lunes, 27 de septiembre de 2010

Historias de perros para gatos II

II- Bella


Dicen que mi historia es triste, pero son ellos, los hombres, los que la sienten así, como cuando se les antoja ser piadosos.Yo sé que todo ocurre con naturalidad, pero en cambio ellos, que son los causantes de sus actos, no han aprendido tan clara y simple cosa.

Hoy me han traído aquí, ya sé, para acabar con mi sufrimiento, y he de decir que esa piedad ocasional hoy se me torna cómoda, pues me hacen un favor, visto a su manera, por qué no. Además, repito, mi historia es triste con lo cual mejor que se concluya como es debido.

Mi nombre hoy es Bella, pero se dice Bela como en italiano, doblando la ele al pronunciar. Ellos dos, mis amos protectores, me sacaron de un contenedor de basura donde me encontraron metida en una bolsa de plástico.
Medio muerta, aún con la poca fuerza que me quedaba para gemir, pensaron que las quemaduras en mi pecho habían sido hechas con cigarrillos. Se equivocaban. No, dijo el veterinario a donde me llevaron solícitos mis salvadores para cerciorarse de mi estado, no, dijo, son quemaduras de mechero.

La mandíbula estaba ligeramente desencajada, tal vez una patada que hoy ya ni recuerdo, pero ésto no me afectó en un principio pues aún podía alimentarme.
Cambió, sin embargo, mi aspecto que parecía amenazador al asomarse mis pequeños colmillos por encima del labio torcido.

Soy fuerte, aunque menuda y de aspecto desnutrido, los huesos frágiles por falta de calcio y exceso de patadas.

Dicen que soy agresiva, un problema para mis pobres amos que además viven en la calle, como yo, a la merced de la gente que pasa. Con mirada compasiva, me dirigen una palabra de cariño, y yo en cambio, en vez de bajar la cabeza y someterme a ese instante de consoladora piedad, muestro aún más mis diminutos colmillos mientras gruño de manera nada amigable.
¡Cómo se quedan desconcertados!
¡Cómo quisieran placar sus culpas con la gratitud sumisa de mi cabeza gacha y mi huidizo rabo escondido bajo la delgadez de mi cuerpo!

Pero no, yo no quiero ese fugaz consuelo, no lo he pedido, como tampoco pedí el maltrato y la tortura.

Ahora ya no me fío. Éstos dos me dan de comer, me han salvado y me cuidan. La verdad es que nadie les cuida a ellos, aunque a menudo alguien les da comida, mujeres del barrio que les ofrecen pocas monedas para un bocadillo, un café con leche, cigarrillos.

Ellas son prácticas y organizadas, nada cuesta bajar un plato de arroz o un pincho de tortilla.
También tienen un detalle para mi, una lata de pâté, una bolsita de pienso. Yo me como lo que hay, como hacen ellos. Sin preguntarme por qué el bulldog del doctor que vive en el portal en cuyo escalón pasamos el día sentados hasta retirarnos a la chabola del puerto donde vivimos, baja con un collar nuevo casi todas las semanas, o el caniche de la tabaquera vuelve una vez al mes, lindo y pinto de la exclusiva peluquería canina del barrio.

No, no me lo pregunto. Como tampoco me pregunto cómo ahora que me tienen a mi, estos dos pobres humanos, despiertan mayor interés por parte de los mismos individuos de su raza a los que un día se les pudo antojar emprenderla a patadas con mi frágil maxilar.

El caso es que con el pasar de los días, las semanas y algún mes, hablando en términos de tiempo humano, la fractura de mi mandíbula ha provocado la caída de algunos dientes y molares y por lo tanto, se me hace siempre más difícil alimentarme.

He perdido el poco peso que tenía y el pelo –antes rubicundo y largo como el de un pekinés imperial- ahora está apelmazado y grisáceo.

Ya sé que soy muy joven, estando siempre a la cuenta del tiempo humano, -y también a la del mío, si se me consiente-, pero el hecho es que estos avatares han traído consecuencias demasiado gravosas para mi estado físico y mi capacidad de supervivencia, lo cual nos lleva aquí, a donde estoy ahora, esperando el alivio final a mi hambre insaciable, gracias al amor, aunque tardío, de dos deshauciados.

En unos momentos entrará el doctor el cual con suave toque de sus cálidos dedos introducirá en mis tercas y hambrientas venas, el dulce alimento de los sueños eternos.
Entonces, todos ellos me verán corriendo sobre la arena húmeda, donde dejaré mis huellas a la orilla de un mar que desde aquí, en los arrabales del puerto, sólo pude oler e imaginar, espumoso e inmenso, como el lugar al que por fin me libran.

jueves, 23 de septiembre de 2010

El arduo camino




La especie humana se relaciona entre sus miembros y con los demás seres vivientes según su grado de sexismo, racismo y especismo. Cuando estos comportamientos afloran a la conciencia moral, se ponen en discusión y se establecen nuevas normas y leyes para acabar con ellos.

En su libro “El origen del hombre” (1871), Darwin habla del “Círculo de la compasión”, o sea, el círculo moral en el que incluimos a los demás, según nuestro grado de aceptación. El círculo se amplía a lo largo del tiempo siguiendo nuestro progreso moral, y aquí es donde surge el problema.

La ampliación, es decir, la aceptación en el interior de nuestro círculo de aquellos que antes eran rechazados y que suele producirse por cambios de actitud social y cultural reforzados por nuevas leyes, desencadena la oposición de quienes hasta ese momento mantenían una posición de privilegio en el interior del círculo.

Siempre habrá detractores, como los hubo contra la abolición de la esclavitud o la revolución feminista, listos a defender sus privilegios atávicos. Estos “reaccionarios” buscarán razones, legales y no contra esa ampliación para justificar la preservación de su ligitimidad a despreciar (mujeres), marginar (otras razas) o maltratar y matar (animales).

Así como la condición de la mujer en una sociedad determina el grado de civilizazión de dicha sociedad, hoy en día, el trato dado a los animales determina nuestro grado de conciencia (progreso) moral.

Si ciertos logros costaron guerras, revoluciones, represiones, ¿Qué y cuánto podemos esperar para que se logre la abolición de prácticas de tortura y muerte?

Las mujeres, en occidente, se encuentran en un radio más amplio que hace cien años. Los toros se encuentran en estos momentos en el mismo radio que los esclavos africanos hace 150 años (incluido el derecho de vida y de muerte sobre ellos y la tortura); el resto de los animales se encuentra en un limbo entre diferentes círculos, según nuestro grado de especismo hacia ellos.

La misma moral que otorga a un grupo de taurinos indignados a arremeter impunemente contra unos pocos pancartistas pacíficos, explica el límite de la compasión en el que nos encontramos hoy en día.

Y eso que ya en 1975, el bioético americano Peter Singer publicó” Animal Liberation”, que se puede considerar el primer libro sobre los derechos de los animales. En él dice: “No deberíamos provocar dolor o causar miedo a ningún animal que no quisiéramos experimentar nosotros mismos.”

Desafortunadamente, no mucho ha cambiado desde que Cicerón protestaba contra los espectáculos de circo con fieras o San Agustín clamaba contra el riesgo frívolo que la corrida representa para “la vida humana”. (Tendría que ver ahora cómo se juegan la vida los motoristas y corredores de Fórmula 1, entre otros).

A pesar de intelectuales y filósofos, desde Eugenio Noel que hace casi un siglo definió las corridas “crímenes de raza”, hasta animalistas y filósofos actuales como Jesús Mosterín que escribe “la tradición no es una justificación ética”, quedan escollos que superar como el del Protocolo Europeo sobre la Protección y el Bienestar de los Animales.

En él hay hay una sección pensada a medida que legitima la realización de las corridas (claramente lejos de cualquier auténtico objetivo de bienestar y protección del toro), que dice así:“respetando al mismo tiempo las disposiciones legales o administrativas y las costumbres de los Estados miembros relativas, en particular, a ritos religiosos, tradiciones culturales y patrimonio regional”. Con esto tristemente cae la afirmación de Mosterín mientras otros aclaman:
“Si no hay toros, no hay fiesta”. ¡Olé!

Para concluir sobre esta abominación cultural que se perpetúa, una reflexión del poeta Manuel Vicent:

“Si se admite que la belleza puede surgir de la sangre derramada, aunque ésta se inflija a un animal, es que uno ya tiene justificado en el corazón todo tipo de violencia”.


M.C.A. Sept. 2010

lunes, 2 de agosto de 2010

All' amico lontano

Oh caro!
Ovunque tu sia
Guardiamo le stesse stelle.

Suonino all'alba
le campane.
Ascolta il richiamo
del nostro antico piacere,
sempreverde come le palme
che da allora conservano
il nostro amore perenne.

viernes, 30 de julio de 2010

Memento IV

Has vivido en esta casa el tiempo suficiente como para haber asumido que los destellos matutinos en el baño son una exclusiva de tu padre, no obstante Vincenzo, el pintor milanés que contrataste para la restauración y pintura de las paredes, altos techos, puertas y ventanas cuyo barniz remonta al tiempo de tus bisabuelos, tras entrar en la primera habitación y empezar a pintarla del color marfil elegido por ti, dijo que la casa “signora mia, è piena di fantasmi” y se marchó para no volver, dejando el dormitorio sin acabar, salpicado sólo con un par de brochazos al azar.

Todo el barrio yace sobre varios estratos de necrópolis romanas, judías y árabes, y por si no bastase, entre estas paredes expiraron tus bisabuelos paternos, tu abuela Dolores así como tu tío abuelo Fermín a quien todos llamaban Min por las cajas chinas que pintaba, toda una parentela cuya etérea presencia abrumó al pobre Vincenzo.

Afortunadamente el joven Li, hijo de Li, el chino de la tienda donde siempre acabas comprando a cualquier hora a pesar de sus largas uñas de mago Fumanchú, vino a pintar el resto de la casa, eso sí, limpio y silencioso como un siamés, y aún te supo arreglar dos enchufes quemados y colgar el gran espejo isabelino de la entrada y el retrato de la abuela en el comedor. Li hijo no mostró incordio alguno ante la presencia quimérica de tanta población. Su padre te preguntó después si habías quedado contenta pero también te sugirió que colocases palitos de incienso y recipientes con agua y pétalos frescos en los “aposentos de tus ancestlos”.

Te consultaste con el retrato de la abuela Dolores, ella que había vivido entre rosarios, oraciones, misas y ay dios míos, para preguntarle si el sándalo y las flores de loto podrían serle de alivio y beneficiosos para el resto de la compañía.
La mirada de la abuela es cambiante, como la luna. Te recuerda la pintura óptica de Leonardo o de Velázquez, en particular el pequeño autoretrato de este último, el cual, te pongas donde te pongas y lo mires como lo mires, sus pupilas te siguen, clavándose fijamente en las tuyas.

La abuela, desde su retrato, hace lo mismo y además cambia la expresión de esa mirada, de triste a compasiva, de cansada a sonriente. Cuando le preguntaste sobre el incienso se mostró triste y cansada, la mano languideciendo sobre la amplia falda de raso verde, el pálido codo suavemente apoyado sobre la mesa pintada a su lado.

Ahora, en varias habitaciones de la casa has colocado boles de cristal llenos de agua en los que flotan los pétalos de las rosas –el loto es un lujo demasiado exótico- que compras a los pakistanís por las calles del barrio, como si tuvieses un enamorado que te las regalara, y que luego deshaces en una lluvia de color.
El incienso no, porque os molesta a ti y a la abuela con su humo denso y cargado de perfume oriental que penetra en las aletas de tu nariz y en las tramas de los lienzos, provocándote estornudos en cadena que podrían despertar hasta a la madre de Pepito.

Con las flores y el agua será suficiente para apaciguar a los futuros electricistas, fontaneros o carpinteros, mientras dedicas un gesto por la paz y en memoria de la abuela, el tío Min y de todos los demás. Amén.
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Memento III

El trabajo es una bendición, no te deja pensar o acordarte. Las horas pasan demasiado de prisa, no como cuando recorres innumerables veces el dichoso pasillo alfombrado acomodando objetos, mudándolos de lugar porque hoy quieres probar a ver si colocando los cuadros en otro sitio, consigues alterar la apariencia física de esta monotonía.


Y no hablemos de las fotografías, no te explicas cómo las más antiguas se mantienen nítidas como el primer día, no te queda más remedio que mirarlas todas antes de volverlas a guardar en sus cajas, esa niña de erguida inmovilidad delante del espejo, cómo se puede llevar semejante lazo en la cabeza, pobrecita la abuela. Las fotografías son tan antiguas que ni siquiera tienes recuerdos para ellas. Las menos antiguas, esas no las miras, sic transit gloria mundi.


Entre foto y foto escuchas a la madre de tu vecino que llama, como si estuviese al fondo de un túnel, pepitooo, pepitooo. Él entra y sale, no sabes por qué entra y sale tantas veces, montones de veces a lo largo del día, esperemos que no me lo cruce, ni que tuviese perro como tú que tener que sacar, pepitooo, sigue la mujer, se ve que ha salido, vuelve siempre con pequeñas bolsitas de compra, cuarto y medio de jamón cocido, queso blanco sin sal para mamá que es hipertensa. La llamada al hijo pródigo te distrae de la fatigosa empresa de recuperar memorias y olvidar otras. Cómo se puede llamar a un hombre Pepito, o Bartolo.


Terminado el trabajo, de camino a casa, paras en el bar de tus amigos maricones, ellos si que saben agogerte, qué guapa que estás, no estás gorda más bien exuberante, cómo me gusta tu pelo. Ahora bebes cervezas sin culpa y dedicas un tiempo sin apremio a ti misma y a la conversación con estos inocuos amigos que te aconsejan cremas y masajes, que te regalan sonrisas y aprecio sin interés. Parece que lo que nunca hiciste o pensaste ahora forma parte de tu cotidiana costumbre, tú misma reencontrándote, como la primera imagen de la mañana en el espejo. Has superado el exámen, has pasado la prueba que la vida te trabó, has dejado incontables piedras en el camino, ya no te agachas ni vuelves la cabeza hacia atrás.


De camino a casa recuerdas a Antonio, tu compañero de trabajo y amigo que siempre se jactaba de lo bien que lo hacía, con la mujer en casa y la amante en el camino, el aperitivo en la calle y la comida en casa, decía. Pobre Antonio, aquel día no volvió a casa y sí que se quedó en el camino, en casa de Laura, su compañera y amante, encogido como un caracol, una noche de verano,tendido desnudo delante de la nevera, in ictiu oculi.


Sigue siendo difícil aceptar el dolor, cómo han podido carecer de una mínima sensibilidad para no ser recordados como el más emérito de los cabrones, mientras agarrada al respirador y encogida por los puntos de sutura, intentabas volar con tu cabeza hiper ventilada por las paredes de la sala de intensivos tras dar a luz, una, dos, tres veces, tu cuerpo siempre más ensanchado, abierto, rajado, desgarrado y recosido, a ver si pierdes esos kilitos, que te has puesto como un huevo de pascua, mientras, por qué no vamos a cenar al italiano ese.


La clave es el humor, decía tu padre, si eres gorda, ser gorda feliz, si estás sola cantar a tu soledad. Llegará el día en que dejes por fin los cuadros en su sitio y pises las alfombras con pie firme, las paredes retumbando, que se enteren todos.

El baño se queda así por ahora, ya te has acostumbrado al pálido reflejo de sus baldosas color rosa mosqueta.
Llenarás la casa de flores, ramos frescos en floreros que irás colocando sobre los muebles, porque las flores están ahí para ti, y ya no eres una de ellas. Memento mori.

Memento II

Los olores de la calle se van fundiendo con familiaridad en las aletas de tu nariz. También encuentras familiares las caras de la gente, la mayoría mujeres que como tú, esperan en la parada el autobus que llega con puntualidad helvética, el conductor te devuelve el saludo, añadiendo casi un atisbo de sonrisa, aunque hoy no se demora en el escote porque no lo llevas, pues has optado por la camiseta nueva amarilla con grandes liliums rosa estampados, y dále con las flores, sin embargo su pupila queda suspendida unas décimas de segundo más de lo debido o lo que es recomendable para su labor, sobre la prominencia de tu pecho, esa zona de tu cuerpo que aún suscita la atención de la mayor parte de la población masculina y no, lupus in fabula.


Entonces te acuerdas del viejo chiste de Jack, que tenía tres novias a las cuales dio un dinero para ver lo que hacían con él y así decidir con cúal de las tres se casaba, la primera le compró regalos, la segunda se lo gastó todo para ella y la tercera lo invirtió, dobló la suma y se la devolvió, entonces Jack, tras difícil reflexión escogió, adivina con quién se casa, con la que tenía las tetas más grandes.


Tu ex no te eligió por las tetas, para eso ya tenía sus propios cotos de caza, te eligió porque representabas el florero más hermoso, exótico e interesante entre los floreros que podía exhibir ante los de su casta. Menos mal que Tolo siempre estuvo allí para ti, para ayudarte a recomponer los pétalos ajados, aún te preguntas por qué no te casaste con él, con tu cuñado amable y lisiado, cómo se puede llamar a un niño afecto de nanismo y cojo, Bartolo.


Tolo te entregó su amistad, él nunca te dejó sola. Pobre Tolo, le convenciste a someterse a las limas y cuchillos de los cirujanos que le habrían ayudado a mejor soportar los indecibles dolores de sus huesos deformados, a recuperar el paso firme, como el de los reyes.
Él te contaba de cuando era pequeño y su aya mejicana lo llevaba a todas partes en brazos adelantándose a las preguntas de los curiosos con su “el rey no puede caminar”. Tolo te entregó su vida y las llaves de su casa, cuando aterrizabas en su isla, para protegerte de ti misma, para llorar y reir, saboreando el mejor té al jazmín que nadie te supo ofrecer y el aroma de la canela que se insinuaba en su cocina a través de una vieja caja de galletas siempre presente sobre la mesa.

Tolo es como el silencio, hace que no te sientas sola. Como el jazmín.


El autobus te reconduce a tu camino diario. La primavera es exuberante en flores y color. El río, ahora un cauce de jardines y sendas promete relajantes paseos a la sombra de su atardecer. El autobus se va vaciando, ya casi has llegado a tu destino. Cuando bajas, el conductor mira por el espejo retrovisor, no para apreciar tu culo, sino para comprobar tu salida, por seguridad, antes de cerrar la puerta con golpe firme y seco. Mañana más.

viernes, 11 de junio de 2010

Memento I

Ahora, cuando cada mañana te levantas, mucho antes de cuando quisieras, vas al cuarto de baño que se encuetra por un anacrónico capricho del constructor al final del largo pasillo, el cual recorres con paso sigiloso sobre las alfombras porque no quieres que tu vecino solterón, cutre, escuálido y pajero sepa cuándo te levantas, cuándo meas, cuándo vives, el destello de luz, ese rayo, esa párticula luminosa que durante unos segundos cruza las paredes de azulejos rosa descolorado estilo años sesenta, a velocidad sideral, para después desaparecer tras el espejo en el que reflejas tu cara ojerosa de pelo alborotado por el mal dormir, más bien por el dormir inquieto, ya no te sorprendes ni te asustas, porque sabes que es él, o lo que ahora es o queda de él, tu padre, que como todas las mañanas desde hace quince años te viene a saludar, manifestando su presencia en un vuelo de piruetas caóticas, que por unos instantes percibes con el rabillo del ojo hasta su pronta desaparición, y punto.


Ahora, digo, te lavas, no, primero meas, después te lavas te secas y te vistes. Ya ninguno de ellos te aconseja, te ruega, te exhorta, te exige que no te pongas ese pantalón vaquero blanco con los girasoles estampados porque te marcan demasiado el culo, que entonces era perfecto, sostenido por una ley única e irrepetible de equilibrio y proporción áurea, como un templo griego que suscitaba las miradas procaces de tus compañeros de trabajo los cuales remoloneaban el paso para quedarse tras de ti a la vuelta de la pausa para el café.

Tampoco te cortas, tiñes, estiras y peinas el pelo como te lo han pedido siempre todos y cada uno de ellos, maridos, amantes, amigos, amigos sentimentales, amigos con derecho a roce, o sin, pero que se lo otorgan igual, ex maridos, ex amantes, ex roces, más rojo, más largo, no más corto, mejor rubio, mejor recogido, mejor largo, mejor lo llevo como me da la gana.
Y lo mismo con los tacones, y las faldas, más cortas, más largas, me gusta más el blanco, ponte sujetador con encaje, no te pongas nada, más gorda, más flaca, así es como me gustas, más pecho, menos, cómo te quiero, de qué manera, qué sentido tiene complacer, haber complacido, dejar de ser tú misma, porque ni siquiera ellos saben lo que quieren, cómo te quieren, si es que te quieren, o quieren a tu falda, o a tus bragas, me gustan negras, de encaje, de lycra, blancas, no mejor tanga, póntelo, quítatelo, cómo me pones chatorra.


Te han enseñado a esconderte, a no resaltar, a no herir sus magras competencias, sus pueriles inseguridades, a alimentar y satisfacer sus frágiles egos edípicos, con tu sonrisa y tu amabilidad, aprendiendo a cocinar casi como mi madre, a saber estar, a hablar o más bien callar, que es mejor, hasta que no te pregunten, a haber estudiado, cuatro, no, cinco idiomas, equitación, música, rudimentos de medicina para curarles cuando se ponen a morir por una gripe o por una cistitis, historia, literatura, contabilidad, informática, psicología, da igual lo que sea, porque tú estás ahí, preciosa, como un florero, pero viviendo de tu trabajo, dijo la jueza, y menos mal, así no estoy vendida, mantenida, y que te queda la casa de la abuela, antigua, céntrica, por reformar.


Dejas el baño. Las ojeras se agazapan bajo el maquillaje y el pelo agradece la sacudida del cepillo, suave, de mórbidas y auténticas cerdas, el que fue de tu abuela y que encontraste en un cajón del rosáceo cuarto de baño, de armazón de madera recubierto de plata con sus iniciales grabadas en la empuñadura. Terminas de peinarte delante de su retrato, el enorme cuadro que cuelga ahora en el salón, mientras ella te mira desde lo alto, con ojos tristes y esa sonrisa apenas esbozada pero algo condescendiente y que ya has aprendido a reconocer pues ahora sabes de dónde viene ese hoyuelo que siempre se te forma en la mejilla cuando tú también mal disimulas la sonrisa.


Otra vez cruzas el pasillo deslizándote con paso más ligero sobre las alfombras. Un último vistazo en el espejo de la entrada, grande y ampuloso, de pan de oro, que te devuelve una imagen de mujer casi cincuentona pero bien llevados, ya descarada y ostentosamente sobrepeso, estoy como estoy y me gusto así, el pelo largo, larguísimo, porque así lo quiero y teñido, eso sí, porque tampoco es necesario rendirse tan facilmente ante la evidencia del tiempo.
Del vecino ni un suspiro. Una última mirada a este nuevo hogar reencontrado, donde ahora vives sola, o mejor con tu pequeño compañero, el más fiel de todos los que has tenido, digamos el único, como buen ejemplo que es de su propia raza canina.


Sales para encontrarte con el día que comienza, como siempre ha sido y siempre será, las sandalias nuevas, las uñas de los pies lacadas, porque ahora me ha dado por ahí.


Al abrir la puerta, ¡adiós!, el vecino. Justo en ese momento él sale también para ir a trabajar, el cigarro humeante en la mano, en la otra la basura, también humeante, el pelo apelmazado al craneo, no sabes si por gel o por unto, que te saluda mientras con la mirada desde las gruesas lentes te examina como un escaner más allá de la ropa, de la piel, de los huesos. Exhala un hálito rancio, mezcla de tabaco barato, café con leche y estomatitis. Este es el primer hombre en tu vida hoy, el último que quisieras ver.

Sales al mundo con el regusto de una arcada, pero aún capaz de oler la mañana, la brisa levantina que tal vez traerá lluvia a la tarde, de oir el fresco chirrío de las golondrinas.

martes, 8 de junio de 2010

Poesía para una hija




I
Has venido a este mundo
para crecer
sobre las cenizas de los incendios
que arden aún,
en el recuerdo del agua límpida.

Has venido a este mundo
que te acoge,
para poder amar de nuevo
la vida a tu alrededor.




II

En tu inocencia nace
la fuerza para amar
la fragilidad.
En tu belleza se refleja
el orgullo de la tierra vencida.
Tu guerra es la paz,
la sabiduría de tus armas
te devolverá la armonía perdida.




III

La memoria nace contigo
el dolor
el júbilo
el amor
nace contigo.
Has nacido de mi.
Lloro por ti, tú lloras por mi.
Nuestros ojos se encuentran,
y caminamos juntas
y victoriosas,
sobre el agua de tantas lágrimas.

Sept. 1989

viernes, 4 de junio de 2010

Diálogo sobre el tiempo



El anciano dice al joven:
- Mi tiempo vale mucho.
El joven replica:
- El mío también.
- ¡Pero el mío vale más! -exclama el anciano.
- ¿Por qué? -pregunta desafiante el joven.
- Porque a mi me queda menos.

martes, 25 de mayo de 2010

Eneida - versione italiana

I - Partire



Nell’odio come nell’amore cresciamo
secondo quello di cui ci nutriamo.
Mary Renault




Mise i pochi gioielli rimasti in un piccolo sacchetto di seta rossa cinese. Gli altri li aveva portati via lui di nascosto e a dispetto della fine di un amore che non lascia neanche i ricordi più belli.

Le aveva lasciato quelli che le erano stati regalati dalla sua famiglia in Spagna nel corso del tempo: la collana di perle che sua madre le aveva donato quando era nata la prima figlia, un elegante filo cangiante racchiuso da un fermaglio d’oro a forma di foglia e incastonato da altre piccole perline; la mamma le aveva anche dato in quell’occasione il braccialetto di nonna Ifigenia, d’oro così antico da far sembrare rossi i trifogli che componevano la sua catena; il braccialetto di perle a tre fili, generoso regalo di suo padre Andrea il quale, siccome pensava che le perle portassero sfortuna, aggiunse al suo dono il ciondolo d’ametiste brasiliane che al contrario di quanto si crede per via del loro colore purpureo, favoriscono invece la fortuna; qualche paio di inutili orecchini che anziane zie distratte le avevano inviato in passato, senza ricordare che lei non li poteva indossare perchè non aveva e non avrebbe mai forato i suoi lobi.

Lui aveva portato con sé gli anelli che ogni anno le regalava negli anniversari, in occasione della nascita della loro primogenita Lavinia e anni dopo, delle loro figlie seconde Alba e Bianca, di una festa della mamma, di un compleanno: il rubino e lo smeraldo, piccoli ma preziosi omaggi che le aveva riportato dai suoi viaggi in oriente; l’ultimo: il piccolo brillante montato sopra un moderno anello d’oro bianco.
Anche gli oggetti portati per lei dall’India erano andati: l’antico portatrucchi in argento a forma di stella con inciso il nome della sposa a cui era appartenuto, dove lei conservava braccialetti d’agata, ambra, giada e malachite, collanine ed altra piccola bigiotteria che non sminuiva affatto l’incanto dei cassettini che le sue cinque punte custodivano; il cofanetto porta-gioelli in legno intarsiato con cassetti e coperchio a scorrimento che conteneva i resti, le parti e i monconi di gioielli rotti nel tempo, collane spezzate, perline sfuse, pietre dimenticate.
Non vi erano più gli zaffiri cinesi, il cui blu intenso lei aveva potuto ammirare in contrasto con la seta rossa del sacchetto che li aveva contenuti, la grossa collana di perle di fiume indiane, fresche e sonore, il lapislazzulo egiziano incastonato in oro ed altri ciondoli che riproducevano piccoli animali propiziatori di ogni felicità.
Scoprì con sorpresa l’acquamarina ovale rimasta dimenticata in fondo al comodino, nell’ovatta della piccola scatola d’argento e madreperla. Era lì da anni, in attesa di essere incastonata in un anello che un giorno sarebbe stato ideato e disegnato per lei, ora diventato occhio freddo e cristallino, testimone di antiche offese il cui perdono si compra con l’oro e le pietre.


Il sacchetto giaceva nel fondo della borsa a tracolla porta computer dove avrebbe aggiunto il bagaglio leggerissimo: qualche cd scelto –i numerosi libri erano un carico che avrebbe lasciato insieme al fardello del passato -, poca biancheria intima, qualche camicetta e un paio di pantaloni estivi. Pochissimi altri oggetti personali, niente di più serviva nel luogo dove andava, dove avrebbe cominciato a ricostruire ricordi e desideri nuovi.

I vestiti, le collezioni, i mille oggetti in legno, terracotta, argento, il ricordo di una vita, li avrebbe lasciati lì in memoria di un passato che ora si dissolveva, assorbito dalle mura, dalle tende, per poi sfuggire, come un filo di fumo uscendo dalle finestre socchiuse.

Scese le scale di marmo della grande casa con la borsa a tracolla e le scarpe in mano per non svegliare le pareti addormentate benchè già inondate dalla prima luce di fine estate.
La micia dormiva profondamente sul cuscino in tessuto marocchino d’oro e blu, il suo preferito, accoccolata in una posizione impossibile di yoga felino. Una carezza al musetto che si arricciò all’istante ma l’animale rimase immobile nel suo placido sonno.

Entrò in cucina. Non avrebbe fatto il caffè. Lasciò che tutto rimanesse ordinato e pulito, ogni cosa al suo posto come aveva sistemato la sera prima. I primi raggi infuocavano i colori delle ceramiche, il bianco immacolato degli sportelli e del bancone, l’acciaio dell’acquaio, l’arcobaleno di figure che componevano i disegni infantili appesi alla parete di fronte. Il rombo faticoso e solitario del vecchio frigorifero vibrava nel pavimento e attraverso le pareti, serpeggiava su per le scale, avvolgendo la casa in un ronzio ritmato e soporifero.

Infilò le scarpe sul tappetto dell’ingresso, si girò per un ultimo sguardo al salone familiare e uscì.
Fuori dalla porta, steso sullo zerbino del terrazzo, dormiva in tutta la sua lunghezza il cane pastore che in un primo momento neanche si alzò. Il muso si sollevò appena da terra e lei cercò di scavalcarlo col piede sfiorando leggermente il suo morbidissimo pelo. A quel punto l’animale si svegliò del tutto e con uno scatto si mise in piedi pronto a salutare e festeggiare. Lei lo confortò con qualche carezza e lo salutò.

- “Fai il bravo, Rocco!”

Lui rimase a guardarla in cima ai gradini quando uscì dal cancello. Il cane diede un’occhiata routinaria alla strada, agli uccelli che si affaccendavano intorno agli alberi vicini e sbadigliò di noia per l’inatteso risveglio mentre la vedeva allontanarsi con la borsa a tracolla accompagnata soltanto dal picchiettare echeggiante dei tacchi sull’asfalto deserto.

martes, 11 de mayo de 2010

Regreso a Naxos

X - Muñecas


Sentir el aire fumoso del atardecer sobre la ciudad, perdiéndose entre miles de coches que recorren sin prisa la distancia que los separa de su meta, sacios ya de asfalto.
Regresar a casa mecida por la brisa de la reciente primavera. Los colores ofuscados por el crepúsculo, envueltos en el perfume de las rosas y de la glicina.
Oir los agudos gritos de los mirlos en retirada, el rugido de un coche que pasa por el callejón desierto, en penumbra ya. Las farolas aún apagadas, tal vez olvidadas.

Entrar en casa, sentir la tibieza habitual, los pequeños sonidos familiares. La gata dormida sobre el cojín marroquí. Arriba, las voces cansadas y quedas de las niñas antes de dormir.

- ¡Mamá, cuéntanos de cuando éramos pequeñísimas!

Ella se sienta entre las dos camas mientras las pequeñas cabezas rubias, abandonadas sobre las almohadas, empiezan su habitual balanceo al ritmo del relato que ya han escuchado tantas otras veces.

Alba y Blanca habían nacido juntas antes de tiempo, catapultadas como meteoros en un mundo de fuerzas para ellas desconocidas, de luz cegadora que traspasaba sus finos párpados, incluso a través de la sábana verde que envolvía las urnas incubadoras.

La historia que Eneida cuenta a las pequeñas se aleja bastante de los recuerdos y de las imágenes que ella conserva en su memoria inclemente, de cuerpos martirizados y puños cerrados bajo muecas de dolor, de máquinas que anulan toda medida del tiempo, de piernas y brazos abiertos como mariposas, atravesados por las largas agujas.

Ella les habla en cambio, de cuerpos menudos como muñecas, suaves y perfumados, que tras muchas desventuras al final se salvan, mecidos entre los cálidos brazos de su madre.

Se las había llevado a casa tres meses después de nacer.

Las pequeñas se duermen con el recuerdo de esos brazos que ciñen dos muñecas de ojos y puños cerrados.

La casa queda en silencio. Afuera sólo la brisa, acariciando el jazmín y la glicina, mantiene los sentidos despiertos.

domingo, 18 de abril de 2010

Hoy, sábado

Despierto al términe natural de mi sueño, no como los demás días en que éste se interrumpe por la alarma de mi viejo móvil. Por más que suenen los pausados acordes de piano del inicio de Imagine, se trata siempre de un ruído que llega a disturbar mi conciencia. Hoy en cambio, y tras una noche desapacible en la que el insomnio dejaba paso a sueños inquietos e intermitentes, mi cuerpo agotado ha descansado al fin en el sueño profundo de las horas tempranas, hasta su natural despertar.

Como es sábado, da igual que sean las ocho, o las ocho y media o las nueve. Hoy no tengo prisa ni planes. Dejo que este día transcurra sin las pautas del reloj, olvidándome de toda obligación, salvo la de pasear a mi perro, aunque esto en realidad es más placentero que obligado.

No voy a pensar en su ausencia, en sus últimas palabras hace ya tres días, cuando al teléfono me dijo que no íbamos a vernos este sábado, porque en realidad ya no íbamos a vernos más. Por ahora. Dijo. Se lo estaba pensando. Necesitaba tiempo. O sea, que no íbamos a vernos más. No voy a pensar en todo ello hoy. No voy a permitir que su recuerdo, el recuerdo de su voz mientras me hablaba, mis pensamientos y sensaciones ocupen este día de sábado, agotando toda mi energía. No voy a dejar que las mil preguntas que aporrean mi mente salgan y se apoderen de mi, qué ha ocurrido, por qué, qué se tiene que pensar si entre nosotros no ha habido compromisos explícitos después de tantos años, por qué se aleja, por qué no me desea, por qué no desea mi compañía. No me haré todas estas preguntas porque no sé si sabré contestar o si siquiera entendería las respuestas.

Hace sol, hará un buen día a pesar de ser invierno. Hoy no va a ser como todos los sábados, en que le esperaba para el almuerzo y transcurríamos el resto del fin de semana juntos. Nuestro tiempo. Pero es sábado y hace un bonito día de sol.

La casa está vacía. Estamos sólo Rocco y yo. Él ya dispuesto delante de la puerta de casa, esperando su paseo. Me mira desde el suelo, suspirando en silencio, como para decir que hoy, a pesar de la fuerza que su raza alemana de pastor le otorga, no tirará de la correa en la calle. Más le vale, hoy.


Cruzo el pasillo descalza, caminando sobre la larga alfombra que afelpa mis pasos, en un recorrido purificador hacia el cuarto de baño. Las paredes están recién pintadas, desnudas y frescas, creo que las dejaré así. Queda tanto por hacer. La casa es antigua, las habitaciones están dispuestas con el propósito de decepcionar cualquier expectativa de cómoda utilidad: para ir al cuarto de baño desde el dormitorio, hay que atravesar el largo pasillo y cruzar el comedor. Todo sea por la higiene.

Terminada la ducha me visto con ropa cómoda. Hasta ahora me he tomado mi tiempo, concentrada en el vapor de la ducha, procurando no pensar. Mantengo la mente firme en la idea del paseo mañanero y del desayuno. Todo lo demás se difumina en un horizonte de incertidumbre ante lo que será el resto del día. Hoy no necesito arreglarme y prepararme para su llegada, pero esto no significa que deba descuirdarme. Aún así no me pinto, me peino sólo el pelo largo y fino, para liberarlo de los enredos del mal dormir. Hay pocos espejos en la casa, ni falta que hacen.

Bajo a la calle con Rocco. La gente ya se afana aquí y allá, hace frío y el sol aún no ha calentado. Yo me tomo mi tiempo. Después de un breve paseo por el parque silencioso y húmedo regreso hacia casa. En el horno compro una barra de pan y un croissant calientes. En la tienda del chino compro leche desnatada, procurando no mirarle las uñas largas del pulgar y del meñique, cuyo aspecto me horroriza y desconcierta. Son largas y puntiagudas. No alcanzo a comprender por qué las deja crecer así. Pienso en alguna perversidad o guarrería y un escalofrío me recorre la espalda hasta la rabadilla. Se ve que hoy estoy muy sensible. Me distraigo mirando los collares que cuelgan de la pared, detrás del mostrador.

Volviendo a casa empiezo a apreciar las ventajas de esta soledad inesperada. Hoy no tendré que preparar comida ni que limpiar la casa para cuando Sandro venga. No dejo que tanta libertad me sobrecoja, idearé otras maneras de ocupar mi tiempo, aunque se trate sencillamente de dejar pasar el tiempo. Llevo tres días dejando pasar el tiempo y hoy no va a ser diferente. Cuando Sandro ya no me volvió a llamar al día siguiente, comprendí que tenía todo el tiempo delante de mí, como el recorrido del tren cuando avanza, kilómetros de tiempo, como el horizonte que se aleja siempre más, a medida que te vas acercando a él. Como el pasillo de esta casa.

De regreso me preparo un te y me dispongo a desayunar en el salón-comedor. El crujir del croissant bajo mis dientes retumba en mis oídos. Sorbo el te, se disipa un pensamiento. Miro pasar el sábado por la ventana.

Estoy aquí

Estoy aquí y no me ves,

no oyes mi grito de dolor.

El llanto que me desborda

no llega a tu orilla lejana.

Estoy y tú no estás en mi.

miércoles, 7 de abril de 2010

Despierto sola


Despierto sola, y quedo así,pensando.
Inventándome otra historia
para seguir soñando,
y quedo en el silencio, imaginando,

que te acercas y me coges en tus brazos.


Quédate hoy, quédate mas,
vuélvete magia al despertar,
o realidad,
pero no me dejes sola,o mejor llévame toda,
donde no haya soledad,


y si no puedes, llévate la soledad,y este dolor, que no se va
cuando el amor recorre afuera, la ciudad.


Quédate hoy, quédate siempre al despertar,
quédate mas.

jueves, 25 de marzo de 2010

Regreso a Naxos

IX – Excursión


Un día, tras la consueta velada, Xanto cerró el local y la acompañó al hotel que distaba pocas calles. Pasearon por la pequeña ciudad que ahora quedaba en silencio tras la partida de los turistas, disfrutando de los perfumes floreales y de la fresca brisa.

De pronto, Xanto le preguntó:
- ¿Tienes planes para mañana?
- Nada en especial -le contestó ella-, sorprendida y emocionada a la vez.
- Si quieres podemos ir a ver las cuevas.
- Si, me gustaría. Gracias!

Se despidieron y Eneida entró en el hotel disimulando la emoción que le hacía temblar las piernas.

Las cuevas de Sas donde decían había nacido Zeus distaban pocos kilómetros y se encontraban en medio de un paisaje verde y lozano. Xanto vino a recogerla por la mañana con su coche camioneta.

Aquel día el meltemi soplaba desde el norte. Viento temido por navegantes y pescadores, pues su cálida brisa engañaba las rutas y confundía a los peces.
Por una tortuosa carretera llegaron a las cuevas en cuyo frescor húmedo se refugiaron en seguida.

Xanto había traído vino, tzaziki, pan y baklava con miel y nueces para el postre y Eneida había preparado ensalada con feta fresco y una macedonia de frutas.
Después del almuerzo, en medio de un paisaje de viñedos y olivares, se trasladaron hasta la playa de Pirgaki donde estuvieron paseando solos por su hermosa cala.

De regreso en la camioneta casi no hablaron, él concentrado en la estrecha carretera, ella deleitándose con el paisaje, pero ese día entre ellos había nacido una intimidad cómplice y madura.

Aquella noche, después de una cena ligera en el restaurant, pues ambos estaban cansados, Xanto la invitó a subir a su casa.
Eneida se quedó perpleja por unos momentos pero en realidad estaba deseando conocer el hogar de este hombre por el cual ya sentía un fuerte vínculo afectivo y que la atraía irremediablemente. Accedió a subir y esto dibujó una amplia sonrisa en el rostro moreno de su amigo.

La casa estaba limpia y ordenada aunque pocos objetos delataban la presencia o la personalidad de su propietario. Varias ventanas y balcones indicaban que la casa se llenaba de luz y color durante el día.
Eneida se sintió en seguida en un lugar familiar, cálido, acogedor. Se dirigieron hacia la cocina con paso suave sobre las esteras repartidas en el suelo de gres. El local era amplia y estaba bien provisto.

Xanto prepararó té al jazmín, dispuso dos tazas en la mesa de la cocina, una caja de galletas de canela en el centro, la miró a los ojos como siempre hacía cuando la escuchaba y tras un breve silencio le dijo:


-Venga, cuéntamelo todo.

La Plaza

El tímido sol primaveral enciende la plaza de colores de flores, del verde de los jardines recién podados.

La gente cruza las aceras mientras otros, sentados en los bancos, observan sin prisa su paso animado.

Giran los coches, revolotean los pájaros.

La suave brisa columpia las palmeras engarzadas.

Bajo el joven sol generoso, un hombre espera de pie. Confundido en este cuadro, insinúa una sonrisa, cuando la ve llegar, luminosa como un geranio, viva y solar, y acercarse a él.

En un abrazo que ciñe la plaza, el cielo, las palmeras, se funden con emoción, desde tiempo reencontrada.

sábado, 27 de febrero de 2010

La música invisible

Donna Ersilia despierta de un largo sueño animado por las voces que no puede oir y que siguen viviendo en su cabeza junto a los pensamientos, los recuerdos, los arrullos de su abuela cuando la mecía en la cuna.

La abuela Manfreda fue quien la crío pues su madre había muerto al darla a la luz así como su padre, el Marqués de Altavilla, en batalla contra los turcos.
Siendo Ersilia una niña, los turcos procedentes del mar, al mando del general Alí Pashá, invadieron las costas adriáticas de Apulia en 1620, destruyendo e incendiando las ciudades, arrasando las fértiles tierras, derramando el vino y echando a perder los ricos olivares de la región.
El padre de Ersilia había luchado contra ellos junto con otros nobles, al mando de pequeños ejércitos bien armados que al fin habían rechazado a los invasores, empujándolos hacia el mar por donde habían venido. Muchos años tardó la región en recuperarse y en volver a gozar de la prosperidad de antaño.

La abuela le había enseñado las letras y los números desde bien pequeña. En su cabeza algodonada, entre el recuerdo del ruído del mundo afuera, aún llevaba el eco de su voz cálida y firme:

-Ersilia, cuando seas el ama, deberás saber de números y de letras para que nadie te pueda engañar.

Ersilia había heredado las extensas y ricas tierras de su familia, en la rebelde y valiente Altamura, fortuna que se había acrecido al ser casada por su abuela, a la edad de once años, con el Conde Talarico, en Manfredonia, más al norte en la región de Apulia. El Conde era lejano pariente de Manfreda y el compromiso quedó sellado al poco de nacer la niña.

Al momento de su casamiento Ersilia llevaba ya cuatro años en su silencioso universo. Nadie sabía el por qué, pero todos en la casa recordaban que Donna Ersilia había dejado de hablar y de oir, de golpe, a la edad de siete años. Fue un susto, unas fiebres, un mal de ojo, el caso fue que la niña se cerró como un cofre y su llave se perdió por los pasillos y los sótanos de su palacio en Altamura, entre los fantasmas de sus antepasados y los de los sarracenos incendiarios.

Donna Ersilia se levanta y corre ligera hacia la ventana, la abre para que entre el día, para sentir el aire cargado de olor a tierra seca, a melocotón maduro, a uva vendimiada. El sol ya está alto. Ella sabe que afuera las cigarras ya estarán refregándose las alas en el aire caluroso y estático. Lleva su cuerpo menudo hacia la puerta, la larga melena rubicunda suelta y encrespada. Corre descalza por la ancha escalera y una vez en la cocina bate las palmas para anunciar su entrada. Rosalía, la cocinera, le prepara un tazón de leche tibia y pan de trigo duro huntado con aceite de oliva y espolvoreado de orégano.

Ersilia come con voracidad, como un perro hambriento. Sus gestos son siempre rápidos, impulsivos. Vuelve a menudo la cabeza a su alrededor para poner ojos donde no puede escuchar. Cuando termina, la joven criada Assunta la acompaña a su habitación para peinarla y vestirla. Ersilia escribe: vestido verde, el de seda de candongo. Hazme trenza.

La abuela Manfreda había provado e inventado maneras para que a su nieta no se le borrase la memoria. La palabra se había perdido, pero las letras y los números quedarían en su cabeza. Una pequeña pizarra atada a la estrecha cintura y un saquito con tiza, se convirtieron en su instrumento de conversación con el mundo. Ersilia escribía con trazo firme y rápido, luego volcaba la pizarra hacia su interlocutor, que en principio asentía o disentía, mientras ella esperaba la respuesta ensanchando las aletas de su perfecta nariz.

La familia Altavilla, así como muchos de los habitantes en Apulia, conservaba los rasgos de sus ancestros normandos y suevos, descendientes del Emperador Federico II y de su hijo Manfredo de Suevia, el cual había fundado, hacía cuatrocientos años en 1256, la ciudad de Manfredonia en el lugar donde había existido la antigua Siponto, destruida por un terremoto treinta años antes y por un maremoto ese mismo año.
De tez blanca y pelo rubio o rojizo, los ojos azul claro como las crestas del mar adriático, los suevos eran altos y delgados. Sólo Ersilia había quedado pequeña, aún manteniendo el porte erguido y elegante de su estirpe.

Con sólo diecisiete años, Donna Ersilia es la señora en la vieja masía de su marido el Conde, en Manfredonia. El Conde es anciano y aventurero y a menudo se encuentra en cacerías o viajes por sus extensas propiedades. Como otros nobles en la región, el conde Talarico se dedica febrilmente desde hace años a la recuperación de sus campos, a la replantación y a la protección de sus tierras.

Ha sido amable y comprensivo con ella, y a pesar de su perenne silencio, Ersilia ha llenado su casa de vida y exultación. Jugó con ella al principio, cuando recién casados pretendió, con vanos intentos, afirmar su condición marital, pero la niña se escabullía y su cuerpo huesudo no proporcionaba al Conde el necesario estímulo para despertar su ajada virilidad. Habían quedado así, como abuelo y niña, jugando y queriéndose, el anciano feliz, la niña caprichosa y consentida.

Los campesinos conocían al Conde por ser hombre honesto y benévolo, y no había más que ver cómo quería y trataba a la pequeña contessina.
Ersilia era más dura, a pesar de no pronunciar palabra. Sabía amedrentarles con solamente su mirada penetrante y el ceño serio de su cara. Muchos no sabían leer, pero ella se hacía acompañar por el factor quien les explicaba sus demandas, leyendo lo escrito en la pizarra. A pesar de su porte altanero, Ersilia era juguetona con los niños, cariñosa y amable con sus madres y con las jóvenes campesinas que la igualaban en edad.

En sus recorridos por los campos solía llevarles dulces, almendras garrapiñadas, galletas taralli anisadas, hechas con harina de trigo amarillo de Altamura.
La chiquillería le corría alrededor, tirándole del vestido y gritando su alegría, aunque ella sólo podía percibir su expectativa viendo sus bocas y sus ojos despalancados. Las campesinas le ofrecían melocotones confitados con licor de hierbas de Taranto, mientras la contessina se interesaba por sus familias, por su salud. Si percibía algún malcontento o le referían cualquier problema, ella lo llevaba a conocimiento del conde quien solícito, ponía remedio a la cuestión.


En la calurosa mañana de estío, mientras repasa las cuentas que el factor le ha traído, Ersilia espera la llegada de su marido el viejo Conde Talarico. Sabe que le traerá regalos, perfumes de ensueño, adornos de concha y plata para el pelo, abanicos orientales. El temblor del suelo batido por los cascos de los caballos le anunciará su llegada, y entonces ella se esconderá bajo la cama o en un armario, sabiendo que la estará llamando a gran voz, para salir de repente ante él, sáltandole a los brazos largos y delgados que a mala pena podrán sujetar su incontenible vitalidad.

Al atardecer Ersilia y el Conde pasean por los campos de vid, ella corre y tira piedras al suelo para sentir el retumbar de la tierra bajo sus pies, él la sigue con lento paso, firmemente apoyado en su bastón. Llegan a la higuera de cuyos poblados ramos, Ersilia recoge negros frutos de rebosante y meloso jugo. Están los dos sentados a la sombra del gran árbol, comiendo higos. El Conde la mira y sonríe mientras acaricia las llamas de su cabello resplandeciente de sol. Ersilia se lame la boca y los dedos pegajosos. Las cigarras cantan con su música invisible. Ambos se pierden en el deleite de sus sentidos.


lunes, 22 de febrero de 2010

Regreso a Naxos

VIII- Xanto


En aquellos días otros clientes se hospedaban en el hotel de Dina: un hombre de negocios suizo, serio y solitario, y una pareja italiana que solía discutir puntualmente en el desayuno y también a veces de noche, en su habitación. Afortunadamente la pareja se marchó a la semana de llegar Eneida.
Monsieur Alain, el suizo, tenía aspecto agradable, delgado y elegante, de unos sesenta años. Eneida no lo veía durante el día ni sabía a dónde iba a comer o a pasear. Se solía cruzar con él al atardecer en el patio donde él se sentaba siempre en el mismo rincón a la sombra, bajo la terraza de asclepias a leer en riguroso silencio un periódico financiero. Entonces sólo intercambiaban un educado saludo en inglés.
Nunca supo si estaba casado, en qué trabajaba. Sabía por Dina que era asiduo frecuentador pues venía con regularidad durante el año y siempre solo.

El segundo amigo de Eneida era Xanto, el dueño del restaurante donde acostumbraba ir a cenar. Xanto era un poco más jóven que ella, no estaba casado y se dedicaba enteramente a su cocina y a la atención que ponía en sus clientes. Se mostró bastante sorprendido y contento al verla de nuevo tras largo tiempo y siguió ofreciéndole el ouzo como antaño. Tenía la piel curtida y un aspecto tónico y robusto.
Eneida lo recordaba algo más jóven pero al verle reconoció facilmente su sonrisa, su voz melodiosa y los gestos amables con los que siempre la había acogido.
Tomó la costumbre de ir a cenar todas las noches y de conversar con él un rato, después que los clientes ya se habían marchado para seguir la noche en los pubs y discotecas cercanos y el restaurante se quedaba vacío y tranquilo, las pocas mesas en la calle a la merced de la húmeda brisa proveniente del puerto.
Él no le preguntó por Carlo y ella no hablaba de él.
Xanto había vivido cuando era muy jóven en diversos lugares, en Italia y en España, desenvolviendo trabajos variados en el campo de la hostelería, pero ahora llevaba casi quince años en Naxos con su pequeño restaurante. Su casa estaba en la planta de arriba del mismo local.
- ¿Cómo es que no tiene mujer? Le preguntó a Dina en una ocasión.
- Se dice que cuando estuvo en Italia la mujer que tenía le dejó, se fue con otro y por eso volvió a la isla. Pero eso son cotilleos, es lo que he oído. Sé que cuando regresó algunos hombres le tomaban el pelo y le miraban con menosprecio. Siempre ha estado solo aquí, pocos amigos y ninguna mujer, al menos a la vista.

Con los días Eneida fue adquiriendo confianza con él. Cada noche esperaba con ilusión la hora de cenar y la pequeña charla que tenían ante un Retsina fresco que ambos tomaban para rematar la velada.
Xanto la ponía al corriente de las novedades de la isla, los chismes sobre unos y sobre otros, los problemas de la pesca. Le aconsejaba algunos lugares para visitar donde ella nunca había estado y le hablaba de molinos y torres venecianas, de rocas que se adentraban en el mar.
Parecía que a él también agradasen esas veladas. Hablaba y comentaba con cordialiad, aunque siempre manteniéndose reservado sobre sus asuntos personales. Trataba a Eneida con respeto, dejando que la confianza se reforzase entre ellos de forma natural. Si ella no hablaba de sí misma, él tampoco lo haría.

Eneida volvía cada vez al hotel reoyendo su voz, imaginando los lugares que le había descrito y las historias que le contaba. Cada día se sentía más atraída por ese lugar, por sus gentes y, tuvo que reconocer, por Xanto. Hablaría con Dina, tenía proyectos, sueños, y quería compartirlos con ella.

A veces por la mañana, mientras Eneida desayunaba, Dina se sentaba con ella para saborear rápidamente un aromático café antes de iniciar las actividades que la tendrían ocupada durante la mayor parte del día.
Aquella mañana, dos semanas después de su llegada, Eneida se abrió con su amiga.
- He venido a quedarme, Dina.

Dina había imaginado que Eneida pensaba transcurrir una temporada en Naxos, para descansar y dejarse atrás todo el sufrimiento que siempre supone el fin de un matrimonio. No le había preguntado por el pasado ni por sus proyectos. La declaración la dejó muy sorprendida pero al mismo tiempo sintió un vuelco de emoción al saber que su amiga tenía realmente la intención de instalarse en la isla.

Ex Libris

Ojeando un libro que encontré en mi biblioteca, una biografía de Alejando Magno, en versión para niños, que me había sido regalada por mi abuela paterna al cumplir los nueve años, encontré con sorpresa en la primera página el sello de mi ex libris.
El sello me había sido regalado por mi padre en esa misma ocasión. Representaba un escudo en estilo cubista que contenía una ce y una eme en cursiva, mayúsculas, entrelazadas.

Al observar el sello, se apoderó de mi el pensamiento, la constatación, de que llegado un momento en nuestra vida, nosotros mismos cargamos con sellos de nuestra anterior pertenencia a algo o a alguien: ex marido, ex fumador, ex amante, ex etc. , y que jamás podremos quitarnos de encima.

viernes, 29 de enero de 2010

Historias de gatos para perros y viceversa I


Perla llegó por los campos una noche fría y lluviosa de noviembre, la más desabrida de las noches. Tras esperar un tiempo en la parte colindante del jardin con el campo abierto, empezó a acercarse con paso afelpado hacia la terraza desde donde yo la estaba observando. Sin temor alguno, habiéndonos ya cruzado las miradas, se acercó a mis pies y se restregó por mis pantorrilas, ronroneando. Un plato de leche caliente y algunas galletas de perro sellaron el pacto de amistad que desde aquel momento nos uniría para siempre.
Vaciado el plato, dudó en volver sobre sus pasos. Estaba mojada y fría, así que decidió entrar en la caseta de Vic, el viejo perro pastor, anciano y sordo, que hasta aquel momento había estado observando la escena desde el abrigo de su casa. La caseta de Vic, forrada de poliéster y abrigada con una lujosa moqueta rojo oscuro, que le protegía de la humedad del cercano Tíber hasta en las noches más cálidas, le ofrecía mejor resguardo que la campiña escarchada.
Perla entró maullando en el habitáculo de Victor y le saludó con tacto, delicadamente rozando el hociquillo contra el morro del viejo perro que de buen temple la aceptó a su lado.
Durmieron juntos, arrimados los cuerpos para mejor aprovecharse del mutuo calor. Ese fue el principio de la convivencia en mi jardin, entre la joven gata soriana Perla, y Victor, el pastor mestizo que yo había rescatado hacía dieciseis años de la perrera donde había nacido.
A la mañana siguiente, Perla se alejó por los campos por donde había venido. La busqué y la llamé, pero nada. Pensé: ya volverá cuando tenga hambre. El día seguía lluvioso. Vic se quedó en la caseta durante casi todo el día. Su huesos artríticos y doloridos ya no estaban para paseos.
Al anochecer oí al perro que se removía en su caseta. Me asomé y vi a Perla en la terraza junto a otra sombra oscura. Encendí las luces pues la noche estaba negra, con una niebla húmeda que pesaba sobre el jardin, y entonces vi que otro gato la acompañaba. Era de pelo rojizo, con ojos amarillos y redondos. Más tímido que Perla, se mantuvo distante en los primeros momentos hasta que saqué la comida sobre la que se abalanzaron.
Rómolo, así le llamé, era la pareja de Perla. Ella lo había traído porque sabía que en mi jardin habrían encontrado comida y cobijo. Vic no dejó que Rómolo entrase en su casa, su hospitalidad no daba para tanto, así que el animal durmió delante de ella, ovillado en el suelo. Esa noche no me percaté, pero al día siguiente, habiendo conseguido acercarme a él y tocarle, noté cómo además de su extrema delgadez, al respirar producía un sonido ronco y encharcado.
Se me encogió el corazón. Aún sin ser experta comprendí que Rómolo estaba gravemente enfermo. Estaba claro que Perla lo había traído para que le ayudase.
En los días siguientes hice todo lo posible por él. Los pulmones estaban infectados y había que operarle. El riesgo era muy grande, pero habría muerto de todas formas. Rómolo no sobrevivió más que un par de días a la operación.
Perla se quedó conmigo. Era dócil y cariñosa bajo su apariencia de gato asilvestrado. Pasadas unas semanas se fue nuevamente. Estaba claro que su naturaleza agreste la empujaba hacia los campos, lejos de las comodidades que yo le podía ofrecer. Sentí su ausencia. La esperaba todas las tardes y hasta me parecía oír su maullido al llamarme.
Volvió al cabo de dos meses, delgada hasta los huesos. Aguantaba delicadamente con la boca un pequeño bulto rojizo y empapado, que depositó sobre la moqueta, a los pies de Vic.

Vic y Perla ya se fueron para siempre. Al cabo de tantos años, Carlotta, ahora vieja y con el pelo más gris y amostazado por la edad, entra y sale ligera de la vieja casa de Vic donde duerme. A veces al atardecer, la descubro, sentada en la terraza, mirando el horizonte más allá del jardin, oteando los campos.