lunes, 30 de noviembre de 2009

Noche de Ferragosto



I

Antonio se levantó bruscamente. Hacía calor en la habitación y necesitaba más aire. Paola yacía a su lado, de espaldas, el largo cabello rubio abandonado sobre la almohada. Dormía un sueño profundo y sin sueños, como al que nos solemos entregar después del sexo. Ni siquiera la oía respirar. Recorriendo con la mirada su espalda desnuda y bronceada, revelada por la tenue luz de las farolas, le sobrevino el recuerdo del placer intenso con el que momentos antes habían cabalgado juntos.
Le ardían la garganta y el pecho en esa noche de ferragosto
[1], cuando en Roma el aire se torna llamarada, y las paredes de los edificios en las estrechas calles del centro devuelven como un horno abierto todo el calor acumulado durante el día. Aquella noche, en casa de Paola, el calor era una amenaza, un enemigo que le cerraba la garganta y le oprimía el pecho sin tregua.
Desnudo, con el miembro aún obstinadamente erecto, Antonio se acercó a la ventana en busca de una brisa, de un alivio que aplacara ese alacrán que le mordía el pecho a traición, sin aviso y sin razón alguna. La calle silenciosa recibió su necesidad de aliento con un abrazo ardiente y asfixiante del cual se apartó rapídamente.

Pensó en despertar a Paola. Quería contarle todo sobre el peso que lo doblaba. Paola era mucho más jóven, poco mayor que su propia hija y en aquel momento Antonio pensaba que la juventud era omnipotente y eterna y que con su fuerza le habría liberado del dolor que lo atenazaba.
¡Qué bella era y cómo le seguía gustando después de un año de relación! Además de compartir el trabajo y los continuos viajes al extranjero, Paola le había atraído desde el principio. Le habían fascinado su independencia y seguridad, aún siendo cálida y femenina. Extrañamente, desde que salían juntos, él había dejado de ir en busca de otras mujeres. Ya no sentía interés por ellas como antes, cuando su ánimo narcisista, y a pesar de su matrimonio con Lidia, le había llevado a la conquista incesante del otro sexo.
Ahora, con cincuenta y cinco años y el aspecto aún tónico y juvenil, Antonio se había convertido en el amante fiel de su jóven compañera de trabajo.

Lidia, su mujer, lo imaginaba volando o a punto de salir para ir a encontrar al enésimo cliente en el enésimo país o ciudad o emirato donde él solía ir. El día y la hora del vuelo eran conceptos vagos y elásticos, con los cuales se podía jugar facilmente al tratarse de distintos lugares, horarios y calendarios de trabajo. Esto permitía a Antonio pasar mucho tiempo con Paola, allá donde se encontrasen, o en la misma Roma, como esa noche.
Lidia había sufrido por los deslices de Antonio en el pasado, pero le quería. Él la trataba con cariño, siempre le traía un detalle a la vuelta de sus viajes, y con el tiempo se había vuelto más cauto y discreto en sus amoríos. Lidia yacía aquella noche sola en su cama, poco lejana de allí, en el barrio de

Trastevere al otro lado del Tiber donde habían vivido siempre, y en su desvelo pensaba si en Dubai haría el mismo calor que en Roma.

Antonio pensó en ella, la madre de sus dos hijos, la compañera de su vida hasta hoy. La imaginó sola en la cama que habían compartido durante casi treinta años. La echó de menos. Echó de menos su paciencia, su buen carácter, cómo le habría atendido y consolado en aquel momento.
Sabía que la había hecho sufrir, pero tal y como había aprendido desde niño en su lejana Sicilia, a la esposa se la respeta porque es la madre de tus hijos, y la amante debe encontrarse siempre en el camino hacia casa; “el aperitivo en la calle y la comida en casa”, se solía decir.
El recuerdo de Lidia le provocó un dolor nuevo en el pecho, como una aguja que se clavaba en el esternón. No obstante el calor y el sudor que lo empapaba, y tener la garganta seca y agarrotada por la gran sed, empezó a sentir frío.
Se fue hacia la cocina. Las piernas flaqueaban, vencidas. Cruzando el vestíbulo tropezó con las dos maletas que estaban ya preparadas. Fue dejando huellas de sus manos húmedas y frías sobre las paredes del pasillo que atravesaba sumido en la oscuridad, mientras se iba acercando al agua fresca que bajaría por su garganta procurándole el alivio que tanto ansiaba. Frente al frigorifico, una nueva punzada le dobló, hacíendole caer de rodillas, en una absurda postura de plegaria ante el electrodoméstico que zumbía. Intentó alcanzar con la mano temblorosa la manilla de la puerta que de repente parecía elevada y distante.

Quiso llamar a Paola para que abriese ella la puerta y cogiese la jarra y se la arrojase entera en la cabeza, en la boca reseca, en el pecho ardiente y dolorido y al mismo tiempo lo abrazase con su cálido cuerpo, con sus pechos, con su pelo, para quitarle este frío que lo paralizaba. No le salió la voz. Sabía que ella dormía plácida y serena, como duermen los niños agotados, sin preocupaciones, sin culpabilidades.
Esa noche la había llevado a extremos inusitados de placer, gracias a las pastillas azules que él y sus compañeros compraban a bajo precio en sus viajes a Riad, Oman o Dubai, y que traían, vendían o regalaban, y que él siempre tomaba cuando pasaba la noche con ella.
El dolor se había extendido al brazo izquierdo, perdió el equilibrio y se dejó caer a un lado, sobre el suelo de azulejos blancos. Estaban tibios por el calor del cercano frigorífico y esto alivió momentáneamente el helor de sus brazos y el sudor frío en la sien. Ni siquiera notó le dureza del pavimento. Se imaginó acostado junto a Paola, ¿o era Lidia?, la cabeza sobre la almohada y la mano reposando sobre su cadera. Comprendió y cerró los ojos. Se quedó quieto y entregado pocos segundos más hasta que todo cesó. Sólo su pene se mantuvo duro y firme, desafiando a la muerte ineluctable.


II

Paola se despertó sobresaltada al oír el ruido en la cocina. Vió que eran las dos de la madrugada en el despertador digital de su mesilla y se quedó escuchando. Moviéndose con pereza constató que Antonio no estaba a su lado y lo llamó. ¿Se habría levantado para ir al baño, a la cocina? No hubo respuesta. Fue medio dormida en busca de agua y de él, para llevarlo consigo a la cama y volver a anidarse en sus brazos.
Antonio era el amante perfecto para ella. Sin compromiso, llevaban adelante la relación con fluidez, sin tener que pasar por los escollos con los que en la convivencia inevitablemente uno se termina tropezando. Él era jovial y divertido, maduro, excelente en su trabajo y en la cama. Había aprendido mucho de él en ambos ámbitos. Le tenía cariño y simpatía y le respetaba enormemente a nivel profesional, dada su edad y experiencia.

Desde el pasillo lo vió, en el suelo frente al frigorifico, en posición fetal, como dormido. Pensó que había ido allí en busca de frescor, huyendo del calor sofocante del dormitorio. Cuando lo sacudió suavemente con la mano comprendió que algo grave ocurría, y en ese momento se le volcó el corazón y las entrañas se le encogieron. Le sacudió con más fuerza para que despertase de ese sueño absurdo e incómodo.

Estaba sola con él. Nadie sabía que estaban juntos aquella noche. Pensó en la mujer de Antonio, en Lidia, a la que no conocía, pensó en una llamada a las dos de la madrugada, ¿A quién? ¿Por qué? ¿Con qué explicación?

En pocos segundos el corazón se recobró de sus vuelcos aunque quedó acelerado y batiente como un tambor, y ella pudo pensar con lucidez: llamaría a Edoardo, el mejor amigo de Antonio y compañero de trabajo desde siempre.
Edoardo conocía a Antonio desde su juventud, habían compartido aficiones, trabajo, mujeres. Sabía de su relación con Paola pues trabajaban los tres juntos en los mismos proyectos y a menudo hacían los mismos viajes. Él sabría qué hacer.
Edoardo llegó poco después, tranquilo y eficiente como siempre. Antonio estaba muerto y Paola lloró con desolación y rabia. Entre los dos lo trasladaron al sofá de la sala y lo vistieron. El pene seguía erguido, único hálito de vida en su cuerpo inerte.
Edoardo recogió el reloj de pulsera que había quedado en la mesilla junto a una caja de píldoras azules que se metió, rápida y discretamente, en el bolsillo, así como pocos enseres más esparcidos por la casa.

En la noche de ferragosto sólo algunos amigos quedaban en la ciudad. Edoardo les llamó. Entre todos acordaron una versión oficial y piadosa de lo ocurrido y que unánimamente habrían reforzado ante Lidia: Antonio y Edoardo habían ido a recoger a Paola a casa de ésta para ir al aeropuerto. Por el gran calor, Paola les había invitado a subir y ofrecido un refresco. Poco después Antonio había empezado a sentirse mal. Lo demás era historia.

Mireya Cillero Alfaro

2008


[1] En Italia viene así llamado el 15 de agosto, pues representa el ápice del verano y del calor. En esta fecha la mayor parte de la población se encuentra de vacaciones lejos de las ciudades. Es tradicionalmente día de fiesta y de descanso.

5 comentarios:

  1. Ciaooooooo, Caffè Italiano

    ResponderEliminar
  2. illy?
    il più bel posto è sempre sotto le palme, al mare...

    ResponderEliminar
  3. Bacioni, con immutato affetto...

    ResponderEliminar
  4. sempiterno caffè
    nel caldo postale italiano shaianti_sigh

    ResponderEliminar