Los olores de la calle se van fundiendo con familiaridad en las aletas de tu nariz. También encuentras familiares las caras de la gente, la mayoría mujeres que como tú, esperan en la parada el autobus que llega con puntualidad helvética, el conductor te devuelve el saludo, añadiendo casi un atisbo de sonrisa, aunque hoy no se demora en el escote porque no lo llevas, pues has optado por la camiseta nueva amarilla con grandes liliums rosa estampados, y dále con las flores, sin embargo su pupila queda suspendida unas décimas de segundo más de lo debido o lo que es recomendable para su labor, sobre la prominencia de tu pecho, esa zona de tu cuerpo que aún suscita la atención de la mayor parte de la población masculina y no, lupus in fabula.
Entonces te acuerdas del viejo chiste de Jack, que tenía tres novias a las cuales dio un dinero para ver lo que hacían con él y así decidir con cúal de las tres se casaba, la primera le compró regalos, la segunda se lo gastó todo para ella y la tercera lo invirtió, dobló la suma y se la devolvió, entonces Jack, tras difícil reflexión escogió, adivina con quién se casa, con la que tenía las tetas más grandes.
Tu ex no te eligió por las tetas, para eso ya tenía sus propios cotos de caza, te eligió porque representabas el florero más hermoso, exótico e interesante entre los floreros que podía exhibir ante los de su casta. Menos mal que Tolo siempre estuvo allí para ti, para ayudarte a recomponer los pétalos ajados, aún te preguntas por qué no te casaste con él, con tu cuñado amable y lisiado, cómo se puede llamar a un niño afecto de nanismo y cojo, Bartolo.
Tolo te entregó su amistad, él nunca te dejó sola. Pobre Tolo, le convenciste a someterse a las limas y cuchillos de los cirujanos que le habrían ayudado a mejor soportar los indecibles dolores de sus huesos deformados, a recuperar el paso firme, como el de los reyes.
Él te contaba de cuando era pequeño y su aya mejicana lo llevaba a todas partes en brazos adelantándose a las preguntas de los curiosos con su “el rey no puede caminar”. Tolo te entregó su vida y las llaves de su casa, cuando aterrizabas en su isla, para protegerte de ti misma, para llorar y reir, saboreando el mejor té al jazmín que nadie te supo ofrecer y el aroma de la canela que se insinuaba en su cocina a través de una vieja caja de galletas siempre presente sobre la mesa.
Tolo es como el silencio, hace que no te sientas sola. Como el jazmín.
El autobus te reconduce a tu camino diario. La primavera es exuberante en flores y color. El río, ahora un cauce de jardines y sendas promete relajantes paseos a la sombra de su atardecer. El autobus se va vaciando, ya casi has llegado a tu destino. Cuando bajas, el conductor mira por el espejo retrovisor, no para apreciar tu culo, sino para comprobar tu salida, por seguridad, antes de cerrar la puerta con golpe firme y seco. Mañana más.
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