lunes, 30 de noviembre de 2009

Feli cumpleaños, Marcelino

Marcelino transcurre sus días en la peluquería de su hermana Ana. Desenvuelve tareas rutinarias y sencillas en un ambiente que conoce como su propia casa: limpia los cepillos, barre el suelo, lleva las revistas a las señoras. También ordena los rulos y bigudís en los cajones y dobla las toallas por colores.

Algunos días se pone una de las batas y se queda sentado largo rato en silencio, con los ojos cerrados, o bien, pasea sin cesar por el local. En esas ocasiones está taciturno y malhumorado, tal vez le duele la cabeza.

Generalmente es locuaz y amable, las señoras lo conocen y le tratan con cariño, pues él tiene siempre una palabra, un gesto para cada una, incluso alguna vez se ha atrevido a regalar un dibujo a una en especial.
- Éste es para ti.
- ¿Para mi? Pregunta la señora obsequiada. ¿Y que es?
- Es tu retrato, señora.
- Muy bonito, gracias Marcelino.

La señora observa divertida el retrato de una niña vestida de rosa con rulos en la cabeza, en medio de un prado verde y un cielo azul coronado por un sol amarillo.

Marcelino no tiene malicia. Su rostro está siempre enmarcado por una dulce sonrisa, por una alegre mirada de ojos almendrados y risueños. Cuando escucha las conversaciones de las clientas se queda ensimismado, un hilillo de baba resbalándole por la barbilla.

Su pasión es el fútbol. Conoce todos los equipos, los nombres de los jugadores y está al día de los partidos, los goles. Opina sobre cómo han jugado el domingo, por qué unos han perdido y otros han ganado. En la peluquería él es el experto en este tema, las mujeres le escuchan y aprecian sus opiniones de entendido. Es tal su lealtad, que además de los pantalones bermudas que siempre viste dejando descubiertas sus cortas piernas imberbes, nunca deja de ponerse la camiseta de su equipo preferido.

Todos los años, el día de su cumpleaños, se repite el mismo ritual. Ya unos días antes de la fecha Marecelino se dirige, una a una, a todas las clientas para invitarlas a su fiesta:
- Estás invitada a mi fiesta el jueves. Me harías muy feliz si vinieras. Habrá pastelitos y pizzas.

La señora acepta, como todas las otras. Alguna le llevará un detalle, un llaverito o algo similar, objetos relacionados con el fútbol, con su equipo favorito. Podría ser incluso una camiseta nueva.

Para la ocasión, Ana prepara una mesa en el fondo del local, cocina pequeñas pizzas con queso mozzarella, tomate y orégano que a Marcelino gustan mucho, una torta mimosa, su preferida, profiteroles de chocolate y nata.

El día del cumpleaños, Marcelino atiende impaciente a la entrada de la peluquería, controla la llegada de las señoras, nota si falta ésta o la otra, se pregunta si se retrasa, si no va a venir. No le perdonaría a ninguna que no viniese, por lo menos no le dirigiría la palabra en una semana.
Está exultante. Ha esperado todo el año y para la ocasión viste unas bermudas rojas y una camiseta roja y amarilla, la de su equipo; las zapatillas de deporte son nuevas, regalo de Ana.

Mientras su hermana preparaba el refresco, ya se ha comido sin que nadie le viese, tres profiteroles, de chocolate, que le gustan más. Lleva la marca delatadora en la sombra del bigotillo.

Por fin llega el momento de soplar las velas. Su hermana apaga las luces, en el salón de peluquería reina la expectativa. Marcelino se prepara, abriendo con desmesura los ojos, encogiendo los labios por donde soltará el aire que ahora aspira rumorosamente.
Aparece Ana con la torta, las señoras cantan cumpleaños feliz, cumpleaños feliz... Marcelino aplaude con vigor mientras su hermana posa la enorme tarta delante de él.
Entonces Marcelino, con toda la fuerza que sus pequeños y asmáticos pulmones le permiten, sopla y apaga de un solo golpe las 56 velas de su tarta.

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