superficie, como bailando, para que queden el menor tiempo posible en contacto con el pavimento.
Lo mismo ocurre con la mano que maneja el ratón, la cual a intervalos se aparta de golpe, como si éste hubiese empezado a arder y entonces la mano se eleva, queda suspendida en el aire y luego, tras interminables segundos de esfuerzo para superar el rictus, se vuelve a posar lentamente sobre el aparato.
La profesora lo exorta a proseguir la tarea, con voz gentíl pero firme:
- Venga, Luca, estás haciendo un buen trabajo. Continúa así.
- Venga, Luca, estás haciendo un buen trabajo. Continúa así.
Él observa a la profesora por si ésta cruza las piernas mostrando la obscena suela de los zapatos, por si estornuda o escupe saliva cuando le habla. Sigue con recelo el movimento de sus manos y de su cuerpo por si éstos pudiesen acercarse, tocarle, contaminarle.
Ella está muy atenta a no desencadenar sus miedos. Se queda sentada inmóvil durante dos horas, resistiendo al impulso de cruzarse de piernas, de tocarse el pelo o rascarse. Habla siempre con tono monocorde, entreabriendo apenas los labios, para que ni una gota de saliva pueda salpicarle a él.
Luca procede así todos los miércoles, fatigosamente, durante dos horas de lección, desde hace seis años.
Luca procede así todos los miércoles, fatigosamente, durante dos horas de lección, desde hace seis años.
Desde que quedó prisionero del horror que siente a entrar en contacto con un mundo sucio y amenazador. Su vida se rige, paradójica, entre el deseo de hacer y el terror a contaminarse. No puede ni siquiera tocarse a sí mismo, lavarse.
La lección ha concluido. Luca se levanta y espera mirando cómo la profesora apaga con un dedo todos los interruptores. Sale del aula para que ella cierre asiendo con su mano la manilla de la puerta, un gesto que él observa siempre con estupor y repugnancia, exalando pesadamente el aire una vez exonerado da tan disgustosa tarea.
Se despide de ella, y se encamina con valientes y rumorosas zancadas, hacia la calle sucia y polvorienta que lo acecha.

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