El Doctor llega al Centro a media mañana. Como de costumbre, saluda a gran voz a todo aquél que encuentra a su paso, acompañando su saludo con un amplio gesto de la mano mientras que con la otra sujeta firmemente su bolsa de médico.
Por un instante se asoma a la recepción donde dos operadoras le devuelven mecánicamente el saludo.
El Doctor procede a grandes pasos por el pasillo, cuando se cruza con Marcelino:
- ¡Hola Marcelino! ¿Cómo va? En cinco minutos empezamos la reunión. ¡Sé puntual!.
Marcelino queda como hechizado por la mirada penetrante del Doctor cuyos ojos azul claro se le antojan un glaciar en avanzada deslizándose sobre su pequeño cuerpo. Le devuelve el saludo con la vista baja y se aleja trotando.
El Doctor se dirige ahora hacia la sala de informática, entreabre la puerta y asoma el espeso mostacho, saludando con voz seria y perentoria:
- Buenos días Luca, a ver si hoy participas con nosotros. Te espero, será muy interesante.
Luca devuelve el saludo y mira desconcertado a la profesora. La interrupción lo deja durante algunos minutos anclado a sus miedos y tras un breve momento de reflexión, traga saliva y reinicia con gran dificultad el tentativo de asir el ratón.
El Doctor llega a la última puerta del pasillo, la del taller de tapicería. Saluda a todos los presentes con entusiasmo:
- ¡Buenos días a todos, queridos! En cinco minutos empezamos. Hoy os quiero a todos puntuales y partícipes.
- Buenos días Sergio, le contesta Caterina con su voz sedosa. No te prometo nada, ya veremos quién acude.
Carlo y María se miran, sacuden los hombros abandonando su tarea de cosido tras percibir el gesto afirmativo de Caterina y se encaminan hacia la sala de lectura donde tendrá lugar la reunión.
Piero ni siquiera levanta la vista de su tapiz. Diana saluda al Doctor:
- Hola Doctor. ¡Qué guapo eres!
Una vez en la sala, Sergio preside sentado al centro del sofá. Los demás se acomodan en las butacas para la lectura que ahora están dispuestas en semicírculo a su alrededor. En un rincón queda el televisor apagado.
Sergio tiene una palabra para cada uno de ellos. Les pregunta interesándose por su estado, otorga un gesto de camaradería, una sonrisa.
Carlo y María apenas contestan. Diana se queda ensimismada mirándole la entrepierna.
Marcelino entabla con él una breve conversación sobre el partido del domingo. Se intercambian bromas y comentarios. Al poco rato, los demás aprovechan para levantarse y con vagos pretextos abandonan la sala para volver a sus actividades.
Sergio se despide apresuradamente de Marcelino. Va hacia la cocina donde pide un café a Clelia, la cual con mano temblorosa y los ojos extraviados, se lo vierte en una taza de vidrio color ámbar, la preferida de Sergio.
Después, Sergio vuelve a asir su bolsa y se dirige de nuevo a la recepción, tras haber saludado sonoramente a todo el mundo desde el pasillo.
Se despide por fin de las operadoras y al salir cierra rumorosamente la puerta.
- No le trago, dice Laura, la operadora jefa.
- Parece simpático, comenta Vera, la nueva.
- Qué va a ser simpático! Ese es un paciente más! A ti también te ha engañado!
Por un instante se asoma a la recepción donde dos operadoras le devuelven mecánicamente el saludo.
El Doctor procede a grandes pasos por el pasillo, cuando se cruza con Marcelino:
- ¡Hola Marcelino! ¿Cómo va? En cinco minutos empezamos la reunión. ¡Sé puntual!.
Marcelino queda como hechizado por la mirada penetrante del Doctor cuyos ojos azul claro se le antojan un glaciar en avanzada deslizándose sobre su pequeño cuerpo. Le devuelve el saludo con la vista baja y se aleja trotando.
El Doctor se dirige ahora hacia la sala de informática, entreabre la puerta y asoma el espeso mostacho, saludando con voz seria y perentoria:
- Buenos días Luca, a ver si hoy participas con nosotros. Te espero, será muy interesante.
Luca devuelve el saludo y mira desconcertado a la profesora. La interrupción lo deja durante algunos minutos anclado a sus miedos y tras un breve momento de reflexión, traga saliva y reinicia con gran dificultad el tentativo de asir el ratón.
El Doctor llega a la última puerta del pasillo, la del taller de tapicería. Saluda a todos los presentes con entusiasmo:
- ¡Buenos días a todos, queridos! En cinco minutos empezamos. Hoy os quiero a todos puntuales y partícipes.
- Buenos días Sergio, le contesta Caterina con su voz sedosa. No te prometo nada, ya veremos quién acude.
Carlo y María se miran, sacuden los hombros abandonando su tarea de cosido tras percibir el gesto afirmativo de Caterina y se encaminan hacia la sala de lectura donde tendrá lugar la reunión.
Piero ni siquiera levanta la vista de su tapiz. Diana saluda al Doctor:
- Hola Doctor. ¡Qué guapo eres!
Una vez en la sala, Sergio preside sentado al centro del sofá. Los demás se acomodan en las butacas para la lectura que ahora están dispuestas en semicírculo a su alrededor. En un rincón queda el televisor apagado.
Sergio tiene una palabra para cada uno de ellos. Les pregunta interesándose por su estado, otorga un gesto de camaradería, una sonrisa.
Carlo y María apenas contestan. Diana se queda ensimismada mirándole la entrepierna.
Marcelino entabla con él una breve conversación sobre el partido del domingo. Se intercambian bromas y comentarios. Al poco rato, los demás aprovechan para levantarse y con vagos pretextos abandonan la sala para volver a sus actividades.
Sergio se despide apresuradamente de Marcelino. Va hacia la cocina donde pide un café a Clelia, la cual con mano temblorosa y los ojos extraviados, se lo vierte en una taza de vidrio color ámbar, la preferida de Sergio.
Después, Sergio vuelve a asir su bolsa y se dirige de nuevo a la recepción, tras haber saludado sonoramente a todo el mundo desde el pasillo.
Se despide por fin de las operadoras y al salir cierra rumorosamente la puerta.
- No le trago, dice Laura, la operadora jefa.
- Parece simpático, comenta Vera, la nueva.
- Qué va a ser simpático! Ese es un paciente más! A ti también te ha engañado!

No hay comentarios:
Publicar un comentario