viernes, 11 de junio de 2010

Memento I

Ahora, cuando cada mañana te levantas, mucho antes de cuando quisieras, vas al cuarto de baño que se encuetra por un anacrónico capricho del constructor al final del largo pasillo, el cual recorres con paso sigiloso sobre las alfombras porque no quieres que tu vecino solterón, cutre, escuálido y pajero sepa cuándo te levantas, cuándo meas, cuándo vives, el destello de luz, ese rayo, esa párticula luminosa que durante unos segundos cruza las paredes de azulejos rosa descolorado estilo años sesenta, a velocidad sideral, para después desaparecer tras el espejo en el que reflejas tu cara ojerosa de pelo alborotado por el mal dormir, más bien por el dormir inquieto, ya no te sorprendes ni te asustas, porque sabes que es él, o lo que ahora es o queda de él, tu padre, que como todas las mañanas desde hace quince años te viene a saludar, manifestando su presencia en un vuelo de piruetas caóticas, que por unos instantes percibes con el rabillo del ojo hasta su pronta desaparición, y punto.


Ahora, digo, te lavas, no, primero meas, después te lavas te secas y te vistes. Ya ninguno de ellos te aconseja, te ruega, te exhorta, te exige que no te pongas ese pantalón vaquero blanco con los girasoles estampados porque te marcan demasiado el culo, que entonces era perfecto, sostenido por una ley única e irrepetible de equilibrio y proporción áurea, como un templo griego que suscitaba las miradas procaces de tus compañeros de trabajo los cuales remoloneaban el paso para quedarse tras de ti a la vuelta de la pausa para el café.

Tampoco te cortas, tiñes, estiras y peinas el pelo como te lo han pedido siempre todos y cada uno de ellos, maridos, amantes, amigos, amigos sentimentales, amigos con derecho a roce, o sin, pero que se lo otorgan igual, ex maridos, ex amantes, ex roces, más rojo, más largo, no más corto, mejor rubio, mejor recogido, mejor largo, mejor lo llevo como me da la gana.
Y lo mismo con los tacones, y las faldas, más cortas, más largas, me gusta más el blanco, ponte sujetador con encaje, no te pongas nada, más gorda, más flaca, así es como me gustas, más pecho, menos, cómo te quiero, de qué manera, qué sentido tiene complacer, haber complacido, dejar de ser tú misma, porque ni siquiera ellos saben lo que quieren, cómo te quieren, si es que te quieren, o quieren a tu falda, o a tus bragas, me gustan negras, de encaje, de lycra, blancas, no mejor tanga, póntelo, quítatelo, cómo me pones chatorra.


Te han enseñado a esconderte, a no resaltar, a no herir sus magras competencias, sus pueriles inseguridades, a alimentar y satisfacer sus frágiles egos edípicos, con tu sonrisa y tu amabilidad, aprendiendo a cocinar casi como mi madre, a saber estar, a hablar o más bien callar, que es mejor, hasta que no te pregunten, a haber estudiado, cuatro, no, cinco idiomas, equitación, música, rudimentos de medicina para curarles cuando se ponen a morir por una gripe o por una cistitis, historia, literatura, contabilidad, informática, psicología, da igual lo que sea, porque tú estás ahí, preciosa, como un florero, pero viviendo de tu trabajo, dijo la jueza, y menos mal, así no estoy vendida, mantenida, y que te queda la casa de la abuela, antigua, céntrica, por reformar.


Dejas el baño. Las ojeras se agazapan bajo el maquillaje y el pelo agradece la sacudida del cepillo, suave, de mórbidas y auténticas cerdas, el que fue de tu abuela y que encontraste en un cajón del rosáceo cuarto de baño, de armazón de madera recubierto de plata con sus iniciales grabadas en la empuñadura. Terminas de peinarte delante de su retrato, el enorme cuadro que cuelga ahora en el salón, mientras ella te mira desde lo alto, con ojos tristes y esa sonrisa apenas esbozada pero algo condescendiente y que ya has aprendido a reconocer pues ahora sabes de dónde viene ese hoyuelo que siempre se te forma en la mejilla cuando tú también mal disimulas la sonrisa.


Otra vez cruzas el pasillo deslizándote con paso más ligero sobre las alfombras. Un último vistazo en el espejo de la entrada, grande y ampuloso, de pan de oro, que te devuelve una imagen de mujer casi cincuentona pero bien llevados, ya descarada y ostentosamente sobrepeso, estoy como estoy y me gusto así, el pelo largo, larguísimo, porque así lo quiero y teñido, eso sí, porque tampoco es necesario rendirse tan facilmente ante la evidencia del tiempo.
Del vecino ni un suspiro. Una última mirada a este nuevo hogar reencontrado, donde ahora vives sola, o mejor con tu pequeño compañero, el más fiel de todos los que has tenido, digamos el único, como buen ejemplo que es de su propia raza canina.


Sales para encontrarte con el día que comienza, como siempre ha sido y siempre será, las sandalias nuevas, las uñas de los pies lacadas, porque ahora me ha dado por ahí.


Al abrir la puerta, ¡adiós!, el vecino. Justo en ese momento él sale también para ir a trabajar, el cigarro humeante en la mano, en la otra la basura, también humeante, el pelo apelmazado al craneo, no sabes si por gel o por unto, que te saluda mientras con la mirada desde las gruesas lentes te examina como un escaner más allá de la ropa, de la piel, de los huesos. Exhala un hálito rancio, mezcla de tabaco barato, café con leche y estomatitis. Este es el primer hombre en tu vida hoy, el último que quisieras ver.

Sales al mundo con el regusto de una arcada, pero aún capaz de oler la mañana, la brisa levantina que tal vez traerá lluvia a la tarde, de oir el fresco chirrío de las golondrinas.

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