viernes, 30 de julio de 2010

Memento III

El trabajo es una bendición, no te deja pensar o acordarte. Las horas pasan demasiado de prisa, no como cuando recorres innumerables veces el dichoso pasillo alfombrado acomodando objetos, mudándolos de lugar porque hoy quieres probar a ver si colocando los cuadros en otro sitio, consigues alterar la apariencia física de esta monotonía.


Y no hablemos de las fotografías, no te explicas cómo las más antiguas se mantienen nítidas como el primer día, no te queda más remedio que mirarlas todas antes de volverlas a guardar en sus cajas, esa niña de erguida inmovilidad delante del espejo, cómo se puede llevar semejante lazo en la cabeza, pobrecita la abuela. Las fotografías son tan antiguas que ni siquiera tienes recuerdos para ellas. Las menos antiguas, esas no las miras, sic transit gloria mundi.


Entre foto y foto escuchas a la madre de tu vecino que llama, como si estuviese al fondo de un túnel, pepitooo, pepitooo. Él entra y sale, no sabes por qué entra y sale tantas veces, montones de veces a lo largo del día, esperemos que no me lo cruce, ni que tuviese perro como tú que tener que sacar, pepitooo, sigue la mujer, se ve que ha salido, vuelve siempre con pequeñas bolsitas de compra, cuarto y medio de jamón cocido, queso blanco sin sal para mamá que es hipertensa. La llamada al hijo pródigo te distrae de la fatigosa empresa de recuperar memorias y olvidar otras. Cómo se puede llamar a un hombre Pepito, o Bartolo.


Terminado el trabajo, de camino a casa, paras en el bar de tus amigos maricones, ellos si que saben agogerte, qué guapa que estás, no estás gorda más bien exuberante, cómo me gusta tu pelo. Ahora bebes cervezas sin culpa y dedicas un tiempo sin apremio a ti misma y a la conversación con estos inocuos amigos que te aconsejan cremas y masajes, que te regalan sonrisas y aprecio sin interés. Parece que lo que nunca hiciste o pensaste ahora forma parte de tu cotidiana costumbre, tú misma reencontrándote, como la primera imagen de la mañana en el espejo. Has superado el exámen, has pasado la prueba que la vida te trabó, has dejado incontables piedras en el camino, ya no te agachas ni vuelves la cabeza hacia atrás.


De camino a casa recuerdas a Antonio, tu compañero de trabajo y amigo que siempre se jactaba de lo bien que lo hacía, con la mujer en casa y la amante en el camino, el aperitivo en la calle y la comida en casa, decía. Pobre Antonio, aquel día no volvió a casa y sí que se quedó en el camino, en casa de Laura, su compañera y amante, encogido como un caracol, una noche de verano,tendido desnudo delante de la nevera, in ictiu oculi.


Sigue siendo difícil aceptar el dolor, cómo han podido carecer de una mínima sensibilidad para no ser recordados como el más emérito de los cabrones, mientras agarrada al respirador y encogida por los puntos de sutura, intentabas volar con tu cabeza hiper ventilada por las paredes de la sala de intensivos tras dar a luz, una, dos, tres veces, tu cuerpo siempre más ensanchado, abierto, rajado, desgarrado y recosido, a ver si pierdes esos kilitos, que te has puesto como un huevo de pascua, mientras, por qué no vamos a cenar al italiano ese.


La clave es el humor, decía tu padre, si eres gorda, ser gorda feliz, si estás sola cantar a tu soledad. Llegará el día en que dejes por fin los cuadros en su sitio y pises las alfombras con pie firme, las paredes retumbando, que se enteren todos.

El baño se queda así por ahora, ya te has acostumbrado al pálido reflejo de sus baldosas color rosa mosqueta.
Llenarás la casa de flores, ramos frescos en floreros que irás colocando sobre los muebles, porque las flores están ahí para ti, y ya no eres una de ellas. Memento mori.

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