miércoles, 23 de diciembre de 2009

Regreso a Naxos

VII - Valente

La sucesión de divorcios, óbitos, desapariciones y alejamientos de todo tipo, había llevado a la extinción de los miembros masculinos de la familia, maridos, padres, tíos y abuelos, y sólo la implacable memoria de las hermanas Moreno mantenía en vida los pocos recuerdos que les concernían.

Soledad y Almudena, remembraban los acontecimientos del pasado con un tono vivaz e irónico, dejando amplio espacio a la maravilla y al estupor. La guerra, el sufrimiento, la muerte, las traiciones y la gloria, narrados por las tías, se convertían en hechos únicos e inolvidables, fuera de un tiempo que ya no podía tener ningún efecto sobre ellas.

- Cúentame lo del abuelo y la Virgen, preguntaba Eneida a su tía Almudena. Entonces Almudena repetía la historia que en familia se había convertido en leyenda.

El abuelo Valente, marido de Ifigenia, solía decir que la Virgen le había salvado la vida. Esta frase, sin sentido para sus hijos y nietos, debido a su noto ateismo, así como el de toda la familia, se interpretaba como una excéntrica rareza del abuelo.
Fue sólo muchos años después de su muerte ocurrida al principio de los años setenta, cuando Eneida, hablando casualmente con un testigo de lo ocurrido, supo la verdad sobre aquel comentario irónico y paradójico que tantas veces había escuchado, primero directamente por el abuelo en su infancia y luego por el resto de la familia, y que ahora la tía Almudena le contaba.

En vísperas de la guerra civil, el abuelo fue llamadado una noche por el alcalde republicano de Valencia, amigo suyo y que recientemente, le había sucedido en el cargo. Se le pedía que interviniese ante una muchedumbre anarquista y exaltada que se había reunido en la plaza de la catedral. La turba empujaba, torchas en mano, contra el portón románico de la catedral donde se encontraba la antiquísima estatua de madera de la Virgen de los Desamparados, santa patrona de la ciudad.

El abuelo era conocido dentro y fuera de la familia por ser hombre tolerante, de sereno discernimiento. Su constitución algo corpulenta, y la expresión del rostro amable, le conferían un aspecto de oso bueno, de plácida presencia.
Tras esquivar empellones y codazos, llegó a los escalones de la entrada donde se encontraban el alcalde en persona, así como numerosos alguaciles y guardias. Tendría que disuadir con la sola fuerza de las palabras a los hombres que se disponían a quemar la imágen sagrada.
Entre los presentes, algunos le reconocieron. Las voces se apaciguaron al unísono, cambiando su registro en un sordo rumor entrecortado por silbidos de protesta.

El abuelo Valente se dirigió a la gente con esta sencilla interrogación, de ciceroniano argumento, acallándola:
- ¿Por qué quereis quemar aquello en lo que no creéis?
Aprovechando el estupor general y el inmediato momento de reflexión que siguió entre los oyentes enmudecidos, unos brazos piadosos y apresurados se llevaron por una puerta secundaria la estatua salvada así de la hoguera, para dejarla en un lugar seguro donde quedó escodida hasta el final de la guerra.

Y precisamente después de la guerra, el abuelo, que había sido juzgado y condenado a muerte por los vencedores franquistas, debido a su actividad política durante los años de la República, fue a su vez amnistiado, pues entre sus acusadores más de uno recordó el episodio de la Virgen salvada por él aquella noche en la catedral.

Así pues, la Virgen le había de hecho, salvado la vida.

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La guerra marcó el destino de los Moreno y de sus familiares. El abuelo Valente, cuatro años de carcel en Cádiz y el inesperado indulto, pagó con la ignominia, el exilio y el osctracismo su pasado al servicio de la República.
Jamás se recobró de la vergüenza y del horror en los años vividos como prisionero político, durante los cuales veía desaparecer uno a uno y día tras día a sus más queridos amigos y compañeros.

De todas formas y al fin de transcurrir el tiempo en la carcel lo más humana y dignamente posible, el abuelo mantuvo ocupadas sus capacidades intelectuales en el estudio de tres idiomas –italiano, francés e inglés- y que a su vez enseñó a sus compañeros de celda.
El abuelo Valente había regalado a Eneida, cuando ésta tenía nueve años, la vieja y consunta edición del libro “Cuore” que había usado para el estudio del italiano, junto con el librito de gramática impreso en Roma en 1927. Eneida aún conservaba aquel libro que llevaba indeleble el sello con el número del prisionero y el visto bueno de la censura de la prisión.

Eneida recordaba la vergüenza que sentía de niña cuando en la vieja casa de los abuelos, la abuela Ifigenia criticaba y mortificaba a su marido Valente por su fragilidad emotiva, mientras él se escondía tras los pesados cortinajes color siena de su dormitorio, para no mostrar las lágrimas que seguían corriendo por los amigos desaparecios, por los hebreos exterminados, por la libertad suprimida.

El bisabuelo Valentín, padre de Ifigenia, siempre despreció la carrera y el destino de su yerno Valente. Valentín, el cual había continuado con el negocio de familia en el campo de la carnicería, se enriqueció durante la guerra con el comercio de la carne a uno y otro bando de la formación bélica.
Fue en aquellos años cuando ultimó el patio de Albamar, el huerto-jardín y la fuente con la cascada que rodeaba la casa.

El tío Tolo en cambio, hermano menor de Valentín y amigo del abuelo Valente, se dedicó a actividades de periodismo y propaganda, lo cual le costó la prisión y la fusilación en 1944. Bartolo, tío Tolo, no se casó y no tuvo prole, pero su memoria quedó siempre viva entre las hermanas Moreno las cuales conservaban artículos suyos, opúsculos y demás material ahora inofensivo, como puro recuerdo de un pasado exacerbado por el odio y por la venganza política.

Después de la guerra, la familia quedó dividida entre intelecutales y comerciantes, pobres y ricos, vencidos y vencedores.
Valentín, junto con sus hijas Almudena y Soledad y sus respectivos consortes habían, no sólo tenido en pie sino tambíen aumentado el negocio y la riqueza de la familia.

La tía Eneida y la tía Lavinia, con sus maridos, se habían visto obligadas a emigrar, sea por motivos económicos, sea por la necesidad de alejarse de posibles revanchas políticas y sociales tan comunes durante la posguerra, vista su conocida simpatía por el gobierno republicano.

La abuela Ifigenia había conocido junto con su marido el amargo sabor de la derrota política, el drama de la carcel y del resentimiento familiar. El abuelo Valente mantuvo las distancias con la familia Moreno y jamás quiso compartir con ellos su discutible bienestar económico.

Tras los años del exilio, de regreso a Málaga en 1949, Valente se refugió en su carrera de abogado en la que trabajó ganando lo esencial para vivir dignamente con su familia, aceptando a menudo honorarios en especie por parte de sus clientes que como él, eran en su mayoría, hombres vencidos y depredados de toda dignidad y riqueza.

Tras su muerte en 1972, la abuela Ifigenia permaneció en su retiro viviendo en casa de su hija –la madre de Eneida- y ya nunca visitó a sus hermanas en Albamar.

martes, 15 de diciembre de 2009

Regreso a Naxos

VI - Albamar

A lo largo de los años, Eneida había visitado con frecuencia a sus dos tías abuelas maternas en Albamar, la vieja villa de la familia Moreno en Benalmádena, en el sur de España. La presencia inmutable de Soledad y Almudena, de cuerpo grácil pero de porte orgulloso, era para Eneida un alivio útil y necesario para la recuperación de sí misma cada vez que se sentía perdida y pisoteada por el mal vivir con Carlo.
Las tías, octogenarias, no hablaban y no hacían preguntas inútiles o embarazosas. Su acogida siempre fue cariñosa y familiar. Eran mujeres jocosas, cultas e inteligentes, para las cuales las menudencias del amor y del desencanto eran episodios desdeñables de la vida que en cambio debía ser vivida por más altas y nobles razones.
Eneida quedaba desconcertada ante el espíritu de sus tías que desbordaban positivismo aún doblándola en edad y que hacían cuentas distintas con el tiempo por llegar, mientras ella, en cambio, se sentía ya al final del trayecto.
- “Es demasiado corta la vida”, -decía la tía Sole en las vísperas de sus noventa años- Aún queda mucho por hacer. Y mientras, cogía los tomos de la enciclopedia y los repasaba página tras página, en tanto que sobre su mesilla se erguía como en un trono desde hacía decenios, El Otoño de la Edad Media de Huizinga, su fiel compañero en las horas insomnes, cual testigo de un tiempo cruento, parecido, según ella, al tiempo por venir. Pequeña, altiva y tenaz, Sole conservaba más que nadie la fuerza y la exultación que había prevalecido en la familia Moreno.

La tía Almudena, más esquiva y martirizada sin piedad por la artritis y otros achaques, contaba cómo cada mañana al despertar, en cuanto su mente empezaba la fatigosa subida hacia la consciencia y aún antes de mover un párpado, un dedo, en una total ausencia de dolor, su primer pensamiento era: -“¡Estoy muerta!”. Después, al primer ademán de moverse, cuando empezaba a sentir las primeras punzadas y calambres que le eran tan dolorosamente familiares, entendía y decía en voz alta –“¡Ah, entonces aún estoy viva!”.
La tía Almudena caminaba encorvada por el dolor, pero su ser, luchador y vencedor, nunca se había rendido a las inclemencias de la vida.

Otras dos hermanas, la tía Eneida –cuyo nombre ella llevaba- y la tía Lavinia, se habían ido a América junto con sus maridos, en los años cuarenta o cincuenta. Tras la muerte de Ifigenia, la mayor de las cinco hermanas, ocurrida en el 2003 a los noventa y ocho años, se había perdido el rastro de Eneida y Lavinia desde su última dirección en Pensilvania, pues Ifigenia había sido la única en mantener el contacto con sus hermanas “americanas”.
En la familia se fantaseaba que tras quedarse viudas las dos, se habían trasladado, quien decía a California, quien a Florida, en busca de un sol y de un mar que pudiesen acercarlas a la luz y a los aromas de su lejana Málaga a donde no habían vuelto nunca más.
Eneida las había visto en una foto que su abuela Ifigenia le había mostrado cuando era pequeña: recordaba aún su aspecto sonriente y bonachón, de señoras de mediana edad que vestían pantalones y blancas camisas de algodón bordadas y llevaban gafas de pesada montura negra, estilo años sesenta.

Almudena y Soledad, las más jóvenes de las cinco hermanas se habían quedado solas en la casa donde habían nacido y vivido, tras la desaparición de sus respectivos maridos a principios de los años ochenta: el marido de la tía Almudena, el tío Felipe, había sido dado por desaparecido tras una separación considerada sospechosa en aquellos tiempos y luego ratificada de oficio cuando llegó el divorcio en 1981. El tío Manuel, marido de Soledad, había muerto en aquella misma época, truncado por un aneurisma mientras jugaba a las cartas con los amigos del Círculo de Benalmádena –o por lo menos ésta fue la versión oficial publicada en su necrológico, donde se omitieron los detalles escabrosos de su fallecimiento ocurrido en el apartamento en Málaga de su amante de hacía casi veinte años, Isabel.

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Albamar había sido construida por su padre –el bisabuelo de Eneida-, Valentín Moreno, a principios de los años veinte. La casa estaba situada en la cima de una breve colina, en la ladera de levante, frente al mar de Benalmádena. Quedaba pues en lo alto y alejada del bullicio de la playa.
Construída en una sola planta, excepto la “torre” donde se encontraba la incontenible biblioteca y que también servía, en ocasiones, de improvisado dormitorio con entrada aparte, al que se accedía por una escalera de caracol –usada en los viejos tiempos como tobogán por todos los niños de la familia-, la casa era muy espaciosa, de estilo andaluz, rodeada por una pequeña cascada de agua que descendía sin fin, llenando el día y la noche con su fresco tintinear.
En su interior, las habitaciones eran frescas, decoradas con muebles recios de estilo castellano, así como las puertas de roble, ornadas con hierro forjado y tachones antiguos.
En la parte posterior, el patio se asomaba a la colina donde el huerto-jardín descendía con sus gradas hacia el mar. Desde allí arriba, en los días límpidos, se podía vislumbrar el contorno brumoso de los montes Atlas, al otro lado del estrecho, en África.

En el trascurso de los años, la casa había sido frecuentada sobre todo en verano por invasiones a las que las tías llamaban “hordas”, de hijos y nietos, nueras, sobrinos y biznietos, que todos los años desarreglaban el jardín montando y desmontando camas de camping, improbables literas, mesas de picnic, sombrillas y tumbonas, y organizaban apresuradas barbacoas de las cuales, las tías después, recogían las cenizas en la fresca calma de la mañana.
Al principio de los años dos mil, la parentela había optado por otras playas más remotas y de moda, y Albamar había quedado sola y sin molestia, protegida y cuidada por las imperecederas Soledad y Almudena.

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En el dormitorio de tía Sole se encontraban varios estantes abarrotados de figurillas de madera, amuletos, objetos cotidianos elevados a santidad, copas llenas de agua para rememorar a los muertos, rosarios, símbolos propiciatorios de riqueza, fertilidad, fortuna, salud, talismanes contra el mal de ojo y la envidia, velas para los vivos y los ausentes, flores, frutas, bastoncillos de madera e incienso, plumas coloradas y crines para el vigor.
No importaba su orígen o procedencia. Los objetos eran increíblemente variados y diversos, venían de todas partes, antiguos y sin tiempo, como ella misma lo era ahora.
A Eneida llamaron la atención las numerosas copas de cristal, colmas de agua cristalina. El agua de donde venimos y de la que estamos hechos. Una copa para cada uno de sus muertos, padres, hermanos, amigos. Algunos de los cálices eran antiguos, de tallo labrado y fino, de cristal de plomo, de roca o de bohemia. El reflejo de las llamas de las cuantiosas velas encendidas alrededor, amplificaba el efecto de su transparencia y de su volúmen.

- Esa es para César, tu padre, dijo Soledad con naturalidad, entrando en la habitación, mientras indicaba una copa grande, para el agua, procedente de algun lote de familia de finales del siglo diecinueve.
Hacía quince años que el padre de Eneida había muerto demasiado pronto, de un mal fulmíneo y prematuro. Eneida quedó sorprendida al constatar que un miembro de su familia materna aún otorgaba tanto recuerdo y respeto a su padre.

- A él nunca le gusté, lo sé, me consideraba tal vez una estúpida ignorante y supersticiosa, pero yo le admiraba y me gustaban mucho sus pinturas vanguardistas y rompedoras. A papá –tu bisabuelo Valentín- nunca le interesó el arte, y como al resto de los intelecutales dentro y fuera de nuestra familia, a tu padre lo despreciaba. Tu abuelo Valente, mi cuñado, si que simpatizó con él. Le gustaban su irreverencia y ateismo, bien evidentes en el personaje y en su pintura.
- Esta otra es para tu tío abuelo Tolo, pobrecito.

La lista no terminaba, los estantes estaban repletos, y todo el amor que desprendían producía un calor benéfico que envolvía a Eneida cada vez que entraba en el cuarto de su tía, en un abrazo protector, amparándola ante la añoranza.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Como todas las mañanas


Como todas las mañanas,

cruzo a pie el puente de Monteolivete.

El sol empieza a asomar, puntual a su cita,

por detrás del cetáceo adormecido,

clareando los contornos de los árboles

que ahora adornan el antiguo cauce.

El cielo se va pintando con los colores del nuevo día.


La mañana es fresca y húmeda.

Pocos transeúntes y algunos coches cruzan el puente

deslizándose por sus sinuosas curvas,

bajo las fauces abiertas de la monumental arquitectura.
El día transcurre veloz entre las frías caderas

lamidas por el agua azul y cristalina.

Cuando la noche llega










Cuando la noche llega,

las luces alfombran mis pasos de vuelta a casa,

alejando las sombras,

y el cuerpo de acero y hormigón se torna manso,
casi tímido,

bajo la cúpula oscura del negro cielo.


jueves, 3 de diciembre de 2009

Regreso a Naxos

V - Carlo

Dura es la lucha contra el deseo,
pues lo que quiere lo coge a caro precio.
Eraclito



Algunas tardes, Eneida subía a la terraza donde se quedaba hasta el anochecer, pensando y recordando, acompañada sólo por los robustos y floridos cactus y por el perfume del exuberante jazmín que abrazaba gran parte de la veranda.
El azul punzante de la tarde, atravesado por la blanca, intensa luz del sol aún en lo alto y por el fresco soplo de la tramontana, evocaban en Eneida recuerdos de pureza, de un tiempo genuino y gentil, quando tendiendo el rostro hacia el cielo, sentía fresco e imperecedero, el primer hálito del amor. Volvía con la memoria a aquella espera impaciente, al trascurrir de los días envueltos en fantasías pueriles en las que la felicidad está próxima pero invisible, intangible y perfumada.

Había conocido a Carlo en España hacia el final de los años setenta y enseguida lo había amado. Lo había esperado durante largo tiempo y por fin lo había encontrado. Las fantasías de amor y felicidad se presentaban ante ella, en esta figura alta, morena y gentil, che siempre sonreía y la amaba con la mirada. Lo tenía todo de él, su pasión, su dulzura incondicionada che la envolvían y la mimaban, su cuerpo cálido y potente en el que batía, fuerte como un tambor, su corazón enamorado.

Durante dos años planificó con él su proyecto de unión. Él vivía en Italia pero viajaba a menudo y pronto tendría que marchar a Estados Unidos durante más de dos años para proseguir su carrera. Ella iba a continuar allí sus estudios, se iban a casar y luego se irían a vivir a Italia donde habrían comprado una gran casa con jardin y habrían tenido hijos.

Eneida esperaba llamadas de teléfono, abría con el corazón desbordado e impaciente las cartas que él le mandaba, escribía la intensidad de su amor en diarios, cartas, canciones y pensamientos que discurrían al galope.

Tuvo que enfrentarse a su familia, sobre todo a su padre César, el cual desaprobaba categóricamente su relación insólita, y se apelaba a su joven edad, momento demasiado prematuro para comprometerse con cualquiera.

Un día, mientras comían en un conocido restaurant de Madrid, César le repitió su consueto sermón:
- No hipoteques tu juventud, sería mejor si salieses con diez en vez de uno sólo!

Para César, artista excéntrico y anticonformista, la idea de novio tenía un retrogusto de convencionalismo burgués, que mal encajaba en el ambiente intelectual y liberal en el que Eneida habia crecido.

En aquel tiempo se repitieron las discusiones y las peleas. Por un lado Eneida estaba cada vez más decidida y fuerte en su convicción, ya que se sentía empujada por el profundo amor que nutría por Carlo, y por el otro, su padre, era siempre más consciente que su niña estaba lista para tomar un vuelo sin paracaídas que la habría llevado lejos de él, donde no habría podido protegerla.

Durante aquellos dos años y no obstante los desacuerdos con su padre, que se volvían cada vez más ásperos y amenazadores a medida que se acercaba el momento de su partida, Eneida dedicó toda su fuerza y aliento al fin de estar con Carlo, hasta que una fresca mañana de junio tomó un avión y lo alcanzó mas allá del océano, dejándose atrás los afectos de su infancia y juventud, a la familia, a los primos, a los amigos, el futuro que ya no habría tenido lugar allí. Tenía veinte años.



Han transcurrido muchos años tras los primeros dolores, las primeras heridas convertidas en profundas y dolorosísimas llagas. ¿Cuándo tuvo la primera desilusión, el primer engaño? Tenían poco más de veinte años y su vida estaba colmada por su amor recíproco, por sus proyectos comunes.

Era el principio de los años ochenta. América hospedaba sus sueños, los sigilaba mientras recorrían en coche sus infinitas extensiones y visitaban sus deslumbrantes ciudades.
Pero ya entonces Eneida tuvo prueba de engaños y menzoñas que ciega o erróneamente atribuyó a la joven edad de su adorado esposo.

La primera vez que le rompió el corazón, él se demostró mortificado y al verla tan decidida a dejarlo, le rogó de rodillas:
- ¡No te haré más daño, te ruego, no te vayas, ha sido un error mío!

Eneida lloró sus primeras lágrimas, sin saber aún cúantos amargos y abrasadores ríos habría de derramar.

La vez siguiente, Carlo no explicó sus razones ni se mortificó ante la petición de garantías que ella le hizo y dijo:
- No puedo darte garantías.

Tuvieron que transcurrir muchos años e innumerables desilusiones antes de que Eneida empezase a darse cuenta de que tal vez Carlo ya no la quería o como comprendió más tarde, nunca la había querido realmente. No sólo las primeras, comunes e inexplicables traiciones debieron abrirle los ojos a todo el dolor che podía esperar, sino también los comportamientos cotidianos en los que se percibía una cierta perversidad.

Eneida se dedicó en cuerpo y alma durante casi veinte años en adaptarse a esta forma de amor que nada tenía que ver con sus ideales de cariño y ni mucho menos con lo que ella siempre había sentido por él.
Cuanto menos la quería, más intentaba ella desesperadamente en comprender, prevenir y contrastar su alejamiento. Trabajaba, limpiaba, cocinaba. Realizaba todas las rutinas familiares con un sentido de vacío, porque no importaba lo que hiciese y cómo lo hiciese, ótra fuera de la puerta de casa iba a disfrutar del cariño y de las atenciones de él e iba a recibir el encomio que a ella se le negaba.
Mientras ella perseveraba en darse a sí misma en nombre de su amor por Carlo, él siempre encontraba motivos para vejarla y castigarla.

********

Los recuerdos se disuelven como vapor que resbala sobre un espejo. Tantas escenas, rostros, palabras y eventos han dejado el alma traspasada por grandes y pequeñas señas, cada una con su marca indeleble de dolor. Hasta la alegría de la maternidad quedó ofuscada por el amor que Carlo sistemáticamente traicionaba y pisoteaba.

Ahora con sus hijos ya mayores encauzados en sus vidas, Carlo vagando por los pasillos de su pasado, alejado de ella y distante como el mar que la rodeaba, Eneida se encontraba en un tibio regazo en el cual pensaba rehacer su hogar.

lunes, 30 de noviembre de 2009

La Voz Prestada



Los dos hombres avanzaban con paso lento y fatigado por la empinada calle. La ciudad eterna se extendía sobre sus siete colinas entre arduos declives y extenuantes subidas que para la gente anciana y otros ciudadanos más desventajados, resultaban difíciles de recorrer. En los meses estivos, los trayectos más sencillos, como ir a comprar al mercado o acercarse al banco o a la oficina de correos se emprendían con paciencia y si era posible, temprano por la mañana, cuando los cuerpos entumecidos, aún se beneficiaban del reposo nocturno.
Habían alcanzado la cima de la calle. Con fuerte resuello, las bocas entreabiertas, giraron a la derecha por una ancha avenida que afortunadamente se encontraba en zona llana y sombrosa.
Beppo, el más anciano y achacoso soltó el hombro de su amigo Enzo al cual había estado sujetándose durante la penosa subida. Ahora caminaban con paso más firme y tranquilo bajo los frescos platanares de la avenida, la agitada respiración tornándose un breve y cadencioso silbido.

Tras recorrer la larga avenida llegaron por fin a su destino, el Banco di Santo Spirito. En su interior, el amplio y antiguo atrio les refrescó las carnes con sus mármoles rosados y sus columnas de travertino. Se sentaron unos minutos en el fresco vestíbulo para amansar los pulmones mientras recuperaban fuerzas.

A Beppo le temblaban las piernas por la fatiga y la agitación. Enzo aparecía más tranquilo y confiado. Seis años más joven que Beppo, a sus setenta y cuatro mantenía buena parte de su fuerza y de su salud de antaño. Acostumbraba todavía a hacer largos paseos por las mañanas y seguía ocupándose de su pequeño huerto en el chalet de la playa en Ostia. Iba a menudo con su esposa Elisa a conciertos y a teatro, eventos que él amaba enormemente y a los que ella participaba por amor y resignación, para no quedarse detrás de su activo e infatigable marido.

No obstante, este día Enzo había podido constatar los efectos agotadores de la cuesta que acababan de recorrer, no sólo sobre el pobre Beppo sino también sobre sí mismo. Pero Beppo confiaba plenamente en él así que no le mostró su cansancio ni su asombro.

Beppo había pedido a su amigo que le acompañase esa mañana al banco para sostenerle en la caminata y sobre todo para que le prestase la voz. Desde que se había operado hacía un año y le habían estirpado las cuerdas vocales, Beppo se había quedado encerrado en el forzado silencio de su maltrecha y muda vejez.

Hacía casi un mes Beppo recibió una carta del Banco en la que se le pedía que se presentara para aclarar una situación embarazosa: tras la muerte de su mujer Amalia hacía ya tres años y no obstante los trámites hechos entonces por Beppo para suspender su pensión, la entidad pública había continuado suministrando dicha pensión en la cuenta de Beppo, la que siempre mantuvo en el Banco di Santo Spirito junto con su esposa desde que se casaran. El Banco había recibido una solicitud por parte de dicha entidad para devolver la totalidad de la cantidad erróneamente acreditada. Ahora Beppo tenía la palabra. Lo cual era un decir.

Se dirigieron hacia el despacho del director, habiendo informado al empleado de turno que les había preguntado, sobre la carta recibida.

- Buenos días Director, saludó Enzo al entrar en el abarrotado despacho.
- Buenos días, respondió distraídamente sin otorgar la más mínima deferencia a los dos ancianos señores que casi le doblaban en edad. Entonces reconoció a Beppo, quien le tendía la mano en ese momento, y preguntó a Enzo:
- Perdone, ¿usted es?
- Soy Enzo Taviani, amigo de Beppo Giusti.
- Si, pero no entiendo su presencia, es un asunto delicado y tengo que hablarlo en privado con el señor Giuseppe Giusti.
- Lo siento Director, pero mi amigo Beppo me ha pedido que sea su voz y que le diga de su parte cuáles son sus intenciones.
- Esto es muy insólito, Señor Giusti, dijo el Director dirigiéndose al tembloroso y pálido Beppo. Yo a este señor amigo suyo no le conozco de nada y aquí tenemos que hablar cuestiones privadas, no puedo hablar con él. ¿Cúal es el problema? ¿Se ha quedado usted mudo o sordo?
- Disculpe Director, tal vez no he sido claro, intervino Enzo. Yo soy la voz de Beppo, él está presente pero yo soy su voz, así que tendrá que hablar conmigo.
Enzo no estaba dispuesto a dar más explicaciones.

Tras largo debate sobre la legitimidad o no de la voz y quién habría hablado, el Director, más bien por cansancio, consintió escuchar a Enzo. La cuestión del dinero acreditado por error en la cuenta de Beppo era muy sencilla: el dinero se habría quedado ahí. El Banco no podía bajo ningún concepto disponer de él y devolverlo sin el consentimiento de Beppo, es más, en virtud de la larga relación que existía con su cliente, el Banco invertiría la cantidad en cuestión, si fuese posible con fecha anterior a la de la carta...
Por algún motivo, Enzo, no sólo había tomado el control de la conversación, sino que el Director se mostró de acuerdo en todo. Se discutieron detalles sobre los tipos de inversión, plazos y vencimientos y al final, Beppo, cansado pero sonriente, firmó los papeles.
Al levantarse, el anciano se despidió dándole la mano al Director, mientras que de su garganta excavada salió ronco y gutural, por el foro de su tráquea bajo el níveo pañuelo de seda que lo ocultaba, el único sonido que hubiese producido hasta ese momento: - Gracias.

El Director comprendió entonces el problema que afectaba a Beppo y entre golpecillos en la espalda y confusas palabras de disculpa y de ánimos, y un aquí estamos a su disposición, se despidió de él.

Los dos ancianos salieron a la calle donde el calor era mayor y más sofocante. Sin embargo, extrañamente, una ligereza les invadía, como la inconsciente alegría que se siente cuando en juventud cometemos alguna travesura. Ahora el camino hacia casa sería mucho más fácil, como cuando de niños corrían sin freno cuesta abajo.

Mireya Cillero Alfaro
2009

Viniste a recibirme...

Viniste a recibirme al aeropuerto de Fortworth con un lado de la cara pintado de azul y rojo, un dibujo concéntrico perfectamente acoplado a la geometría de tu mejilla izquierda. Dijiste que te habías hermanado con los indios Karakawa, por encontrarte en aquella parte de Texas donde aún vagaban sus almas. Te sentías amparado y protegido por los espíritus benignos de sus ancestros y sus talismanes de plata y turquesas, así como por el cuarzo que llevabas en el bolsillo derecho del pantalón y que manoseabas sin recelo incluso en público. La pintura parecía otorgarte título de gran jefe. Ahí estabas entre ellos para salvarte de terapias y dolores con los efectos benéficos de su presencia en el polvo de las praderas.
El horizonte en Texas es tan plano y extenso que los ocasos nunca tienen fin. En el largo atardecer, el paisaje árido y límpido se colorea de púrpura mientras la noche espera lánguidamente entre las sombras, como una novia inexperta.
En cambio, tu insesperada muerte llegó como la oscuridad repentina, de la misma forma en que se entra en una partida de ajedrez cuando las jugadas clave ya han sido decididas.
Desde entonces he regresado a menudo porque sé que en algún lugar del desierto, Luna Que Sonríe te acaricia la mejilla con una pluma de cenzontle gris.

Aún recuerdo tu sonrisa esbozada...

Aún recuerdo tu sonrisa esbozada, cuando con un suave y breve resoplido, apenas levantabas el labio perezoso, porque algo o alguien te había divertido con su ironía y peculiaridad.
Recuerdo tu carcajada abierta y espontánea cuando la comicidad y el istrionismo se insinuaban en la escena, llevándote a reir desde el alma.
Tu capacidad y facilidad de poner apodos al mundo entero, reinventando nombres y personajes, jugando con las palabras de un lenguaje que llevaba tu propio cuño.
Recuerdo el movimiento y los gestos de tu cara, de tu mirada, la manera única de expresar el estupor, la decepción, la constatación de lo mediocre.
El entusiasmo ante lo brillante, lo genial, lo único.
La manera de posar tus manos sobre la mesa, acariciándo el mantel mientras tus dedos jugaban con una miga de pan, un corcho de champán, un alambre. Los objetos adquirían movimiento para convertirse en formas de más alto significado. Esculturillas dejadas al deseo, a la imaginación de poder ver las cosas con ojos diferentes, más allá de una mesa puesta para comer, de platos sucios y cubiertos desparramados.
Tu delicadeza en el tacto y en la voz; la manera de sentarte con las piernas cruzadas, a la espera de que algún acontecimiento importante y sorprendente se fuese a desarrollar ante tí, siendo tú espectador interesado y crítico.
Tu caminar, lento y ligero, como un fluir por los eventos de la vida, dejando atrás lo no interesante, lo aburrido. El calzado cómodo y reluciente, marcando la huella de tu individualidad.

El principio

A.:
La luz acegadora de la habitación penetra por mis finos párpados. Está toda a mi alrededor, me envuelve, se insinúa a través de los poros, dejándome inerme ante su difusión. A veces, una sábana verde pálido que colocan sobre mi urna, disminuye su intensidad glacial. No hay posibilidad de amparo en la oscuridad. La oscuridad te protege, te calienta, te acuna haciéndote sentir ligero, casi etéreo. La luz en cambio, es impietosa. Como el frío, como la inmensa pesadez que me clava a este lecho. La luz me viola sin permitirme escapar de la impotencia, de la rabia.

Soy una piedra iluminada de luz. No puedo mover la cabeza, ni levantar un brazo o una pierna. Me siento agotada por este cansancio invencible que me aplasta, che ahoga mi llanto. Estoy vencida por el dolor de las agujas en mis manos, en la cabeza. Dolor, peso, fatiga, espacio infinito...

Una pequeña sábana enrollada y envuelta en torno a mí, contiene mi dolor, como un abrazo donde poder apoyar mis piernas inertes y rendidas.

Alguien me mira, me roza con dedos tibios, moviéndose con segura rapidez. Me sonríe, gesticulando la boca. Me lava, me alimenta, gira mi delicado cuerpo.

Siguen días sin noche, tiempo sin prisa. Duermo y estoy despierta. Sufro y respiro. Pero sé que cada minuto que paso aquí dentro me conduce hacia la fuga victoriosa, lejos de esta luz.


M.:
Hoy te he visto por primera vez. He venido a verte en tu mundo de vidrio aséptico y luminoso. Ahí dentro, el paso de los aparatos anula cualquier medida del tiempo. Un segundo, un batido; un minuto, mil aňos; una vida, un momento, como un batir de alas. Parecías rendida, ahí yaciendo, abierta de hecho, como una mariposa. Los ojos cerrados, contraídos por el sufrimiento che te desespera. Tenías la boca rígida de rabia. Tu esfuerzo era inhumano.

He intentado tocarte rozando con un dedo tu pequeño puño cerrado pero tú lo has apartado enseguida, de golpe. Todas tus experiencias hasta ahora están hechas de dolor. El esfuerzo que haces por estar en vida es tan doloroso... A partir de hoy he empezado a admirar tu fuerza, tu tenacidad, a amar tu fragilidad.

A tu alrededor una sábana envuelta que llaman nido contiene todo tu universo. El nido aligera la pesadez que te aplasta, te envuelve aliviando tus diminutos miembros. Me sorprende notar cómo una simple tela de algodón enrollada y envuelta alrededor de tu cuerpo, pueda reemplazar el regazo perdido y contener la espantosa e ilimitada falta de abrazo. El nido te lleva también al mundo perdido de la ligereza, cuando flotabas inconsciente.

Quisiera estar en tu lugar y enseňarte que el calor que te envuelve es la vida, que el peso que ahora te aplasta es la fuerza, que los límites alrededor tuyo sirven para contenerte y para dar un sentido a tu cuerpo martirizado; que tú ocupas un espacio lleno de amor. Que respiras por ti sola para vivir. Respiras, respiras.


A.:
He trascurrido aquí toda mi vida hasta ahora. He visto solo la luz perenne, sábanas verdes, caras que se acercan sonriendo a veces. Ya sé reconocer una de ellas. Sé por su sonrisa y por el toque de sus dedos que no me hará daño. Sé que pronto me llevará consigo, lejos de esta luz cegadora, envuelta en la penumbra de sus tibios y suaves brazos donde por fin conoceré el amor.


M.:
Hoy, por primera vez, he podido cogerte en mis brazos y tenerte durante un maravilloso rato en contacto con mi pecho, piel con piel, tú abrazada a mi, como en un marsupio, respirando mi respiración. Duermes y respiras y yo te envuelvo en mi calor. Así vas a aprender que el contacto no está hecho sólo de dolor sino de seguridad, amor y calor. Mis brazos son ahora el regazo que te acoge, el universo que te contiene. Mis brazos son el calor y el espacio donde tu vivirás.


A:
Ayer sentí que estaba entre sus brazos por primera vez. Me pareció como si hubiese nacido en aquel momento: abrí los ojos maravillada, la cara se me iluminó, volví varias veces la cabeza, percibiendo por primera vez la existencia del mundo a mis espaldas. Le sonreí tímidamente. Los colores, la luz y las formas aparecían vestidos de una intensidad diferente. Había nuevo ritmo en las cosas, un nuevo sonido, que no fuera solo ruidos estrídulos y vibración. Miré a mi alrededor sorprendida y desorientada, sintiendo por primera vez el auténtico calor de la vida.
M.C.A.
2000

Tapices

El taller de Caterina se llena de luz por las mañanas. Al abrir las cortinas, los rayos bailarines y polvorientos se cuelan raudos para pasearse por los carretes de hilo de colores, los tejidos plegados en los estantes, los tapices acabados que cuelgan de las paredes.
El taller aparece repleto pero ordenado, las mesas dispuestas para mejor aprovechar la luz que entra por el gran ventanal y que alumbra las máquinas de coser, las tablas de planchar, los cables, los ovillos de hilos sueltos, los retales en el suelo, las agujas y alfileres clavados por doquier.

Piero está sentado como de costumbre en la mesa del fondo, la más cercana al ventanal. Pespunta con dedos pálidos y delgados, el pétalo azul de la flor que compone el motivo central de su tapiz, el pulso tembloroso y sobresaltado, la espalda encurvada, el gesto rígido por la concentración. Sin darse cuenta pasa y repasa la lengua entre sus finos y lívidos labios. No levanta nunca la vista de su trabajo. Cuando alguien entra contesta al saludo con un lento y fatigoso b..b..b..buenos días.

Diana plancha los bordillos de la alfombra recién terminada, mientras balancea sinuosamente su enorme trasero. Habla y ríe a gran voz, cuenta historias lujuriosas y al final de la tarea acaba comiéndose una enorme porción de pizza rellena de mortadela. Después, aún con la boca llena, le pregunta a Piero si puede darle un beso en la boca, sin lengua. Piero agita la cabeza nerviosamente, denegando y balbuceando: - N..n..no..noo, gracias.

Carlo y Maria hilan y cosen perlas y piedrecillas alrededor de un elefante en la colcha diseñada por Maria. La colcha ostenta un aspecto exótico y refinado, digna de un lecho nupcial hindú. Carlo conversa con Maria, le cuenta de sus poesias y relatos, de cómo se siente un artista incomprendido en el mundo de los cuerdos. Rechaza con más ahinco que Piero, las insinuaciones de Diana. Maria no habla, está concentrada en su labor que asume con gran seriedad y responsabilidad. La colcha formará parte de una colección más amplia de alfombras y tapices que va a presentarse en la próxima exposición.

Los trabajos suelen exponerse en mercadillos y ferias, algunos son de notable interés. Las señoras compran especialmente los conjuntos para los cuartos de los niños, las cortinas, los cojines, los paños y delantales, todos de vivos colores. Las obras tienen un aura original, un toque infantil y al mismo tiempo artístico y profesional. Son un baile de colores y representaciones, de figuras y materiales conjuntados con armonía y gusto, pieza únicas que exprimen la complejidad y riqueza interior de quienes las han realizado.
En esta ocasión, todos trabajan en la colección “oriental” de María y en las piezas más populares, las que caracterizan el trabajo típico del taller, las alfombrillas para los niños que con su original ensamblaje en patchwork representan cuentos y fábulas, caperucita, la bella durmiente, los tres cerditos.

Con el dinero conseguido Caterina comprará nuevas telas, terciopelos, lana, algodones, brocados, lamés, hilos de oro y plata, botones, perlas, lentejuelas y demás material para seguir teniendo ocupado el talento de sus usuarios.

Ella está siempre sentada al centro, sin dar la espalda a ninguno en particular, ora habla con Maria aconsejándola sobre el color del hilo para las perlitas azules, ora con Diana para que acabe su trabajo y no distraiga a Piero o a Carlo. Su voz es siempre igual, baja y monocorde, el tono gentil, la sonrisa pintada en su rostro tranquilo. Las largas y delgadas piernas reposan estiradas bajo la máquina de coser, el negro pelo recogido para que no estorbe.

Hoy están trabajando con ella sólo los cuatro habituales. A veces también viene Luca. Él no se sienta ni trabaja, no podría si quiera sostener la aguja o tocar las telas. Permanece de pie mirando hacia el ventanal, balanceándose en su lento y eterno taconeo. Se queda ahí un rato, escuchando el pasar de los hilos a través de los tejidos y la voz cálida de Caterina. No habla con nadie ni se acerca a las mesas. Incluso Diana ha dejado desde hace tiempo de incordiarle.

También Marcelino aparece algunas veces, cuando su hermana no puede cuidarle o porque la peluquería está cerrada. Caterina le da retales que él recorta y dibuja con tizas de colores y después regala a Diana y a María. Sonríe y se entusiasma mirando los tapices colgados, los de los cuentos para niños. Siempre le pide a Caterina que le regale uno.

En el taller reina una atmósfera sin prisa, el único compás llevado por el constante repiqueteo de las máquinas de coser y el vaivén de las agujas. La mano que se alza y se lanza con gracia sobre el punto a coser, una tela sacudida para desprender de ella los hilvanes descosidos, el vapor intermitente de la plancha.
Quedan afuera del ventanal los acosos, el estrés, los miedos y temblores que le obligan a uno a encogerse por dentro, como un caracol sapenco, a cerrar los ojos y morderse la lengua.
En el taller cada uno es sí mismo y expresa su sentir y habilidad a través de los colores y las formas de las piezas creadas, como crisálidas que se abren dejando salir a su mariposa. No es necesario hablar o gustar o aparentar felicidad.
Pocos días antes de la inauguración, todos posan, algunos sonrientes y orgullosos ante sus obras, para las fotografías y folletos que reflejarán la dignidad de los rostros, las historias recogidas, hilvanadas y cosidas entre ellas, en este variopinto tapiz de lágrimas, risas y colores que se teje día a día en el taller.

Mireya Cillero Alfaro
Agosto 2009

El Doctor

El Doctor llega al Centro a media mañana. Como de costumbre, saluda a gran voz a todo aquél que encuentra a su paso, acompañando su saludo con un amplio gesto de la mano mientras que con la otra sujeta firmemente su bolsa de médico.
Por un instante se asoma a la recepción donde dos operadoras le devuelven mecánicamente el saludo.

El Doctor procede a grandes pasos por el pasillo, cuando se cruza con Marcelino:
- ¡Hola Marcelino! ¿Cómo va? En cinco minutos empezamos la reunión. ¡Sé puntual!.

Marcelino queda como hechizado por la mirada penetrante del Doctor cuyos ojos azul claro se le antojan un glaciar en avanzada deslizándose sobre su pequeño cuerpo. Le devuelve el saludo con la vista baja y se aleja trotando.

El Doctor se dirige ahora hacia la sala de informática, entreabre la puerta y asoma el espeso mostacho, saludando con voz seria y perentoria:
- Buenos días Luca, a ver si hoy participas con nosotros. Te espero, será muy interesante.

Luca devuelve el saludo y mira desconcertado a la profesora. La interrupción lo deja durante algunos minutos anclado a sus miedos y tras un breve momento de reflexión, traga saliva y reinicia con gran dificultad el tentativo de asir el ratón.

El Doctor llega a la última puerta del pasillo, la del taller de tapicería. Saluda a todos los presentes con entusiasmo:
- ¡Buenos días a todos, queridos! En cinco minutos empezamos. Hoy os quiero a todos puntuales y partícipes.
- Buenos días Sergio, le contesta Caterina con su voz sedosa. No te prometo nada, ya veremos quién acude.
Carlo y María se miran, sacuden los hombros abandonando su tarea de cosido tras percibir el gesto afirmativo de Caterina y se encaminan hacia la sala de lectura donde tendrá lugar la reunión.
Piero ni siquiera levanta la vista de su tapiz. Diana saluda al Doctor:
- Hola Doctor. ¡Qué guapo eres!

Una vez en la sala, Sergio preside sentado al centro del sofá. Los demás se acomodan en las butacas para la lectura que ahora están dispuestas en semicírculo a su alrededor. En un rincón queda el televisor apagado.
Sergio tiene una palabra para cada uno de ellos. Les pregunta interesándose por su estado, otorga un gesto de camaradería, una sonrisa.
Carlo y María apenas contestan. Diana se queda ensimismada mirándole la entrepierna.
Marcelino entabla con él una breve conversación sobre el partido del domingo. Se intercambian bromas y comentarios. Al poco rato, los demás aprovechan para levantarse y con vagos pretextos abandonan la sala para volver a sus actividades.

Sergio se despide apresuradamente de Marcelino. Va hacia la cocina donde pide un café a Clelia, la cual con mano temblorosa y los ojos extraviados, se lo vierte en una taza de vidrio color ámbar, la preferida de Sergio.
Después, Sergio vuelve a asir su bolsa y se dirige de nuevo a la recepción, tras haber saludado sonoramente a todo el mundo desde el pasillo.

Se despide por fin de las operadoras y al salir cierra rumorosamente la puerta.

- No le trago, dice Laura, la operadora jefa.
- Parece simpático, comenta Vera, la nueva.
- Qué va a ser simpático! Ese es un paciente más! A ti también te ha engañado!

Diana

Diana se manifiesta al mundo a través de su desbordante obesidad. Cuando no lanza palabras o proposiciones obscenas a su interlocutor, sea éste hombre o mujer, siempre está comiendo algo, con gusto y avidez, envuelta en un placer sensual.
Sus maneras son bastante agresivas hacia sus compañeros y a menudo hay que recordarle que deje en paz a Piero el tartaja o a Carlo el poeta, pues éstos se alteran y se cortan mucho con sus modales tan explícitos. Una vez Caterina, que dirige el taller de tapicería donde Diana pasa la mayor parte del tiempo planchando y deshilvanando, tuvo que regañarla porque había escrito bajo los carteles de los baños para señoras y caballeros, coño y polla. Entonces Diana se puso a llorar como una niña desconsolada, sacudiendo las carnes y sosteniendo que era la verdad y que era mucho más sencillo diferenciar así los baños y no con tanto coche de formula uno y tanto ramo de flores. Entonces Luca se indignó porque los carteles los había hecho él con la ayuda de la profesora de informática y había elegido él las imágenes. Tuvo que hacer otros, imprimirlos y al poco tiempo la cuestión quedó completamente olvidada.
Hubo un tiempo en que Carlo el poeta le dedicó algunos versos que ahora cuelgan de la pared del laboratorio de informática junto con los dibujos que él también le hizo. Representan las masas informes y sensuales del cuerpo de Diana sostenidas sobre el papel en improbable equilibrio de sombras y colores. Carlo ha puesto a la venta sea los dibujos que las poesías y esto ha ofendido a Diana en gran manera. Ahora lo provoca ofreciéndole besos en la boca que a veces le da, pero sin lengua.
En algunas ocasiones Diana está tan agitada que no se contiene ni en sus pesadas carnes. Levanta la voz y se enfada con todos, dice que gordo es guapo y que los demás no entienden nada, que ella se casará con un príncipe que un día vendrá a por ella y la sacará de esa cárcel. Entonces Caterina se la lleva a la terraza, la de los geráneos donde suelen salir las operadoras a fumar, y le habla bajo el tímido sol inviernal, devolviéndole la sonrisa y las ganas de bromear. Cuando regresan al taller, Diana envuelve en un abrazo potente y cálido a Caterina y le ofreze parte de su abundante almuerzo.
Diana es una niña en el cuerpo de un elefante. A pesar de esto, sus manos son ágiles y firmes y nadie como ella sabe planchar los bordillos de las alfombras y los retales para coser.
Representa un elemento importante en el taller de tapicería, pues es activa y solícita, y dejándose llevar por las pautas y contenciones de Caterina, siempre cumple con su tarea en la organización general.

Feli cumpleaños, Marcelino

Marcelino transcurre sus días en la peluquería de su hermana Ana. Desenvuelve tareas rutinarias y sencillas en un ambiente que conoce como su propia casa: limpia los cepillos, barre el suelo, lleva las revistas a las señoras. También ordena los rulos y bigudís en los cajones y dobla las toallas por colores.

Algunos días se pone una de las batas y se queda sentado largo rato en silencio, con los ojos cerrados, o bien, pasea sin cesar por el local. En esas ocasiones está taciturno y malhumorado, tal vez le duele la cabeza.

Generalmente es locuaz y amable, las señoras lo conocen y le tratan con cariño, pues él tiene siempre una palabra, un gesto para cada una, incluso alguna vez se ha atrevido a regalar un dibujo a una en especial.
- Éste es para ti.
- ¿Para mi? Pregunta la señora obsequiada. ¿Y que es?
- Es tu retrato, señora.
- Muy bonito, gracias Marcelino.

La señora observa divertida el retrato de una niña vestida de rosa con rulos en la cabeza, en medio de un prado verde y un cielo azul coronado por un sol amarillo.

Marcelino no tiene malicia. Su rostro está siempre enmarcado por una dulce sonrisa, por una alegre mirada de ojos almendrados y risueños. Cuando escucha las conversaciones de las clientas se queda ensimismado, un hilillo de baba resbalándole por la barbilla.

Su pasión es el fútbol. Conoce todos los equipos, los nombres de los jugadores y está al día de los partidos, los goles. Opina sobre cómo han jugado el domingo, por qué unos han perdido y otros han ganado. En la peluquería él es el experto en este tema, las mujeres le escuchan y aprecian sus opiniones de entendido. Es tal su lealtad, que además de los pantalones bermudas que siempre viste dejando descubiertas sus cortas piernas imberbes, nunca deja de ponerse la camiseta de su equipo preferido.

Todos los años, el día de su cumpleaños, se repite el mismo ritual. Ya unos días antes de la fecha Marecelino se dirige, una a una, a todas las clientas para invitarlas a su fiesta:
- Estás invitada a mi fiesta el jueves. Me harías muy feliz si vinieras. Habrá pastelitos y pizzas.

La señora acepta, como todas las otras. Alguna le llevará un detalle, un llaverito o algo similar, objetos relacionados con el fútbol, con su equipo favorito. Podría ser incluso una camiseta nueva.

Para la ocasión, Ana prepara una mesa en el fondo del local, cocina pequeñas pizzas con queso mozzarella, tomate y orégano que a Marcelino gustan mucho, una torta mimosa, su preferida, profiteroles de chocolate y nata.

El día del cumpleaños, Marcelino atiende impaciente a la entrada de la peluquería, controla la llegada de las señoras, nota si falta ésta o la otra, se pregunta si se retrasa, si no va a venir. No le perdonaría a ninguna que no viniese, por lo menos no le dirigiría la palabra en una semana.
Está exultante. Ha esperado todo el año y para la ocasión viste unas bermudas rojas y una camiseta roja y amarilla, la de su equipo; las zapatillas de deporte son nuevas, regalo de Ana.

Mientras su hermana preparaba el refresco, ya se ha comido sin que nadie le viese, tres profiteroles, de chocolate, que le gustan más. Lleva la marca delatadora en la sombra del bigotillo.

Por fin llega el momento de soplar las velas. Su hermana apaga las luces, en el salón de peluquería reina la expectativa. Marcelino se prepara, abriendo con desmesura los ojos, encogiendo los labios por donde soltará el aire que ahora aspira rumorosamente.
Aparece Ana con la torta, las señoras cantan cumpleaños feliz, cumpleaños feliz... Marcelino aplaude con vigor mientras su hermana posa la enorme tarta delante de él.
Entonces Marcelino, con toda la fuerza que sus pequeños y asmáticos pulmones le permiten, sopla y apaga de un solo golpe las 56 velas de su tarta.

La Clase (o de la fobia)

Luca llega como todos los miércoles a su clase de informática. La profesora le espera ya sentada frente al ordenador. Él se detiene en el umbral de la puerta, los largos brazos inertes y abandonados, su cabeza casi tocando el techo, su enorme y pesado cuerpo resoplando.
Ella lo saluda, lo invita a entrar y a sentarse. Luca da un paso y se queda titubeante, mirando la silla. Después de algunos segundos, la aparta con dos dedos, le gira a torno y finalmente se sienta sin quitarse si quiera la chaqueta.
Tras algunas preguntas de la profesora sobre cómo ha transcurrido la semana y otras cuestiones triviales a las que Luca contesta de manera lacónica y evasiva, y seguidas de un largo e inerte silencio, Luca, después de numerosos intentos por asir el ratón, con su mano suspendida a pocos centímetros sobre él, lo ase por fin y empieza a trabajar.
Sigue paso a paso las instrucciones de la profesora a la que escucha atentamente, siempre incierto y lento en la ejecución. De nuevo se bloquea algunos instantes cuando debe posar el dedo sobre el teclado, sólo y siempre el mismo dedo.
De vez en cuando recuerda que sus pies se apoyan sobre el suelo y entonces los levanta sobre las puntas, separándolos a turno de la superficie, como bailando, para que queden el menor tiempo posible en contacto con el pavimento.
Lo mismo ocurre con la mano que maneja el ratón, la cual a intervalos se aparta de golpe, como si éste hubiese empezado a arder y entonces la mano se eleva, queda suspendida en el aire y luego, tras interminables segundos de esfuerzo para superar el rictus, se vuelve a posar lentamente sobre el aparato.
La profesora lo exorta a proseguir la tarea, con voz gentíl pero firme:
- Venga, Luca, estás haciendo un buen trabajo. Continúa así.
Él observa a la profesora por si ésta cruza las piernas mostrando la obscena suela de los zapatos, por si estornuda o escupe saliva cuando le habla. Sigue con recelo el movimento de sus manos y de su cuerpo por si éstos pudiesen acercarse, tocarle, contaminarle.
Ella está muy atenta a no desencadenar sus miedos. Se queda sentada inmóvil durante dos horas, resistiendo al impulso de cruzarse de piernas, de tocarse el pelo o rascarse. Habla siempre con tono monocorde, entreabriendo apenas los labios, para que ni una gota de saliva pueda salpicarle a él.
Luca procede así todos los miércoles, fatigosamente, durante dos horas de lección, desde hace seis años.
Desde que quedó prisionero del horror que siente a entrar en contacto con un mundo sucio y amenazador. Su vida se rige, paradójica, entre el deseo de hacer y el terror a contaminarse. No puede ni siquiera tocarse a sí mismo, lavarse.
La lección ha concluido. Luca se levanta y espera mirando cómo la profesora apaga con un dedo todos los interruptores. Sale del aula para que ella cierre asiendo con su mano la manilla de la puerta, un gesto que él observa siempre con estupor y repugnancia, exalando pesadamente el aire una vez exonerado da tan disgustosa tarea.
Se despide de ella, y se encamina con valientes y rumorosas zancadas, hacia la calle sucia y polvorienta que lo acecha.

Rescate en el aguazal

Se vistieron con viejas prendas teniendo buen cuidado de cubrirse los brazos para protegerlos de las nubes de mosquitos que al amanecer ya empezaban a pulular por los alrededores del río.
Aunque en aquél momento del año, tras varios meses de sequía, el cauce del Tíber estaba en su nivel más bajo, sus aguas corrían amplias, oscuras y turbulentas, y sus fangosas orillas anidaban a grandes y pequeños roedores, así como sierpes y culebras. Calzaron pues altos chanclos de goma para mejor cruzar el aguazal en el que se encontraba la cabaña y para evitar también que las babosas y otros insectos se trepasen por sus pantorrillas.
Metieron en una caja de cartón guantes de jardinería, tenazas, alicates y otros aperos que puediesen tornarse útiles. Se pusieron gorras con visera para ocultar el rostro y el cabello.
Salieron en silencio y se dirigieron hacia el río que quedaba detrás de la casa, a través del camino de tierra cubierto por el alto cañaveral y demás maleza que crecía salvaje y libremente a sus costados. La cabaña se encontraba a pocos metros del río, a espaldas de otro edificio al final de la calle. El camino más cómodo y corto habría sido recorrer la calle hasta el fondo, rodear el edificio de ladrillos rojizos y encaminarse por el estrecho atajo que llevaba hacia la cabaña. Sin embargo, por la calle, a pesar de la hora temprana, habrían podido ser vistas y no obstante el atuendo, reconocidas.
Floriana, la mayor de las dos mujeres y la que había organizado la salida, conocía bien el camino del cañaveral po el que solía dar largos y solitarios paseos con sus perros, todos los días del año, con lluvia, frío o calor, de día o de noche o como ahora, al amanecer. Floriana era una mujer segura y enérgica, habituada a las inclemencias de la naturaleza y de la vida.
Silvia, más jóven y tímida aunque más robusta, nunca había pasado por ese camino hostíl. Seguía a su amiga cargando con la caja y sintiéndose agitada por el temor a ser descubiertas. Floriana le había pedido que la acompañase ese día. Silvia sentía admiración y respeto por su amiga que sabía cómo actuar y era coherente y decidida en sus convicciones.
El sol asomaba ya por detrás de los cerros y prometía, como siempre ocurre a principios de agosto, un día de calor bochornoso. Las dos amigas caminaban a paso ligero para cubrir cuanto antes la distancia inhóspita que separaba su casa de la cabaña. Tras haber recorrido pocos metros empezaron a oir los lamentos, seguidos y monótonos. Apresuraron el paso, con el corazón encogido. Los lloros no llegaban a ser gritos, sólo sollozos, como débiles aullidos atrapados en una garganta ronca y seca.
Llegadas a la cabaña, los lamentos se atenuaron volviéndose intermitentes.
Empezaron a cortar con los pequeños alicates la gruesa cadena cerrada por un candado viejo y oxidado. La tarea les llevó más tiempo de lo previsto y resultó ser muy difícil. Después de largos minutos de inútil forcejeo, hiriéndose con las hojalatas y planchas onduladas, habían infligido sólo algunas muescas y cortes en los duros eslabones.
Había que apresurarse porque los gemidos se oían siempre más débiles. El calor empezaba a apretar y las planchas a recalentarse.
Mientras Floriana insistía con la cadena, Silvia dió un rodeo a la cabaña. Observando las planchas que formaban las destartaladas paredes, vió en el lado que daba al río, donde el terreno era más fangoso, una esquina sujeta sólo con un trozo de alambre. Rápidamente entre las dos cortaron el hilo de hierro y arrancaron parte del panel, y aunque agachadas, pudieron entrar en su fétido interior.
En un rincón, temblorosos, sucios, al extremo de su fuerza, entre excrementos, hambrientos y deshidratados, dos perros cachorros las miraban sorprendidos y temerosos. Tenían el cuerpo cubierto de diminutas arañas rojas y los ojos infestados. Las mujeres cogieron a los cachorros, sacudiéndolos para despegarles del pelo las arañas que caían como polvo y los metieron en la caja.
Salieron corriendo. Con la doble sensación de haber robado y al mismo tiempo de haber salvado a los animales, se metieron en el coche de Floriana y se llevaron a los perros al refugio canino que se encontraba en la otra parte de la ciudad.
En el pasado, Floriana que vivía enteramente dedicada a la causa, había entregado al refugio a numerosos perros encontrados abandonados, perdidos, heridos o maltratados. La semana anterior había llevado allí junto con Silvia a un gato malherido que habían recogido en una cuneta.
Ahora tenía en Silvia a una valerosa y fiel aliada.

Mireya Cillero Alfaro
1999

Noche de Ferragosto



I

Antonio se levantó bruscamente. Hacía calor en la habitación y necesitaba más aire. Paola yacía a su lado, de espaldas, el largo cabello rubio abandonado sobre la almohada. Dormía un sueño profundo y sin sueños, como al que nos solemos entregar después del sexo. Ni siquiera la oía respirar. Recorriendo con la mirada su espalda desnuda y bronceada, revelada por la tenue luz de las farolas, le sobrevino el recuerdo del placer intenso con el que momentos antes habían cabalgado juntos.
Le ardían la garganta y el pecho en esa noche de ferragosto
[1], cuando en Roma el aire se torna llamarada, y las paredes de los edificios en las estrechas calles del centro devuelven como un horno abierto todo el calor acumulado durante el día. Aquella noche, en casa de Paola, el calor era una amenaza, un enemigo que le cerraba la garganta y le oprimía el pecho sin tregua.
Desnudo, con el miembro aún obstinadamente erecto, Antonio se acercó a la ventana en busca de una brisa, de un alivio que aplacara ese alacrán que le mordía el pecho a traición, sin aviso y sin razón alguna. La calle silenciosa recibió su necesidad de aliento con un abrazo ardiente y asfixiante del cual se apartó rapídamente.

Pensó en despertar a Paola. Quería contarle todo sobre el peso que lo doblaba. Paola era mucho más jóven, poco mayor que su propia hija y en aquel momento Antonio pensaba que la juventud era omnipotente y eterna y que con su fuerza le habría liberado del dolor que lo atenazaba.
¡Qué bella era y cómo le seguía gustando después de un año de relación! Además de compartir el trabajo y los continuos viajes al extranjero, Paola le había atraído desde el principio. Le habían fascinado su independencia y seguridad, aún siendo cálida y femenina. Extrañamente, desde que salían juntos, él había dejado de ir en busca de otras mujeres. Ya no sentía interés por ellas como antes, cuando su ánimo narcisista, y a pesar de su matrimonio con Lidia, le había llevado a la conquista incesante del otro sexo.
Ahora, con cincuenta y cinco años y el aspecto aún tónico y juvenil, Antonio se había convertido en el amante fiel de su jóven compañera de trabajo.

Lidia, su mujer, lo imaginaba volando o a punto de salir para ir a encontrar al enésimo cliente en el enésimo país o ciudad o emirato donde él solía ir. El día y la hora del vuelo eran conceptos vagos y elásticos, con los cuales se podía jugar facilmente al tratarse de distintos lugares, horarios y calendarios de trabajo. Esto permitía a Antonio pasar mucho tiempo con Paola, allá donde se encontrasen, o en la misma Roma, como esa noche.
Lidia había sufrido por los deslices de Antonio en el pasado, pero le quería. Él la trataba con cariño, siempre le traía un detalle a la vuelta de sus viajes, y con el tiempo se había vuelto más cauto y discreto en sus amoríos. Lidia yacía aquella noche sola en su cama, poco lejana de allí, en el barrio de

Trastevere al otro lado del Tiber donde habían vivido siempre, y en su desvelo pensaba si en Dubai haría el mismo calor que en Roma.

Antonio pensó en ella, la madre de sus dos hijos, la compañera de su vida hasta hoy. La imaginó sola en la cama que habían compartido durante casi treinta años. La echó de menos. Echó de menos su paciencia, su buen carácter, cómo le habría atendido y consolado en aquel momento.
Sabía que la había hecho sufrir, pero tal y como había aprendido desde niño en su lejana Sicilia, a la esposa se la respeta porque es la madre de tus hijos, y la amante debe encontrarse siempre en el camino hacia casa; “el aperitivo en la calle y la comida en casa”, se solía decir.
El recuerdo de Lidia le provocó un dolor nuevo en el pecho, como una aguja que se clavaba en el esternón. No obstante el calor y el sudor que lo empapaba, y tener la garganta seca y agarrotada por la gran sed, empezó a sentir frío.
Se fue hacia la cocina. Las piernas flaqueaban, vencidas. Cruzando el vestíbulo tropezó con las dos maletas que estaban ya preparadas. Fue dejando huellas de sus manos húmedas y frías sobre las paredes del pasillo que atravesaba sumido en la oscuridad, mientras se iba acercando al agua fresca que bajaría por su garganta procurándole el alivio que tanto ansiaba. Frente al frigorifico, una nueva punzada le dobló, hacíendole caer de rodillas, en una absurda postura de plegaria ante el electrodoméstico que zumbía. Intentó alcanzar con la mano temblorosa la manilla de la puerta que de repente parecía elevada y distante.

Quiso llamar a Paola para que abriese ella la puerta y cogiese la jarra y se la arrojase entera en la cabeza, en la boca reseca, en el pecho ardiente y dolorido y al mismo tiempo lo abrazase con su cálido cuerpo, con sus pechos, con su pelo, para quitarle este frío que lo paralizaba. No le salió la voz. Sabía que ella dormía plácida y serena, como duermen los niños agotados, sin preocupaciones, sin culpabilidades.
Esa noche la había llevado a extremos inusitados de placer, gracias a las pastillas azules que él y sus compañeros compraban a bajo precio en sus viajes a Riad, Oman o Dubai, y que traían, vendían o regalaban, y que él siempre tomaba cuando pasaba la noche con ella.
El dolor se había extendido al brazo izquierdo, perdió el equilibrio y se dejó caer a un lado, sobre el suelo de azulejos blancos. Estaban tibios por el calor del cercano frigorífico y esto alivió momentáneamente el helor de sus brazos y el sudor frío en la sien. Ni siquiera notó le dureza del pavimento. Se imaginó acostado junto a Paola, ¿o era Lidia?, la cabeza sobre la almohada y la mano reposando sobre su cadera. Comprendió y cerró los ojos. Se quedó quieto y entregado pocos segundos más hasta que todo cesó. Sólo su pene se mantuvo duro y firme, desafiando a la muerte ineluctable.


II

Paola se despertó sobresaltada al oír el ruido en la cocina. Vió que eran las dos de la madrugada en el despertador digital de su mesilla y se quedó escuchando. Moviéndose con pereza constató que Antonio no estaba a su lado y lo llamó. ¿Se habría levantado para ir al baño, a la cocina? No hubo respuesta. Fue medio dormida en busca de agua y de él, para llevarlo consigo a la cama y volver a anidarse en sus brazos.
Antonio era el amante perfecto para ella. Sin compromiso, llevaban adelante la relación con fluidez, sin tener que pasar por los escollos con los que en la convivencia inevitablemente uno se termina tropezando. Él era jovial y divertido, maduro, excelente en su trabajo y en la cama. Había aprendido mucho de él en ambos ámbitos. Le tenía cariño y simpatía y le respetaba enormemente a nivel profesional, dada su edad y experiencia.

Desde el pasillo lo vió, en el suelo frente al frigorifico, en posición fetal, como dormido. Pensó que había ido allí en busca de frescor, huyendo del calor sofocante del dormitorio. Cuando lo sacudió suavemente con la mano comprendió que algo grave ocurría, y en ese momento se le volcó el corazón y las entrañas se le encogieron. Le sacudió con más fuerza para que despertase de ese sueño absurdo e incómodo.

Estaba sola con él. Nadie sabía que estaban juntos aquella noche. Pensó en la mujer de Antonio, en Lidia, a la que no conocía, pensó en una llamada a las dos de la madrugada, ¿A quién? ¿Por qué? ¿Con qué explicación?

En pocos segundos el corazón se recobró de sus vuelcos aunque quedó acelerado y batiente como un tambor, y ella pudo pensar con lucidez: llamaría a Edoardo, el mejor amigo de Antonio y compañero de trabajo desde siempre.
Edoardo conocía a Antonio desde su juventud, habían compartido aficiones, trabajo, mujeres. Sabía de su relación con Paola pues trabajaban los tres juntos en los mismos proyectos y a menudo hacían los mismos viajes. Él sabría qué hacer.
Edoardo llegó poco después, tranquilo y eficiente como siempre. Antonio estaba muerto y Paola lloró con desolación y rabia. Entre los dos lo trasladaron al sofá de la sala y lo vistieron. El pene seguía erguido, único hálito de vida en su cuerpo inerte.
Edoardo recogió el reloj de pulsera que había quedado en la mesilla junto a una caja de píldoras azules que se metió, rápida y discretamente, en el bolsillo, así como pocos enseres más esparcidos por la casa.

En la noche de ferragosto sólo algunos amigos quedaban en la ciudad. Edoardo les llamó. Entre todos acordaron una versión oficial y piadosa de lo ocurrido y que unánimamente habrían reforzado ante Lidia: Antonio y Edoardo habían ido a recoger a Paola a casa de ésta para ir al aeropuerto. Por el gran calor, Paola les había invitado a subir y ofrecido un refresco. Poco después Antonio había empezado a sentirse mal. Lo demás era historia.

Mireya Cillero Alfaro

2008


[1] En Italia viene así llamado el 15 de agosto, pues representa el ápice del verano y del calor. En esta fecha la mayor parte de la población se encuentra de vacaciones lejos de las ciudades. Es tradicionalmente día de fiesta y de descanso.

Regreso a Naxos

IV - Ruinas


Eran los últimos días de agosto, y aunque la mayoría de los turistas ya empezaba a marcharse de la isla, las calles seguían activas y ruidosas tanto de día como de noche. Sólo la luz del sol había cambiado, tornándose más fría y límpida, de modo que al atardecer resaltaban las sombras proyectadas sobre las paredes encaladas de las casas y el azúl cobalto de las puertas y ventanas.
El rojo de los ibiscos, el amarillo de las solandras, el púrpura de las buganvilias se mostraban más fuertes e intensos ante este sol de verano tardío que aún bronceaba la piel y entibiaba los sentidos.
Tenues residuos de jazmín y de lavanda se mezclaban con el aire húmedo y cálido del atardecer.

Eneida no iba a la playa ni seguía los recorridos establecidos para los turistas y demás visitantes. Solía sí, pasear a veces temprano o al atardecer por la orilla, cuando las familias se encaminaban hacia los hoteles, apartamentos y estudios, cargadas con colchonetas, sombrillas, flotadores y demás ajuares playeros.
Le gustaba mezclarse entre la gente, merodeando por las calles del pueblo. A mediodía almorzaba en el hotel, a veces en compañía de Dina, una ensalada de tomates y feta. Pasaba horas leyendo en la terraza libros usados en inglés, francés e italiano, que otros clientes habían ido dejando.
Por la noche le gustaba ir a cenar al restaurante de Xanto donde comía musaka o lubinas bebiendo un Santorini seco y bien frío, saboreando después el ouzo de gusto anisado y retrogusto de coriandro que Xanto le ofrecía con sonrisa cómplice pues a algún otro cliente se lo cobraría.

En los días siguientes a su inicial encierro, Eneida recorrió la isla sola, en autobus o en el coche que Dina le prestaba. Fue a Anguida a visitar el antiguo santuario, se desplazó por la carretera llena de curvas que lleva hasta Moutsuna, en la parte oriental de la isla, desde donde podía divisar las pequeñas cícladas al fondo y escuchar el dialecto incomprensible de los pescadores que entre bromas y silbidos a las pocas turistas alemanas e italianas, acababan a golpes con la vida de los enormes pulpos recién traídos.
También fue a la fortaleza veneciana de Sangri y se desplazó hasta Filoti, en el interior de la isla, donde pasó el día subiendo y bajando cuestas. Visitó Kastraki y Alikós y otras playas y localidades a lo largo del litoral donde había estado con Carlo, entonces completamente solos, parecía ahora en otra vida. Fue a Apólonas al norte, donde yace la gigantesca estatua de Apolo, tanta historia reunida en pocos centenares de kilómetros cuadrados donde ahora vivían gentes alegres, sencillas y acogedoras que en tiempos recientes habían empezado a conocer cierta prosperidad gracias al turismo proveniente del continente.
Eneida había vuelto entre ellos con el afán de un desterrado que regresa a su patria, henchida de nostalgia y de cariño hacia ese lugar.

Nada la ataba de donde venía, nadie la esperaba. A sus casi cincuenta años y un cuerpo que había cedido a las inclemencias del metabolismo y de la maternidad, Eneida conservava sin embargo un aspecto dinámico y juvenil y aquí aún despertaba intereses y ojeadas por parte del público masculino.

Regreso a Naxos

III - Despertar

Durante los primeros días Eneida permaneció en el hotel. Ese tiempo transcurrido en soledad era necesario para dejarse atrás el vacío y el dolor que había significado el fin de su vida con Carlo en Roma.
Por la mañana temprano, oía el ruido de la pequeña ciudad que despertaba, de las primeras persianas que se levantaban, de una motocicleta que pasaba a gran carrera. El pueblo era ruidoso y la gente acostumbraba a gritar de parte a parte de la calle, para saludarse, para ofrecerse el primer café.

En la intimidad de su habitación miraba a su alrededor intentando reconstruir con el pensamiento las impresiones y emociones de los últimos tiempos hasta su arribo al puerto seguro donde ahora se encontraba.
Recordaba con aprensión el momento exacto, dos años antes, el que había significado el principio del fin.
Carlo se lavaba los dientes y ella se había acercardo por detrás para abrazarle y apoyar la cara sobre su espalda. Él se puso rígido.
-¿Qué te pasa?
-Déjame en paz, ya hemos hablado y no quiero discutir.
Lo miró desconcertada, sintiendo el miedo que la envolvía, sabiendo que si continuaba iba a terminar mal, pero no pudo dejar de hablar, no podía parar, tenía la necesidad masoquista de sacarle de su escondite, de que le dijera todo, lo indecible, las palabras que tal vez por piedad, él no había aún pronunciado.
-¡Entonces no has entendido nada!
-¿Entendido qué?
- Todo lo que te dije ayer noche en la cocina, creía que lo habías entendido.
Ella lo había entendido demasiado bien, aunque él no había pronunciado la palabra “dejo”, y se había limitado a utilizar varios sinónimos.
-¿Me vas a dejar? Se atrevió por fín ella a preguntar.
Él la miró con una pizca de miedo, tal vez sorprendido por su valor.
-Si, dijo liberándose de un peso.
- ¿Quieres decir que ya no me quieres?, insistió ella con cabezonería.
- Si.
- ¿Que lo nuestro ha terminado?
-Si.
Entonces lo había entendido, de pie, apoyada contra la puerta del baño para no derrumbarse.
Carlo delante de ella, estudiaba su reacción.
- Entiendo, dijo Eneida con un hilo de voz. Entiendo, y había salido del baño corriendo.

Antes, aquella misma mañana o más bien de madrugada, ella había despertado bruscamente de un sueño.
Qué extraño había sido soñar que era jóven y despertarse de repente con casi cincuenta años.
El tiempo. Todo se contenía en ese reloj de cocina al que Eneida miraba atónita, mientras, a las tres de la madrugada, intentaba placar sus demonios tras la discusión con Carlo, ante una taza humeante de manzanilla.
Sus manos se aferraban a ella para parar el mundo que giraba vertiginosamente en aquel momento. Parar. Parar el tiempo. Los segundos transcurrían llevándosele el aliento.
Qué bello había sido dormir y soñar, hasta que como un resorte de reloj, se le habían abierto los ojos de golpe. Había soñado que era jóven, cuando los amores colegiales te encendían las mejillas hasta no poder respirar.
Qué extraño había sido despertar, el sueño y el recuerdo esfumados, y volver al peso de la obscuridad sobre su cuerpo supino.
El cuerpo inmóvil de Carlo a su lado, abandonado sobre un costado, dándole la espalda, la cabeza reclinada reposando sin almohada, la respiración profunda y ritmada.
Por un momento, al despertar, no había reparado en su presencia pues creía estar aún en la cama estrecha de su juventud, un pie tendido hacia la pared, el otro doblado bajo la pierna, la mano sobre el vientre. En cambio, al ir retomando consciencia había sentido la amplitud del lecho que albergaba también el cuerpo quieto y lejano de él.
En otro tiempo le habría rozado el costado y él suavemente se habría girado hacia ella para envolver con el brazo libre su estrecha cintura.
Ahora su cuerpo yacía cerca pero distante y Eneida sabía que al tocarlo habría seguido así.
Por eso se había levantado a fatiga, abrumada por el brusco despertar, los huesos y músculos aún rígidos, las palabras no dichas entre ellos pocas horas antes, zumbando en la cabeza.
En la cocina había dejado que la manzanilla fluyese por su garganta, y lavase suavemente el agrio sabor de la añoranza y del devenir, en tanto que el reloj la acunaba con su cantilena inexorable.

Regreso a Naxos

II - Reencuentro

El bimotor turbohélice se posó con ligereza sobre la estrecha pista del pequeño aeropuerto de Naxos y frenando sin esfuerzo, viró hacia el terminal, apenas una cabaña donde el escaso personal efectuaba los trámites de salida y de llegada a mano y bajo el canto estrídulo de las cigarras. El paisaje alrededor se presentaba poblado de olivares que descendían en filas ordenadas hacia el mar. Un suave repicar de mástiles anunciaba la presencia del cercano puerto isleño.

Pocos minutos antes Eneida había sobrevolado la isla a la que regresaba tras largo tiempo. Había podido divisar sus valles y playas, las montañas, los viñedos y las corrientes de agua. Había obervando el pueblo inmutable, emperchado en la colina, la cala, los barcos, a los pescadores y a los niños que jugaban en el muelle.
Había divisado también la casa de Dina, inconfundible por su terraza cargada de asclepias, echinopsis y otras variedades de cactus, una exuberante colección a la que Dina era apasionada.
Su casa albergaba desde hacía años a ingleses, suizos y alemanes que se refugiaban en la isla durante cortas estancias en cualquier época del año para descansar, soñar u olvidar.

El trayecto hasta el pueblo fue breve, cruzando campos en un destartalado taxi que la dejó delante del hotel.

Además de la terraza, la casa tenía dos plantas: en la planta baja dominaba un amplio salón cómodo y luminoso, decorado con muebles rústicos, donde los huéspedes desayunaban grandes tostadas de pan casero con mermelada de higos, café fuerte y yogurt con miel. En frente de la sala se abría la cocina espaciosa, cargada de utensilios, vajillas y antiguas cerámicas. Los huéspedes podían guardar en su gran nevera zumbante bebidas frescas y leche, quesos, tzatziki y otros manjares lugareños que adquirían en el pueblo a precio exorbitante.
En la planta superior se distribuían la habitación de Dina y las tres habitaciones para los huéspedes, cada una con su pequeño cuarto de baño, ducha y lavabo, decorados con azulejos blancos y azules, algunos de ellos pintados con delfines y tritones. En su sencillez, Dina había convertido su casa en un agradable y acogedor hotel, de ambiente tranquilo, familiar y silencioso, que sólo pocos afortunados conocían y al cual, como Eneida, siempre regresaban.

Dina la recibió con afecto y emoción. Eneida se alojó en la misma habitación que había ocupado en el pasado, adornada con muebles recios y pulidos. Tras unas cortinas de algodón crudo, un pequeño balcón asomaba a la calle alta desde donde se veía el muelle, la gente, el mar. A la izquierda frente al puerto, en equilibrio sobre el islote que aún lo sostenía, el Portal, la portará, único resto del antiguo templo erigido a Apolo.
El Egeo era un espejismo azul y profundo que la atraía y le devolvía antiguas emociones.

- No has cambiado, estás bellísima, le dijo Dina al abrazarla.
- Todo sigue igual aquí, tú también, amiga mía.

Dina era poco mayor que Eneida, viuda y sin hijos. Había sacado adelante su hotel con eficacia y decisión -cualidades que ocultaba detrás de un aspecto frágil y dulce- tras la muerte de su marido Angelos, en un accidente hacía diez años, poco después de la última visita de Eneida y su marido Carlo. En aquella época las dos parejas habían forjado una amistad jovial y familiar. Angelos les había enseñado la isla, los sitios donde comer el mejor pescado, las playas más bellas y tranquilas. Tras su muerte, ellos no habían vuelto allí habiendo estado demasiado ocupados en poner fin a su matrimonio, mientras Dina había volcado su pesar en el hotel. Ahora las dos amigas se reencontraban, solas y más maduras, sin deseo de evocar el pasado y los ausentes, como cuando se gira con decisión la página de un libro que no se va a releer.
Dina no le preguntó hasta cuándo se iba a quedar; por el momento prefirió respetar el silencio de Eneida, pero había visto una intensidad nueva en su mirada y en el calor que le había mostrado al abrazarla, un deseo recóndito de paz, de libertad, de cambio. Había venido sola.

Regreso a Naxos


I – Última mirada



En el odio como en el amor, crecemos según como nos alimentamos.
Mary Renault


Metió las pocas joyas que le quedaban en un saquito de seda roja china. Las otras se las había llevado él, a despecho del final de un amor que no deja siquiera los recuerdos más bellos.
Le había dejado las joyas que le habían sido regaladas por su familia en España a lo largo del tiempo: el collar de perlas que su madre le regaló al nacer su primera hija; en aquella ocasión la madre le había donado también la pulsera de la abuela de oro antiguo con destellos rojos en los eslabones como tréboles de su cadena; la pulsera de perlas de tres vueltas, regalo de su padre el cual pensaba que las perlas atraían la mala suerte y entonces conjuró tan mal agüero con un colgante de amatistas brasileñas que, contrariamente a cuanto se crea, favorecen la buena fortuna; pocos e inútiles pendientes que sus ancianas y distraídas tías le habían enviado desde España, sin recordar que ella no llevaba y no llevaría nunca los lóbulos perforados.

Habían desaparecido también los objetos traídos de la India: la polvera de plata en forma de estrella que llevaba grabado el nombre de la esposa Sigh a quien había pertenecido. En ella había conservado pulseras de ágata, jade y malaquita, collares y demás bisutería que no quitaban encanto alguno a los cajoncitos que sus cinco puntas custodiaban. El joyero de madera, cuyos cajones y tapa corredizos contenían los restos, trozos y muñones de joyas rotas en el tiempo, collares partidos, perlas sueltas, piedras olvidadas.

Faltaban así mismo, los zafiros chinos, el lapislazuli egipcio y otros colgantes en forma de animales, propiciatorios de toda felicidad.

Descubrió con sorpresa el aguamarina oval que había quedado olvidada en el fondo del cajón de su mesilla, envuelta en algodón en una pequeña caja de plata y nácar. Estaba ahí desde hacía años, a la espera de ser montada en un anillo diseñado por ella, ahora convertida en ojo frío y cristalino, testigo de antiguas ofensas cuyo perdón se compra con el oro y las piedras.

El saquito yacía en el fondo de su bolsa de ordenador donde dispuso el resto del ligero equipaje: algunos discos compacts escogidos –los cuantiosos libros eran un peso que dejaría junto con la carga del pasado-, poca ropa interior, camisetas y un par de pantalones de verano. Muy pocos objetos personales pues nada más le servía en el lugar a donde iba, para empezar a construir recuerdos y deseos nuevos.
La ropa, las colecciones, los numerosos objetos de madera, de barro, plata y cerámica, el recuerdo de una vida, se quedarían allí junto con la memoria de su pasado que ahora se disolvía, absorbido por las paredes y las cortinas, para escapar después, como un hilo de humo saliendo por las ventanas entreabiertas.

Bajó las escaleras de la gran casa romana con la bolsa al hombro y los zapatos en la mano para no despertar a las paredes dormidas aunque ya inundadas de la primera luz del verano tardío.
La gata dormía profundamente sobre el almohadón marroquí dorado y azul, su preferido, acaracolada en una posición imposible de yoga felino. Le acarició el hocico pero el animal continuó inmóvil en su plácido sueño.

Entró en la cocina. No iba a hacer el café. Dejó que todo quedase ordenado y limpio, cada cosa en su lugar, como lo había dispuesto la noche anterior.
Los primeros rayos encendían los colores de las cerámicas, el blanco inmaculado de los armarios y de la bancada, el acero del fregadero, el arco iris de figuras
que componían los dibujos infantiles tapizando la pared. El rombo fatigado y solitario del viejo frigorífero vibraba en el suelo y a través de los muros, serpenteaba por las escaleras, envolviendo la casa en un zumbido rítmico y soporífero.

Calzó los zapatos en la alfombra de la entrada, se giró para dar una última mirada al salón familiar y salió.
Fuera de la puerta, sobre el felpudo de la terraza, dormía estirado el perro pastor que en un primer momento ni siquiera se levantó. El morro apenas se movió del suelo y ella intentó saltarlo con el pie, rozando ligeramente su suave y tupido pelo. Entonces el animal se despertó del todo y se puso de pie con agilidad sorprendente, brincando y festejando. Ella lo confortó con una caricia y se despidió.

-Pórtate bien, Rocco!

Él se quedó obervándola desde arriba de los escalones que conducían a la calle mientras ella salía y cerraba la verja. El perro miró a su alrededor, a los pájaros que revoloteaban entre los árboles cercanos, y bostezó aburrido por el despertar inesperado, viéndola alejarse con la bolsa al hombro, acompañada solamente por el repiqueteo de los tacones sobre el asfalto desierto.



El avión estaba lleno. Tras haber soportado empujones, codazos y cambios de lugar del equipaje de un compartimento a otro, y tras haber intercambiado débiles excusas apenas murmuradas, Eneida llegó a su asiento, fila central, lado pasillo, como de costumbre.
El pasajero a su lado, un hombre alto y corpulento desbordaba más allá de la delgadísima barrera del brazo del asiento. Eneida también se sentía estrecha en su asiento talla 42.

- Buenos días, perdón, le dijo mientras se instalaba.
- Buenas, perdone usted, le contestó él, intentando dejar un imperceptible espacio entre sus codos, aunque esto no impedía el roce inevitable de los muslos.

Y así habría sido durante más de dos horas de vuelo hasta llegar a Atenas.
Resignada, había sumergido la cabeza en el único libro que llevaba en su reducido equipaje. Afortunadamente, y gracias a su abundante talla y a sus más que evidentes próximos cincuenta, estaba inmunizada y era invisible a las miradas procaces y otras insinuaciones a las cuales los hombres la habían sometido en el pasado. Sabía que su temporánea y forzada intimidad con este desconocido se iba a limitar a una sensación física de incomodidad, debido exclusivamente a la estrechez de la situación.

Para no añadir ulterior familiaridad entre los dos, evitó cualquier conversación, resistiéndose con esfuerzo a su natural impulso a la locuacidad. El motivo de este viaje y las circunstancias que lo envolvían habrían sido fuente de profunda curiosidad para un oído atento e interesado.

Le habría contado todo. Se habría liberado de su enorme carga, que no estaba hecha de ropa o de libros y ya evocaba con el pensamiento, la mirada fija en el ala reluciente del fuselaje, los motivos por los que se encontraba en ese avión, con un billete de sólo ida y una bolsa de ordenador, despojada como el alma que ahora le desnudaba.

Pero Eneida no habló.

Antes de zambullirse en la lectura del pequeño libro que le procuraría un momentáneo olvido, desvió una vez más la mirada hacia el ala tersa, único horizonte ante la minúscula ventanilla: atrás quedaban treinta años, más allá el cielo, el mar y el olvido.

Llegada al aeropuerto de Atenas, abrumado de gentes y equipajes, empalmó facilmente con el siguiente vuelo que la habría llevado a su destino. Se instaló en el pequeño aparato, en un asiento aún más reducido y angosto, aunque pudo aprovechar el breve vuelo a baja altitud para contemplar en el horizonte marino la sucesión, como cuentas de un collar, de las cícladas, hasta su llegada a Naxos, la última y más grande de ellas.