Has vivido en esta casa el tiempo suficiente como para haber asumido que los destellos matutinos en el baño son una exclusiva de tu padre, no obstante Vincenzo, el pintor milanés que contrataste para la restauración y pintura de las paredes, altos techos, puertas y ventanas cuyo barniz remonta al tiempo de tus bisabuelos, tras entrar en la primera habitación y empezar a pintarla del color marfil elegido por ti, dijo que la casa “signora mia, è piena di fantasmi” y se marchó para no volver, dejando el dormitorio sin acabar, salpicado sólo con un par de brochazos al azar.
Todo el barrio yace sobre varios estratos de necrópolis romanas, judías y árabes, y por si no bastase, entre estas paredes expiraron tus bisabuelos paternos, tu abuela Dolores así como tu tío abuelo Fermín a quien todos llamaban Min por las cajas chinas que pintaba, toda una parentela cuya etérea presencia abrumó al pobre Vincenzo.
Afortunadamente el joven Li, hijo de Li, el chino de la tienda donde siempre acabas comprando a cualquier hora a pesar de sus largas uñas de mago Fumanchú, vino a pintar el resto de la casa, eso sí, limpio y silencioso como un siamés, y aún te supo arreglar dos enchufes quemados y colgar el gran espejo isabelino de la entrada y el retrato de la abuela en el comedor. Li hijo no mostró incordio alguno ante la presencia quimérica de tanta población. Su padre te preguntó después si habías quedado contenta pero también te sugirió que colocases palitos de incienso y recipientes con agua y pétalos frescos en los “aposentos de tus ancestlos”.
Te consultaste con el retrato de la abuela Dolores, ella que había vivido entre rosarios, oraciones, misas y ay dios míos, para preguntarle si el sándalo y las flores de loto podrían serle de alivio y beneficiosos para el resto de la compañía.
La mirada de la abuela es cambiante, como la luna. Te recuerda la pintura óptica de Leonardo o de Velázquez, en particular el pequeño autoretrato de este último, el cual, te pongas donde te pongas y lo mires como lo mires, sus pupilas te siguen, clavándose fijamente en las tuyas.
La abuela, desde su retrato, hace lo mismo y además cambia la expresión de esa mirada, de triste a compasiva, de cansada a sonriente. Cuando le preguntaste sobre el incienso se mostró triste y cansada, la mano languideciendo sobre la amplia falda de raso verde, el pálido codo suavemente apoyado sobre la mesa pintada a su lado.
Ahora, en varias habitaciones de la casa has colocado boles de cristal llenos de agua en los que flotan los pétalos de las rosas –el loto es un lujo demasiado exótico- que compras a los pakistanís por las calles del barrio, como si tuvieses un enamorado que te las regalara, y que luego deshaces en una lluvia de color.
El incienso no, porque os molesta a ti y a la abuela con su humo denso y cargado de perfume oriental que penetra en las aletas de tu nariz y en las tramas de los lienzos, provocándote estornudos en cadena que podrían despertar hasta a la madre de Pepito.
Con las flores y el agua será suficiente para apaciguar a los futuros electricistas, fontaneros o carpinteros, mientras dedicas un gesto por la paz y en memoria de la abuela, el tío Min y de todos los demás. Amén.
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