Dicen que mi historia es triste, pero son ellos, los hombres, los que la sienten así, como cuando se les antoja ser piadosos.Yo sé que todo ocurre con naturalidad, pero en cambio ellos, que son los causantes de sus actos, no han aprendido tan clara y simple cosa.
Hoy me han traído aquí, ya sé, para acabar con mi sufrimiento, y he de decir que esa piedad ocasional hoy se me torna cómoda, pues me hacen un favor, visto a su manera, por qué no. Además, repito, mi historia es triste con lo cual mejor que se concluya como es debido.
Mi nombre hoy es Bella, pero se dice Bela como en italiano, doblando la ele al pronunciar. Ellos dos, mis amos protectores, me sacaron de un contenedor de basura donde me encontraron metida en una bolsa de plástico.
Medio muerta, aún con la poca fuerza que me quedaba para gemir, pensaron que las quemaduras en mi pecho habían sido hechas con cigarrillos. Se equivocaban. No, dijo el veterinario a donde me llevaron solícitos mis salvadores para cerciorarse de mi estado, no, dijo, son quemaduras de mechero.
La mandíbula estaba ligeramente desencajada, tal vez una patada que hoy ya ni recuerdo, pero ésto no me afectó en un principio pues aún podía alimentarme.
Cambió, sin embargo, mi aspecto que parecía amenazador al asomarse mis pequeños colmillos por encima del labio torcido.
Soy fuerte, aunque menuda y de aspecto desnutrido, los huesos frágiles por falta de calcio y exceso de patadas.
Dicen que soy agresiva, un problema para mis pobres amos que además viven en la calle, como yo, a la merced de la gente que pasa. Con mirada compasiva, me dirigen una palabra de cariño, y yo en cambio, en vez de bajar la cabeza y someterme a ese instante de consoladora piedad, muestro aún más mis diminutos colmillos mientras gruño de manera nada amigable.
¡Cómo se quedan desconcertados!
¡Cómo quisieran placar sus culpas con la gratitud sumisa de mi cabeza gacha y mi huidizo rabo escondido bajo la delgadez de mi cuerpo!
Pero no, yo no quiero ese fugaz consuelo, no lo he pedido, como tampoco pedí el maltrato y la tortura.
Ahora ya no me fío. Éstos dos me dan de comer, me han salvado y me cuidan. La verdad es que nadie les cuida a ellos, aunque a menudo alguien les da comida, mujeres del barrio que les ofrecen pocas monedas para un bocadillo, un café con leche, cigarrillos.
Ellas son prácticas y organizadas, nada cuesta bajar un plato de arroz o un pincho de tortilla.
También tienen un detalle para mi, una lata de pâté, una bolsita de pienso. Yo me como lo que hay, como hacen ellos. Sin preguntarme por qué el bulldog del doctor que vive en el portal en cuyo escalón pasamos el día sentados hasta retirarnos a la chabola del puerto donde vivimos, baja con un collar nuevo casi todas las semanas, o el caniche de la tabaquera vuelve una vez al mes, lindo y pinto de la exclusiva peluquería canina del barrio.
No, no me lo pregunto. Como tampoco me pregunto cómo ahora que me tienen a mi, estos dos pobres humanos, despiertan mayor interés por parte de los mismos individuos de su raza a los que un día se les pudo antojar emprenderla a patadas con mi frágil maxilar.
El caso es que con el pasar de los días, las semanas y algún mes, hablando en términos de tiempo humano, la fractura de mi mandíbula ha provocado la caída de algunos dientes y molares y por lo tanto, se me hace siempre más difícil alimentarme.
He perdido el poco peso que tenía y el pelo –antes rubicundo y largo como el de un pekinés imperial- ahora está apelmazado y grisáceo.
Ya sé que soy muy joven, estando siempre a la cuenta del tiempo humano, -y también a la del mío, si se me consiente-, pero el hecho es que estos avatares han traído consecuencias demasiado gravosas para mi estado físico y mi capacidad de supervivencia, lo cual nos lleva aquí, a donde estoy ahora, esperando el alivio final a mi hambre insaciable, gracias al amor, aunque tardío, de dos deshauciados.
En unos momentos entrará el doctor el cual con suave toque de sus cálidos dedos introducirá en mis tercas y hambrientas venas, el dulce alimento de los sueños eternos.
Entonces, todos ellos me verán corriendo sobre la arena húmeda, donde dejaré mis huellas a la orilla de un mar que desde aquí, en los arrabales del puerto, sólo pude oler e imaginar, espumoso e inmenso, como el lugar al que por fin me libran.

